Opinión

Juan Pablo II, el emprendedor

Actualizado el 02 de junio de 2014 a las 12:00 am

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Juan Pablo II fue artífice de la caída del totalitarismo socialista que aprisionó y degradó, durante el siglo XX, a millones de seres humanos por décadas. También era consciente de que el fracaso del sistema comunista en tantos países eliminaba un gran obstáculo, pero que eso no era suficiente. No dudó en alertar de los riesgos que había, posteriores a la “caída del muro”, de que se difundiera “una ideología radical de tipo capitalista” que mantuviera a muchas personas en condiciones de miseria material y moral.

Poco amigo era el Papa polaco del capitalismo primitivo que había surgido con la llamada Revolución Industrial, y afirmaba que sería un error pensar que la caída de los países socialistas dejaban al capitalismo como la única iniciativa de organización económica. Algunas de las ideas, no muy conocidas o, por lo menos, poco mencionadas, que proponía sobre la economía y el papel del Estado, se encuentran en los escasamente recordados capítulos IV y V de su encíclica Centesimus annus .

Después del fracaso del comunismo, se preguntaba Juan Pablo II hacia dónde deberían dirigir sus esfuerzos los países que trataban de reconstruir su economía y su libertad, y cómo apostar por el desarrollo. Animaba a buscar un sistema económico que reconociera el “papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la libre creatividad humana en el sector de la economía”. Lo más apropiado según el Papa polaco sería llamar a este sistema “economía de empresa”, “economía de mercado” o, simplemente, “economía libre” en lugar de “capitalismo”, aunque admitía que bajo ciertas formas este podía ser un sistema positivo.

No ignoraba Juan Pablo II que gran parte de la riqueza de las naciones se encontraba en la propiedad del conocimiento, de la técnica y del saber, no solo en la tierra y los recurso naturales y que con un “trabajo disciplinado y creativo”, con “iniciativa y espíritu emprendedor” y “capacidad de organización solidaria” se podrían orientar los esfuerzos productivos capaces de conjugar estos factores e impulsar el deseado desarrollo.

Supo poner al ser humano, con toda su dignidad y potencialidad, en el centro de la actividad económica, con su capacidad para correr riesgos razonables, tomar decisiones difíciles y hacer frente a los eventuales reveses económicos. Clamó para que el desarrollo de los pueblos estuviera ligado a la educación y la formación profesional.

‘Centesimus annus’. Para Juan Pablo II podría haber momentos donde sería necesario que hubiera intervenciones por parte del Estado por razones urgentes que atañen el bien común, pero que, en la medida de lo posible, deberían ser limitadas y temporales. En los últimos años, comentaba en la encíclica, “ha tenido lugar una vasta ampliación de este tipo de intervención (estatal) que ha llegado a constituir el Estado de bienestar.

“Esta evolución se ha dado en algunos Estados para responder de manera más adecuada a muchas necesidades y carencias, tratando de remediar formas de pobreza y de privación indignas de la persona humana.

No obstante, no han faltado excesos y abusos que, especialmente en los años más recientes, han provocado duras críticas a ese Estado de bienestar, calificado como Estado asistencial”.

Hace un llamado a que “en este ámbito también debe ser respetado el principio de subsidiariedad”. Continúa: “Al intervenir directamente y quitar responsabilidad a la sociedad, el Estado asistencial provoca la pérdida de energías humanas y el aumento exagerado de los aparatos públicos, dominados por lógicas burocráticas más que por la preocupación de servir a los usuarios, con enorme crecimiento de los gastos”.

La idea anterior no niega la importancia del papel del Estado en la economía. Para el papa Wojtyla, “la actividad económica, en particular la economía de mercado, no puede desenvolverse en medio de un vacío institucional, jurídico y político. Por el contrario, supone una seguridad que garantiza la libertad individual y la propiedad, además de un sistema monetario estable y servicios públicos eficientes”.

Sin dudarlo, afirma que “la primera incumbencia del Estado es, pues, la de garantizar esa seguridad, de manera que quien trabaja y produce pueda gozar de los frutos de su trabajo y, por tanto, se sienta estimulado a realizarlo eficiente y honestamente. La falta de seguridad, junto con la corrupción de los poderes públicos y la proliferación de fuentes impropias de enriquecimiento y de beneficios fáciles, basados en actividades ilegales o puramente especulativas, es uno de los obstáculos principales para el desarrollo y para el orden económico”.

Para algunas personas, estas ideas de Juan Pablo II, escritas en 1991, hicieron de la Centesimus Annus “el primer documento del siglo XXI”. Celebramos tanto esta encíclica, cuyas ideas siguen vigentes, como la canonización de Juan Pablo II.

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