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¿Investidura para ofender?

Actualizado el 24 de enero de 2015 a las 12:00 am

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¿Investidura para ofender?

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Siempre he sido del criterio de que la investidura de un funcionario público, más que una distinción, confiere un alto grado de responsabilidad y respeto que el cargo exige, máxime cuando se trata de puestos públicos de elección popular.

Es la mayoría del pueblo la que, en ejercicio de su derecho democrático de elección, determina a las personas que van a representar sus intereses; por tanto, el ciudadano electo tiene un deber intrínseco para con él. En efecto, en este caso, me refiero a los diputados y diputadas.

Dicho cargo es insigne y exige un alto grado de honestidad, educación y respeto, especialmente por todas aquellas personas que tienen todo el derecho de expresar, dentro de un marco de objetividad, sus opiniones frente a determinadas situaciones que se presentan en el quehacer cotidiano de la Administración Pública.

Los diputados, en consecuencia, son los primeros llamados a predicar con el ejemplo, no solo en su labor de creación e impulso de los distintos proyectos de ley, sino en su comportamiento dentro y fuera de la Asamblea Legislativa.

Resulta inaceptable, bajo cualquier circunstancia, que tal investidura sea aprovechada para afrentar el honor, buen nombre y el decoro de cualquier persona, ya sea un sencillo labriego o el más alto profesional calificado.

En un país donde podemos sentirnos orgullosos de poder expresar, responsablemente, nuestros pensamientos, no debe existir el espacio para el insulto soez. Si no estamos de acuerdo con las posiciones de criterio por parte de nuestros semejantes, existen diversos mecanismos para oponernos y hasta exigir rectificaciones o respuestas.

Una curul y un micrófono, bajo el aura de la investidura parlamentaria, no debe convertirse en una burda mampara para desentrañar los más bajos resentimientos y sentimientos de odio. Más bien, deben aprovecharse para convertirse en un excelente medio para la reflexión, el acercamiento y el diálogo asertivo, en caso de que no estemos de acuerdo con algo.

Las pasiones, en ocasiones, pueden resultar positivas, si se canalizan de la misma forma, pero cuando se desbordan sin cesar pueden transformarse en una seria amenaza para la paz social, especialmente cuando de por medio estamos frente a ciudadanos que han sido escogidos, precisamente por el pueblo, para servir al pueblo.

Todas las personas costarricenses, sin distingo de ninguna clase, merecemos el debido respeto por nuestras opiniones. La prensa, con mayor razón, debe ser escuchada, analizada e invitada al marco del diálogo abierto, objetivo, en caso de que exista disconformidad con algo que hubiese puesto en la palestra de la opinión pública. Recordemos que el respeto no se exige: se gana predicando con el ejemplo.

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