Opinión

Intuición

Actualizado el 05 de septiembre de 2014 a las 12:00 am

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Hará diez años. Las siete de la noche. Mis vecinas –la abuela, la madre y un par de niñas pequeñas– se disponen a salir. Al ir a sacar el carro del garaje, sucede lo hoy tristemente típico: un carro de vidrios oscuros les bloquea el paso, se bajan unos encapuchados armados, gritos, amenazas, en fin, ¡esto es un asalto!, como dicen en las películas.

El corazón de la abuela, que tanto ha vivido, que por tantos avatares ha pasado, para esta moderna violencia no tiene aguante. La anciana se lleva las manos al pecho y cae al suelo. Parece un infarto... La situación agarra por completo desprevenidos a los asaltantes; incapaces de manejar la inesperada variable, salen huyendo sin robar nada.

Definición de intuición en el diccionario: facultad de entender las cosas de forma instantánea y sin mediar la razón. En arte, se suele usar de comodín, en general inaceptable: los jovencitos llaman “intuitivo” a lo que producen sin proceso de trabajo y maduración. Será por eso que insistía el maestro Sergio Román en decirnos: Intuición = Conocimiento + Experiencia.

Farsa genial. ¿Qué tiene que ver el soponcio de la abuela con la intuición? Pues que era fingido. Así como lo oyen: la abuela fingió un ataque y se tiró al suelo.

Y esa genial farsa no respondió a un plan o un cálculo, tampoco a un razonamiento, ni a una estrategia; fue puesta en escena por la intuición y logró que mis cuatro vecinas quedaran sanas y salvas y no les robaran nada.

Nadie diría que la abuela tuvo “sangre fría”, tampoco que actuó “en caliente” (no es el sentido de esas expresiones), ni mucho menos que perdió los nervios. Fue un rayo de ese imponderable que llamamos intuición . Y que, en efecto, requiere conocimientos y experiencia: por muy intuitivos que sean los niños, para fingir un infarto hace falta un sustrato de experiencia y conocimiento acumulado; además, no se trataba de un numerito cualquiera, no hubiera dado igual ponerse a cantar el Ave María, ¿lo intuyen?, eso habría terminado con un culatazo en los dientes.

Vivir aterrorizados. La intuición requiere sosiego y sensibilidad, calma y atención, algo que no solemos conjugar: estar alertas sin estar alarmados. Aniquilamos la intuición al vivir aterrorizados, esperando siempre lo peor, convencidos de que la calle está llena de malas gentes.

La prensa morbosa, los políticos del “ world is a dangerous place ”, las campañas de “seguridad ciudadana” y la histeria colectiva se retroalimentan (o mejor dicho, se retroenvenenan) hasta atrofiar las antenas de la intuición, porque una alarma permanentemente encendida es peor que una que no se enciende nunca.

Circula en la red un anuncio (demasiados) en que se ve a un hombre disfrazado de algodón de azúcar ir a un parque y regalarles caramelos a los niños. Pensé que sería para advertir de los peligros de comer azúcar. Pero no, la moraleja es decirles a los padres: vean cuán fácilmente un pedófilo puede atraer a sus hijos.

¿Quién paga estas campañas? ¿Qué va a conseguir con esto? Solo padres que heredarán más miedo a sus hijos, mermando así su capacidad intuitiva.

Discernimiento. Además, ¡mentira!: acérquese usted a regalarle un confite a un chiquito en la calle y me cuenta cómo le va. Ya no hay quien se atreva.

Ese es el “mundo seguro” –y aberrado– que estamos construyendo: uno donde nadie sabrá discernir entre un señor al que le gustan los niños en el buen sentido y otro al que le gustan en el mal sentido; discernimiento que solía confiársele a la intuición, esa poderosa herramienta que nos hace menos vulnerables y manipulables.

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