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Las Intervenciones de Kofi Annan

Actualizado el 27 de enero de 2013 a las 12:00 am

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Las Intervenciones de Kofi Annan - 1
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Las Intervenciones de Kofi Annan - 1

Kofi Annan asumió la Secretaría General de la ONU ensombrecido por los genocidios de Rwanda y Srebrenica, y la abandonó golpeado por la corrupción del programa Petróleo por Alimentos.

Sin embargo, durante los diez años en que ejerció el cargo renovó el pulso y el curso de la organización, actualizó varios de sus principios operativos y le dio renovado impacto en el mundo.

No es exagerado decir que, desde el visionario y prematuramente desaparecido Dag Harmarskjold (muerto en un misterioso accidente en 1961), ningún otro secretario general de las Naciones Unidas ha dejado un legado tan relevante como el de Annan, la sétima persona en ocupar el cargo.

Su aporte se extiende a ámbitos tan diversos como los derechos humanos, el derecho humanitario, el desarrollo, la paz y la seguridad. Además, logró derribar barreras construidas durante la guerra fría, trascender las nociones más acartonadas de soberanía estatal y poner a los seres humanos en el centro de atención de la ONU.

En sus palabras.- Enfatizando sus éxitos, pero sin desconocer sus fracasos, Annan ha tejido una rica –aunque no siempre bien articulada– narración, en la que los hechos más relevantes, los personajes más notorios, los desafíos más agudos y los aportes más destacados de su liderazgo, se combinan con significativos detalles y algunas fascinantes revelaciones.

El resultado es el libro Interventions: a life in war and peace (Intervenciones: una vida en la guerra y la paz), escrito con su colaborador Nader Mousavizadeh y publicado en setiembre pasado por la editorial Penguin Press.

Aparte de algunas viñetas sobre los comienzos de su vida en Ghana, La memoria está dedicada a su paso por las Naciones Unidas, en particular a los diez años en que ejerció la Secretaría General, del 1 de enero de 1997 al 31 de diciembre de 2006.

El género de las memorias posee una inevitable tensión. Permite a los lectores sumergirse en los vericuetos del mundo inmediato de los protagonistas con la riqueza que dan las visiones íntimas sobre hechos y actores. Aquí reside su valor.

Pero esas mismas visiones inmediatas y personales pueden constituirse en prismas que distorsionen la realidad: por muy alta que sea la honestidad intelectual o muy determinante el esfuerzo de distanciamiento del autor, es casi inevitable que sus sesgos modulen las verdades más críticas.

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Por esto, lograr el justo balance entre esas posibles contradicciones es un gran reto para los memorialistas. Kofi Annan lo supera con un razonable margen de honestidad y riqueza reflexiva.

Ruanda y Bosnia.- El horrendo genocidio de Ruanda se produjo tres años antes de su llegada a la Secretaría General de la ONU. En ese momento, Annan dirigía el Departamento de Mantenimiento de la Paz, del que dependen los “cascos azules” de la Organización, destacados en sitios conflictivos.

Nadie discute que las Naciones Unidas fracasó estrepitosamente en evitar esa descomunal tragedia humanitaria. Sin embargo, abundan las discrepancias sobre la distribución de responsabilidades.

Annan no puede eludir su cuota de culpa: en la cadena operativa, él estaba en la cúspide. Sin embargo, los principales factores que condujeron a la catástrofe fueron el mandato tan rígido otorgado a las fuerzas de la ONU en Ruanda, la total insuficiencia y debilidad del contingente militar, la lentitud en las decisiones del Consejo de Seguridad, la renuencia del organismo y de los gobiernos más poderosos del orbe a “hacer algo” para evitar el genocidio, y el insuficiente liderazgo del secretario general de entonces, Boutros Boutros-Ghali.

Hasta entonces, dice Annan, “simplemente no había ni cultura ni precedentes en el sistema internacional de una intervención de la ONU que usara la fuerza de manera decisiva para proteger civiles en un conflicto interno”. Según varias estimaciones, siempre inexactas, esta carencia costó la vida a 800.000 seres humanos en cien días.

Un año después el mismo tipo de tragedia se repitió, a menor escala, con la ejecución de 8.000 bosnios en Srebrenica. Nuevamente la ONU, atada de manos, fracasó en impedir la masacre. Fue necesaria una campaña aérea de la OTAN para frenar la sangría y lograr el fin del conflicto serbio-bosnio.

Actuar para salvar.- Según Annan, ambos genocidios le hicieron comprender que su gran reto como secretario general sería “crear un nuevo entendimiento sobre la legitimidad, y necesidad, de intervenir frente a violaciones masivas de los derechos humanos”.

De aquí surgió la doctrina de la “responsabilidad de proteger”, construida meticulosamente por años y legitimada por la Declaración Final de la Cumbre Mundial, en 2005.

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Se esencia es que, cuando un Estado carece de capacidad o voluntad para proteger a su población “del genocidio, los crímenes de guerra, la depuración étnica y los crímenes de lesa humanidad”, la comunidad internacional debe intervenir con tal propósito, por medio de la ONU y de acuerdo con su Carta. Y la intervención puede llegar al uso de la fuerza si los medios pacíficos resultan insuficientes.

Este replanteamiento de la relación entre la soberanía y deberes de los Estados, los derechos de los seres humanos y los imperativos de la comunidad internacional frente a ambos, marcó una transformación básica para la ONU y el mundo.

El tenaz liderazgo de Kofi Annan fue clave para articular el resultado, y para lograr que la Declaración Final de la Cumbre delineara no solo esta, sino otra serie de guías esenciales para el desenvolvimiento de la Organización al comenzar el nuevo milenio.

Desarrollo y justicia.- Antes, sin embargo, también con su liderazgo, se había producido otro documento de enorme impacto universal: la Declaración del Milenio, adoptada por la Asamblea General el 8 de setiembre de 2000.

De ella surgieron, meses después, los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), un conjunto de ocho objetivos, 21 metas y 60 indicadores centrados en la reducción de la pobreza y la mejora en las condiciones de vida de los seres humanos.

A los ODM no se les puede considerar un paradigma perfecto. Sin embargo, a pesar de sus carencias, transformaron las estrategias de desarrollo y establecieron puntos de referencia claros y simples para juzgar el desempeño de los Gobiernos, los programas y organismos de cooperación internacional.

Si la responsabilidad de proteger definió a los seres humanos como variable clave para guiar el ejercicio de la soberanía, los ODM los pusieron en el epicentro del desarrollo.

La puesta en marcha de la Corte Penal Internacional (CPI), en 2002, constituyó otro avance trascendental para el andamiaje de un sistema multilateral más centrado en las personas. Su acción no solo está dirigida a combatir la impunidad, castigar a los más abyectos violadores de los derechos humanos y retribuir a sus víctimas; de ese modo también contribuye a evitar nuevos crímenes de lesa humanidad, que generalmente afectan a los grupos más vulnerables.

Annan no fue el autor de la iniciativa para crear la CPI; tampoco el actor más importante para hacerla realidad; pero su activo aporte fue clave para suscribir, en 1998, el Estatuto de Roma, que le dio origen.

Iraq y sus secuelas.- El libro comienza y termina con referencias al más traumático de los episodios que experimentó las Naciones Unidas durante los diez años de Secretaría General de Annan: la intervención militar de Estados Unidos y un grupo de aliados en Irak, sin mandato del Consejo de Seguridad.

La forma en que la invasión fue decidida y ejecutada propinó un golpe letal a la Organización como guardián de la paz y la seguridad internacional; a la preeminencia del derecho internacional como base del sistema multilateral, y a la confianza mutua –de por sí escasa– entre los actores globales más relevantes.

“Una guerra unilateral que reemplazó a la tiranía con la anarquía en Irak –escribe Annan– ofrece lecciones para cada miembro de la comunidad internacional: la necesidad de la legalidad y la legitimidad cuando se usa la fuerza, la importancia vital de planear para manejar el ambiente postconflicto, y la seguridad como condición crítica para la reconstrucción postconflicto”.

Interventions discurre sobre muchos otros temas, entre ellos el conflicto israelí-palestino, la situación de África, los atentados del 11 de setiembre de 2001, la invasión de Afganistán, los desafíos ambientales, la salud mundial y la lucha contra el terrorismo y la delincuencia organizada. Pero, de todos ellos, el que tocó más personalmente a Annan fue el programa Petróleo por Alimentos.

Consistió en un complejo esquema establecido por el Consejo de Seguridad en 1995, cuatro años después de la llamada Guerra del Golfo contra Irak, para proveer de alimentos y medicinas a los civiles iraquíes a cambio de petróleo, sin violar el embargo impuesto al régimen de Saddan Hussein.

El programa fue gestionado de modo caótico y corrupto. Annan no tuvo responsabilidad directa en los hechos, pero falló en su control. Peor aún, su hijo Koyo, como empleado de una de las empresas involucradas en el escándalo, fue protagonista de la corrupción.

Una investigación independiente exoneró a Annan de culpa en relación con su hijo. Sin embargo, el daño y dolor fueron demoledores. Envuelto en ellos ellos concluyó su segundo período.

Seis años después, sin las limitaciones del alto cargo, su relato y reflexiones constituyen un aporte para conocer reveladores entretelones de la Organización, entender mejor su funcionamiento y afinar elementos de juicio sobre un legado que, con evidentes claroscuros, fue profundo y se mantiene vigente.

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