Opinión

Instituciones, democracia y desarrollo

Actualizado el 27 de octubre de 2013 a las 12:04 am

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Después de una década de un crecimiento relativamente fuerte, América Latina experimenta actualmente vientos en contra, como acaban de advertir la OCDE, Cepal y CAF en su documento Perspectivas económicas de América Latina 2014: logísticas y competitividad para el desarrollo .

Las últimas proyecciones del Fondo Monetario Internacional (FMI) y del Banco Mundial (BM) apuntan a una desaceleración de la economía latinoamericana, que crecerá 2,7% en el 2013 y 3,1% en el 2014, consecuencia, entre otros factores, del bajo crecimiento de sus dos principales economías, México y Brasil. Se trata del crecimiento más bajo en los últimos cuatro años.

Entre las causas que influyen en este decepcionante crecimiento (a inicios de año se proyectaba una tasa de 3,5%/3,8%, promedio regional) cabe mencionar factores externos e internos. Respecto de los primeros, consecuencia de la desaceleración de la economía china y el inminente aumento de las tasas de interés en los Estados Unidos, Latinoamérica deberá acostumbrarse a un futuro en el que ya no contará con los vientos de cola de la llegada de elevados flujos de capital y altos precios de materias primas. Entre los segundos, destaca la débil competitividad de la región y, sobre todo, la baja calidad institucional, aspecto sobre el cual deseo concentrarme en este articulo.

¿Por qué importan las instituciones? Según el Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en ingles), la competitividad depende de 12 pilares, siendo uno de los más críticos el de las instituciones. Para el WEF, son estas las que definen la manera en que se producirá, distribuirá y asignará la riqueza, lo cual explica el éxito de ciertas economías, así como el fracaso o mediocridad de otras.

En las ciencias sociales, las instituciones han importado, dejado de importar y vuelto a importar. Pero, desde la segunda mitad del siglo XX y, sobre todo, desde la década de 1990, la relevancia de las instituciones adquirió un protagonismo renovado gracias a los trabajos de Ronald Coase y académicos neoinstitucionalistas como Douglass North.

El neoinstitucionalismo, en sus más diversos enfoques, subraya el papel central que las instituciones juegan en la estructuración de la política y en la estabilidad y certeza que ellas otorgan a la interacción política.

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Para esta corriente de pensamiento, la calidad institucional importa porque determina las capacidades de los Gobiernos. Es decir, con independencia de los actores, las ideologías y las estructuras socioeconómicas, el tipo de institucionalidad gubernamental afecta las opciones y la calidad de las políticas públicas. En efecto, la experiencia comparada demuestra que la calidad de estas depende, en gran medida, de cuatro dimensiones fundamentales: 1) partidos políticos programáticos e institucionalizados, 2) una legislatura con sólida capacidad para elaborar leyes y ejercer contrapeso y control, 3) un poder judicial independiente, y 4) una administración pública moderna, transparente y eficaz.

Centralidad de las instituciones políticas. Cada vez son más numerosos los autores (entre ellos, Daron Acemoglu y James A. Robinson, profesores de las Universidades de MIT y Harvard) que sostienen que la calidad de las instituciones políticas es un factor crucial para explicar por qué algunas sociedades se democratizan mientras otras no, por qué ciertas democracias se consolidan mientras otras no, así como para explicar, en parte, la calidad de las democracias.

En su reciente libro Por qué fracasan los países. Los orígenes del poder, la prosperidad y la pobreza (2013), ambos autores resaltan la importancia de las instituciones políticas. Señalan que hay ciertos grupos de instituciones económicas como los derechos de propiedad, el cumplimiento de los contratos, y otras, que generan incentivos para las inversiones y la innovación. Estas instituciones, que ellos denominan “inclusivas”, crean una igualdad de oportunidades mediante las cuales un país puede desplegar más efectivamente sus talentos. Sin embargo, las instituciones inclusivas son, más bien, la excepción y no la regla. Las que prevalecen son las instituciones que ellos denominan “extractivas”, las cuales son nefastas para el crecimiento y el desarrollo de las naciones. Pero estas instituciones extractivas no se crean por error, sino que son diseñadas por las élites políticamente poderosas para extraer recursos de la masa de la sociedad para el beneficio de unos pocos. Estas instituciones económicas extractivas son a su vez mantenidas con instituciones políticas extractivas que concentran el poder en las manos de una élite, que se beneficia, controla y las mantiene.

A juicio de Acemoglu y Robinson, si bien las instituciones económicas son las que determinan los incentivos económicos y la resultante asignación de los recursos, las inversiones y la innovación, la política es la que determina cómo funcionan las instituciones económicas y cómo estas han evolucionado. Por todo ello, concluyen, son las instituciones políticas las más determinantes, pues de ellas depende la capacidad de los ciudadanos para controlar e influir sobre el Gobierno y sacar provecho propio.

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Reflexión final. Sin un fortalecimiento sustancial de sus instituciones, América Latina no podrá mejorar de manera importante la calidad y legitimidad de su democracia, ni profundizar y hacer sostenible su proceso de desarrollo. De ahí, la importancia de que los países de la región diseñen y pongan en marcha una agenda de reformas dirigida al mejoramiento de la calidad institucional, particularmente en lo que se refiere al fortalecimiento y modernización de los partidos y de los Parlamentos, la seguridad jurídica, el acceso a la información pública, la transparencia y rendición de cuentas, y la reforma del Estado.

A la hora de avanzar con estas reformas hay que evitar cometer el error de reproducir instituciones que funcionan en otros contextos, ya que las “instituciones viajan mal”. De ahí, la importancia de evitar un enfoque meramente tecnocrático y recetas únicas. Por el contrario, las instituciones deben reformarse en función del contexto dentro del cual operan, mediante un proceso inclusivo y participativo que esté asentado en amplios consensos políticos y sociales que le garanticen legitimidad y sostenibilidad en el tiempo.

Resumiendo: es imposible que las instituciones sean legítimas y eficaces sin una buena política. Y es imposible una buena política sin liderazgos democráticos. Y, sin instituciones de calidad, buena política y liderazgos funcionales, es imposible llegar a consensos básicos que sirvan de fundamento para la adopción de una visión estratégica de país, de largo plazo, dentro de la cual insertar un conjunto de políticas de Estado capaces de mejorar no solo la democracia y el desarrollo, sino, fundamentalmente, la calidad de vida de los ciudadanos. Este es el círculo virtuoso que la región debe poner en marcha de manera prioritaria.

Daniel Zovatto, director regional de IDEA Internacional para América Latina.

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