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Inscribo un partido, ¿luego existo...?

Actualizado el 26 de junio de 2013 a las 12:00 am

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Inscribo un partido, ¿luego existo...?

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¿Cómo explicar la paradójica situación de la emergencia de nuevos partidos políticos en un contexto caracterizado por el profundo descrédito de la política y los políticos? Los fundadores de nuevos partidos se plantean representar a individuos excluidos por las agrupaciones existentes como una de las principales razones de su existencia. Si bien su objetivo puede considerarse loable, las reglas electorales les dan pocas o nulas opciones de éxito, empeorando así la crisis de representación.

Contrario a lo que se piensa, la salida a la falta de representación política no es la fundación de nuevas agrupaciones sino la profunda reestructuración del sistema electoral, incluida la controversial propuesta de adoptar límites a la existencia de partidos mediante el establecimiento de umbrales electorales mínimos.

El sistema electoral costarricense, combinado con la fragmentación partidaria, restringe las aspiraciones políticas de los partidos y sus candidatos, lo cual se acentúa en el caso de las agrupaciones “debutantes” por las razones mencionadas enseguida.

En primer lugar, dado que el número de diputados es fijo y no se actualiza con el crecimiento de la población (un sinsentido, valga decir), no es posible repartir la misma cantidad de curules entre un número cada vez mayor de aspirantes. Aun los cargos locales se deciden por mecanismos excluyentes, aunados al hecho de que los escaños disponibles son pocos y se concentran en pocas manos, a pesar del auge de los partidos cantonales.

En segundo lugar, el cociente y subcociente electoral favorecen al partido más votado (entiéndase mejor organizado territorialmente) y perjudican al resto de las agrupaciones.

Otro aspecto que determina la viabilidad de un partido político es el tamaño del distrito electoral. A mayor cantidad de curules por asignar en una provincia, más proporcional será su repartición, lo que refleja de mejor manera el resultado electoral.

En el caso costarricense, la amplia evidencia demuestra que a menos que los partidos emergentes compitan por elegir diputados en la provincia de San José, donde más se reparten escaños (alrededor de 20), sus posibilidades de arañar diputados en las otras provincias, donde hay menos escaños, son escasísimas.

En otras palabras, hacer campaña en partidos distintos de los del “ establishment ” en provincias como Guanacaste y Limón es una pérdida de tiempo y recursos en virtud de las reglas del juego.

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En estas circunstancias, una mayor fragmentación del sistema de partidos no es la mejor salida para reformar la representación política y solo agravaría la situación actual.

Una alternativa posible sería invertir la ecuación y diseñar un moderno sistema de representación que produzca, en el mediano y largo plazo, un cambio profundo en el sistema de partidos.

El sistema actual privilegia la representación territorial, mas no la representación política. Los partidos actuales concentran sus esfuerzos en construir una organización territorial, “juntar” votos y ganar elecciones, olvidando así otras funciones para las que fueron creados. Contrario a lo que sucede en otras sociedades, más que diferencias ideológicas o programáticas, lo que diferencia a los partidos costarricenses es su capacidad para armar su maquinaria y movilizarla el día de las elecciones.

Otras reformas importantes en esta materia son la aprobación de la carrera parlamentaria, el aumento en el número de diputados, la votación nominal en la Asamblea y la creación de distritos electorales (diferentes de las actuales provincias) donde los electores designen al menos diez diputados en cada distrito. También se debe estudiar la posibilidad de adoptar en la legislación electoral un umbral mínimo de votos (como los que existen en Suecia o Alemania) en el ámbito nacional, provincial o municipal para tener derecho a representación. De esta manera, las reglas para inscribir partidos seguirían igual, pero para mantenerse compitiendo, un partido debería obtener un diputado o alcanzar el umbral electoral mencionado. De lo contrario, desaparecería.

La combinación de estos aspectos dotaría al sistema político costarricense de elementos claves para asegurar una representación política de calidad y una menor fragmentación partidaria. ¿Nos animaremos a reformar el sistema de representación política antes de que sea demasiado tarde?

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