Opinión

Inmensa Costa Rica

Actualizado el 27 de junio de 2014 a las 12:00 am

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¿ De dónde venimos? ¿Quiénes somos? ¿Adónde vamos? –es el título de un cuadro pintado por Gauguin en 1897–. Las preguntas son correlativas, y se imbrican unas en otras. Para saber quiénes somos es necesario saber de dónde venimos. No somos nuestro origen –ello supondría suscribir un determinismo histórico o biológico que no conviene asumir como inexorable–, pero es evidente que nuestro origen explica parcialmente lo que somos. Por otra parte, a fin de responder a la pregunta “¿adónde vamos?”, es imprescindible definir quiénes somos.

La identidad es, hoy en día, una noción problemática. Para el sujeto como para la comunidad, la nación, el ser humano en tanto que especie. ¿La identidad? Casi un fantasma. Concepto precario, elusivo, inestable. Y, sin embargo, más que nunca experimentamos la necesidad de filiarnos, de pertenecer, de formar parte de algo. Algo que nos contenga, trascienda y defina.

Patrimonio universal. La Unesco ha declarado patrimonio universal los asentamientos cacicales de las esferas del Diquís. Nuestro primer sitio arqueológico como tal reconocido. Casi dos décadas de gestión han culminado, por fin, en este dictamen que nos hace ingresar a la cartografía universal de los bienes materiales atesorados por el mundo.

No: los beneficios no serán puramente turísticos –y, por ende, económicos–, aun cuando ese será un rubro que se verá, sin duda, favorecido. Pero lo último que queremos es meter a los mercaderes en el templo: malls , hotelillos “ecologistas” y, al rato, una efigie de Ronald McDonald –cuanto más amarilla y chillona, mejor– al lado de nuestras esferas: no, no, no. Los beneficios serán mucho más hondos. Estimularán una revisión integral de nuestra historia profunda, seminal. Fungirán como plataforma para la construcción de un nuevo principio de identidad nacional. Nos permitirán generar eso que constituye la nobleza de las naciones, esa suma de símbolos y valores que irriga el subconsciente colectivo, y que conocemos como mitología. Una nueva definición de Costa Rica.

Ya Jiménez Deredia hizo de nuestras esferas la materia prima de su gestión escultórica. Ahora vendrán los pintores, músicos, escritores, antropólogos e historiadores que abreven en ellas para trazar un perfil inédito de Costa Rica. El hecho es fecundo en repercusiones sobre todos los frentes imaginables. Y sí: también nuestra economía saldrá ganando en todo esto, aun cuando, de nuevo, es el menos significativo de los beneficios que devengaremos. Nuestras esferas no son un yacimiento petrolífero: urge preservarlas de las parasitarias excrecencias turísticas que suelen corromper la integridad arqueológica de estos sitios.

Esferas precolombinas. Las esferas constituirán un punto de inflexión en la historia de Costa Rica. Habrá un antes y un después de ellas. Un espacio de confluencia entre el patrimonio natural y el arqueológico (de ahí, la perentoriedad de conservar el entorno en que están emplazadas: “ecologizarlas” –diría Edgar Morin–). Son una alborada, el primer verso de un poema que apenas comienza a alzar vuelo.

Elaborar la lista completa de las personas que le regalaron a Costa Rica este pequeño paraíso nos obligaría a entintar dos páginas enteras (y, aun así, incurriríamos en la injusticia de las omisiones). A todos ellos y ellas los vi luchar, persistir, movilizar la totalidad de su energía para que podamos hoy apuntarnos esta victoria contra esa segunda muerte que es el olvido. El olvido de las culturas, las civilizaciones, los ancestros, la savia misma de nuestra historia. Al presente no hay que socorrerlo: está ahí, vivo y sano, por el mero hecho de vestirse con el traje siempre vivaz del hoy. El pasado, en cambio, por su naturaleza misma, está en constante proceso de degradación. Es una estela, algo que se difumina y evapora. Es a él al que debemos insuflarle la vida de la memoria. Costa Rica ha sido ingrata –peor aún: amnésica– con todo cuanto en ella es raíz. Somos criaturas de follaje. ¡Pero las aves, las flores, los frutos serían inconcebibles sin la raigambre que fractura la tierra, que absorbe, ávida, sus jugos nutricios y hunde en ella sus manos divinamente sucias!

Nuestras raíces son múltiples: no pueden de ninguna manera reducirse a un parque de esferas precolombinas. Pero está claro que, sin ellas, cualquier proyecto de construcción de una identidad nacional quedaría falseado, de-sustanciado, vaciado de uno de sus elementos constitutivos.

Costa Rica es, hoy por hoy, responsable de una buena parte del oxígeno que el mundo respira. Cristalizamos, como pocos países, el paradigma de la auto- poiesis (Goodwin y Varela). Somos un organismo que se auto-sana y auto-regenera. Nuestras reservas de biosfera captan el dióxido de carbono que las grandes potencias, en su infinita magnanimidad, le “regalan” al mundo, y lo transforman en gases respirables. ¿No deberían quizás algunos grandulones compensar tal esfuerzo? ¡Bien que mal, pagamos un costo de oportunidad, al no transformar nuestros bosques en infiernos siderúrgicos! Pero estamos rezagados en esa otra dimensión de la cultura que es el bien arqueológico. México tiene treinta y dos sitios patrimoniales. Costa Rica apenas despunta en el horizonte de la memoria colectiva del mundo.

Un gran poema. El primer verso de un poema, sí… Pero ¡qué bello lo que hemos comenzado a construir! El gran poema de nuestro ser profundo, raigal, entrañable. Y el vislumbre de una respuesta posible a la pregunta de Gauguin: “¿Quiénes somos?” Es la interrogante que en este momento se formula el mundo entero.

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