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Infartos ideológicos

Actualizado el 08 de abril de 2017 a las 12:00 am

La ideología política, como el colesterol, se da en dos tipos: buena y mala

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SANTIAGO – El proyecto de ley de salud impulsado por Donald Trump –llamado “Ryancare”, por el presidente de la Cámara, Paul Ryan– hubiera dejado sin cobertura a 24 millones de estadounidenses, de acuerdo con las cifras de la Oficina de Presupuestos del Congreso de Estados Unidos. Pero esta no fue la razón por la cual lo rechazaron los republicanos más conservadores. A pesar de que hubiera significado un triunfo político para Trump y para su propio partido, los conservadores se negaron a apoyar el proyecto porque era insuficiente para desmantelar la Ley de Salud Asequible de Obama (“Obamacare”), que tanto odian.

Ryancare hubiera mantenido la disposición de Obamacare que impide a las aseguradoras excluir a personas con condiciones médicas preexistentes. Asimismo, hubiera dispuesto créditos fiscales para ayudar a personas de bajos recursos a adquirir seguro médico, pero estos dos elementos, pese a ser populares, huelen a socialismo, sostienen los conservadores del Freedom Caucus de la Cámara de Representantes. Su oposición representa el triunfo de la ideología por sobre los intereses políticos.

El retorno de la ideología no constituye un fenómeno tan solo de derecha, ni se limita a los Estados Unidos. Consideremos a Jeremy Corbyn, quien ha movido al Partido Laborista del Reino Unido hacia la izquierda, alejándolo del enfoque pragmático del nuevo laborismo de Tony Blair. Su mal desempeño en las encuestas sugiere que Corbyn, al igual que los republicanos conservadores, prefiere sentirse ideológicamente puro a ser efectivo en el ámbito político.

Pero ¿qué es la ideología exactamente? Y ¿por qué ha resurgido?

La ideología política, como el colesterol, se da en dos tipos: buena y mala. Una ideología buena es un mecanismo de organización para encontrar el sentido de un mundo complejo. Los modelos de los economistas constituyen un tipo de ideología: simplifican el mundo, enfatizan ciertos vínculos causales, minimizan otros y permiten formarse una idea de quién le hace qué a quién. Según dice Dani Rodrik, de la Universidad de Harvard, “la comprensión requiere simplificación”.

¿Es justo el capitalismo? Algunos dirían que lo es, porque la competencia en los mercados asegura que a los trabajadores se les pague por lo que producen; otros dirían que no lo es, porque los dueños del capital explotan a los trabajadores de manera desvergonzada. Estas tesis (ideológicas) pueden ser correctas o incorrectas, pero al plantearlas y confrontarlas con la realidad, se aprende algo sobre el mundo.

Un término menos solemne –y más de moda– para referirse a ideología es narrativa. Hace mucho tiempo que los escritores y los políticos exitosos comprenden la importancia de una narrativa buena. Los profesionales de las ciencias sociales recién empiezan a apreciar lo clave del papel que ella desempeña.

El economista ganador del Nobel, Robert Schiller, define a la narrativa como “una historia simple o una explicación de los hechos expresada de manera fácil”. Según afirma, una nueva “economía narrativa” debería estudiar “la diseminación y la dinámica de las narrativas populares –especialmente las relativas a interés humano o emoción– y la forma en que ellas cambian a lo largo del tiempo para así entender las fluctuaciones económicas”.

Si las predicciones de una narrativa o ideología están en conflicto con la realidad, se puede alterar la narrativa o alterar los hechos. Cuando se opta por lo segundo, aparecen las narrativas malas –y las ideologías malas– y se inicia la política de la posverdad.

Esta segunda opción surge debido a que las ideologías no son solo mecanismos de aprendizaje, sino que también cumplen propósitos sociales y psicológicos. En su clásica obra de los años 1950, La personalidad autoritaria, el filósofo alemán Theodor Adorno y sus coautores señalaban que “las ideologías tienen (...) diferentes grados de atractivo” de acuerdo con “las necesidades del individuo y a la medida en que ellas se encuentren satisfechas o frustradas”.

Recientemente, John Just, psicólogo social de la New York University, sostuvo que “las ideologías y otros sistemas de creencias se originan en el intento de satisfacer las necesidades epistémicas, existenciales y relacionales de nuestra especie”.

Para comprender el reciente retorno de la ideología, enfoquémonos en la palabra “relacionales” de esta cita. Quien crea que el capitalismo es injusto, comparte algo con otros que creen lo mismo. Si esta coincidencia de ideas se mantiene a lo largo de algún tiempo, y si quienes la poseen se encuentran, discuten, organizan y agitan a favor de su creencia, se forma una identidad de grupo. Con el paso del tiempo, es posible que la ideología adquiera mayor importancia como el pegamento que mantiene unido al grupo que como fuente de esclarecimiento acerca de la naturaleza del capitalismo.

Hace algunos años, siendo ministro de Hacienda de Chile, aprendí esta lección abruptamente. En una fiesta de fin de año con parlamentarios de mi propia coalición, hice un brindis por nuestro éxito al haber conseguido que se aprobaran varios importantes proyectos de ley con apoyo de la oposición. El brindis no tuvo eco; los asistentes permanecieron en silencio. Hasta que un antiguo senador dijo: “A nadie le importa el apoyo amplio, ministro. Para mantener unida a nuestra coalición, necesitamos proyectos que nos permitan pelear con la oposición”. El que habló era un chileno de izquierda, pero la lógica (o ilógica) es semejante a la del grupo derechista Freedom Caucus, que hundió Ryancare.

Es decir, en última instancia, la política de la ideología extrema es una forma de política de identidad. Una de sus víctimas es la verdad: el premio no lo reciben los argumentos que se ciñen a ella, sino los que cimentan la identidad del grupo. Otra víctima es la calidad de las políticas públicas: las que se basan en evidencia y varían según las circunstancias existentes, o los enfoques pragmáticos que retienen las políticas que son efectivas y rechazan las que no lo son, no pueden mantener la identidad definida de un grupo cuando las políticas que este defiende se encuentran en constante evolución.

El mismo hecho de que las políticas ideológicas dependan de la identidad, pone límites a su resurgimiento. Como persuasivamente lo sostiene Mark Lilla, de Columbia University, en sociedades democráticas y complejas, los llamamientos políticos basados exclusivamente en una identidad estrecha –relacionada ya sea con la clase social, la religión, la etnia o, incluso, la ideología– en última instancia están condenados. Si uno busca atraer solamente a acérrimos partidarios, al final serán ellos los únicos que voten por uno. Basta con preguntarle a Corbyn.

En otros casos estos límites solo se hacen patentes a lo largo del tiempo. Entre ahora y entonces, la política de la ideología extrema, como lo hace el colesterol malo al que se asemeja, puede ser muy perjudicial.

El debate acerca de la salud en Estados Unidos es solo un ejemplo. Ya vendrán otros.

Andrés Velasco, exministro de Hacienda de Chile, es profesor de Professional Practice in International Development en la Escuela de Asuntos Públicos e Internacionales de Columbia University, Estados Unidos. © Project Syndicate 1995–2017

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