Opinión

Inevitabilidad de la corrupción

Actualizado el 01 de octubre de 2015 a las 12:00 am

¿Quién o qué es, después de todo, el Estado? Es fácil desfalcar a una abstracción

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Inevitabilidad de la corrupción

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Hay dos formas de corrupción: la activa (asaltar bancos, el proxenetismo, traficar drogas) y la pasiva (devengar un salario por un trabajo que uno desempeña mediocremente y para el cual no tiene las competencias necesarias). Dos maneras de robar.

La segunda se nos antoja menos escandalosa porque es la norma en el sector público –nadie hace bien su trabajo, todo el mundo estafa al sistema de una u otra manera–, pero no por ello es menos reprensible.

El mundo está lleno de corruptos pasivos: tal es el caso del 90% del sector público en Costa Rica. Francamente, no veo en qué puede diferir esto, por su peso ético, en planear y llevar a término una estafa contra un particular.

En un caso saqueamos las arcas del Estado, en el otro, le asestamos un zarpazo a un individuo que –concreto, dotado de nombre y rasgos físicos distintivos– nos acarrea un quantum mayor de culpabilidad.

¿Estafar al Estado? ¿Quién o qué es, después de todo, el Estado? Es fácil desfalcar a una abstracción. No tiene rostro, voz o nombre, y a fuerza de pretender serlo todo, termina por no ser nada. Pero la acción es igualmente condenable.

Esos mismos que señalan al granuja que le arrebata la billetera a una viejecita que camina por la acera, roban todos los días de sus vidas sumas incuantificables: de una jornada laboral de ocho horas, no suelen trabajar –de manera efectiva, concentrada, productiva, responsable– más de dos, a lo sumo tres. Por lo demás, ven telenovelas, partidos de fútbol o pornografía en sus ordenadores.

Cierto, el ladronzuelo callejero, el delincuente activo se traza un iter criminis : planeamiento, ejecución del golpe, regreso al lugar de los hechos. El corrupto pasivo no es, por supuesto, tan metódico. Poco importa: es igualmente infecto.

Su corrupción consiste en la suma de una infinidad de pequeñas transgresiones, ninguna de las cuales, aisladamente considerada, pasaría por grave. Pero al fin de la jornada constituyen una espectacular gestión de fuga y evasión pasivas.

“De nadie”. Y de nuevo, nuestra psicología funciona de manera tal que el hecho de robarle al Estado surte el efecto de un fenómeno puramente teórico. El Estado, en rigor, no es nadie… ¡Justamente porque somos todos! Es como cuando con total desparpajo arrojamos basura en sitios públicos, suponemos que aquel caño, acera o lote baldío “no son de nadie”, cuando son, en realidad, de la colectividad –por lo tanto también nuestros– y ameritarían un cuidado redoblado.

La ética de trabajo del sector privado, ¿es acaso más proba? No: simplemente, estamos supervisados, se nos exige un rendimiento verificable, y la espada de Damocles del despido pende siempre sobre nuestras cabezas.

Cabe preguntarse: la honestidad, ¿no será más que una noción teórica, una entelequia? El mundo venera la memoria de mujeres y hombres probos: Sócrates, Juana de Arco, William Wallace, Tomás Moro, Tomás Becket, Mahatma Gandhi. Seres for all seasons , “de una pieza”, ahí, en la tenue frontera que separa la historia de la leyenda, la ficción, la Geschichte . Criaturas, si no imaginarias, por lo menos altamente fabuladas. Lo que el filósofo Michel Onfray llamaría “figuras conceptuales”.

Yo puedo afirmar, a mis cincuenta y dos años de edad, que muy pocos son los seres humanos que no están, más o menos, podridos. De una u otra forma, por uno u otro flanco. Los hay que ya apestan, otros no tardarán en hacerlo. He ahí mi testimonio. Es sincero, objetivo, y resultado de un escrutinio y una revisión minuciosa de toda persona que haya entrado en la esfera de mi vida.

El pillastre callejero, el evasor fiscal (que, de nuevo, cree que su delito es menor porque la víctima no tiene cara, nombre, corporeidad concreta), el tratante de blancas, el trasegador de riñones, el traficante de armas, el narcotraficante…

Y luego el empleadito público que llega veinte minutos tarde al trabajo, comienza por ir a servirse una taza de café al percolador, agita algunos papeles fingiendo buscar un documento de la mayor importancia, consulta su correo electrónico, hace cinco llamadas telefónicas que nada tienen que ver con su trabajo, envía varios clandestinos mensajitos al “lance” de la noche y luego enciende el monitor y se regala con los goles de la última jornada de la Liga española.

Hacia el final de la mañana, quizás selle algunos formularios, le eche una ojeada a un informe financiero, redacte una nota urgente… y ya está: sagrada eucaristía del almuerzo.

Por la tarde, su escamoteo del tiempo laboral será aún peor, toda vez que la modorra de la digestión y la marea gástrica lo tornarán más torpe y somnoliento.

Después de las cuatro de la tarde, todo en la oficina será hilaridad, chistes, exégesis futbolísticas sobre el último clásico, recoger velas, una postrera infusión de café y ¡a aparejar hacia litorales más gratos se ha dicho!

Ese tramo final es apenas un epílogo, una coda, un rebullir de infantil ansiedad ante la inminencia de la libertad: ya nadie piensa, nadie trabaja, nadie hace nada.

Inerradicables. En resumen, una jornada de trabajo devino en dos, quizás tres horas de labor efectiva. Y eso, señores y señoras, es también corrupción.

La inerradicable, la no fiscalizable, la que nadie puede controlar, a menos de instalar en cada oficina un monitor descomunal con la cara del jefe, que, como en Los tiempos modernos , de Chaplin, reprende al infractor tan pronto lo ve alejarse del trabajo.

Necesitaríamos un dispositivo arquitectónico panóptico, como el que describe Foucault en Vigilar y castigar. En lugar de las cuadrículas de cubículos con paredes de cartón, una disposición que permitiese la supervisión panorámica de un temible inspector, apostado en algún sitio prominente del ámbito. En suma, un dispositivo penitenciario.

La gente habla de la corrupción de los grandes: corruptio optimi pessima. Y el espectáculo del corrupto capturado y vapuleado nos llena de mórbido deleite, especialmente cuando se trató de un hombre o una mujer poderosos y notorios.

Vemos su caída con los mismos ojos dilatados por la dinamitación de los grandes edificios, la tala de un árbol gigantesco o el desplome de una enorme montaña tras un terremoto, tales como nos los muestran la televisión.

Pero nosotros, que no somos ni grandes edificios, ni árboles gigantescos, ni enorme montañas, también apestamos.

Nuestra corrupción es pequeña por el simple hecho de que nuestro poder no es mayor. No somos virtuosos: sucede, simplemente, que carecemos de cojones para pecar en grande.

No confundamos la virtud con la pusilanimidad. Como dice Baudelaire: “Si la violación, el veneno, el puñal, el incendio no han todavía bordado con sus adorables filigranas el lienzo banal de nuestras miserables existencias, es que nuestra alma, ¡ay!, no es suficientemente audaz”.

Corruptos y corruptillos. Pocos son los ciudadanos que no conforman a estas dos categorías. La corrupción es inexorable, y ello por una razón raigal, hundida hasta los tuétanos en la naturaleza humana: es una transgresión, y el hombre tiene vocación de transgresión.

Fue una transgresión la que puso en marcha la historia (el mordisco a la manzana del árbol del bien y del mal) y será una inimaginable transgresión la que también le ponga fin.

Transgredir es uno de los impulsos básicos del ser humano, uno de sus componentes antropológicos fundamentales. Tan pronto nos sea dictada una ley, el espíritu de transgresión se despertará en nosotros y comenzará a roernos desde dentro, especie de insidioso carcoma espiritual.

La transgresión nos es constitutiva y consustancial. Frecuentemente me he preguntado si la aversión del ser humano por la muerte procede, más que de la angustia de la finitud, del mero hecho de que es una ley (de hecho, la ley de las leyes) y la única –es lo que la torna doblemente odiosa– que jamás transgrediremos.

Jacques Sagot es pianista y escritor.

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