Opinión

Independencia judicial e incultura política

Actualizado el 31 de diciembre de 2012 a las 12:00 am

El tránsito, el desgobierno, la violencia, el comercio y el arte se han vulgarizado

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Ese cuento chino que imagina al tico como demócrata a carta cabal y republicano de tinta oscura, nunca me ha sonado. Tan absurdo es a estas alturas hablar de “Suiza Centroamericana”, en un país que no tiene nada de suizo y sí todo de centroamericano, como insustancial seguir creyendo que somos blanquitos, igualitarios, pacíficos y organizados.

Definitivamente, las generalizaciones permiten todo, pero más falacias que otra cosa. En cuenta, esos imaginarios colectivos que sirvieron a una ciudadanía en pañales que, si bien hoy viste pantaloneta, aún ve lejanos los pantalones.

Viene bien recordar que el modelo de Estado moderno deriva del absolutismo insoportable retratado por Luis XIV al decir: “El Estado soy yo”. Ideario confirmado por ese gran traidor de la revolución que encarnó Napoleón, quien se atrevió a mucho más, pero también a decir: “Mi verdadero gabinete descansa en mi cabeza”.

En respuesta dialéctica a esa versión de organización política autocrática, se pensó un Estado dividido en poderes intercontrolados, que, en vez de coludirse contra el ciudadano, se vigilaran y corrigieran entre sí para garantizar, justamente, la integridad del ciudadano.

Así, la sabiduría resultante del indecible sufrimiento que provocaron desde siempre los abusos venidos del poder, sirvieron para desbancar la pretensión de verticalismo y prebendalismo, que suponía no solo la existencia de clases sociales, sino el surgimiento, a partir de estas, de clases de hombres.

Desde ahí, se empieza a escribir la historia del liberalismo y se funda la República, que, solo después de muchas pruebas plagadas de error –y no poco horror–, abren espacio a la democracia.

Nuestra política. Bastante de eso se ha olvidado. Hoy, aquí, la nota que marca el compás es la incultura. Nuestro tránsito, el desgobierno, la violencia, el comercio y hasta el arte, se han vulgarizado. Y las pocas notas que desentonan solo arruinan esa sinfonía de estulticia y vasallaje que la aplanadora social termina de amarrar.

¡Que nadie piense, que jamás critiquen, muy feo discutir! Todos hablando bajito y formados en filita. Cualquier otra muestra, implica señalamiento y marginación.

De eso trató, justamente, el malhadado intento del ministro de Comunicación ( La Nación , 3/12/12, P.43A) que, precisamente, señaló con el índice levantado a los que han alzado el tono para defender la independencia judicial frente a la confesa intención de los agentes del legislativo y el ejecutivo que, acuerpados curiosamente por expresidentes cuestionados y en algunos casos hasta condenados, pretenden “jalar el aire” a la Sala Constitucional y, por su medio, a la Corte Plena y, de ahí para abajo, a todo el funcionariato judicial.

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El ministro, mostrando su linaje de liberacionista arropado por el statu quo, no ha entendido nada. Según él, toda la polémica ha sido inútil. El problema está en los frenos del poder, no en los desenfrenos, en los críticos, no en los esbirros, en los inteligentes, no en los obedientes.

Según él, aquí no ha pasado nada. La Asamblea, simplemente, llegó hasta donde podía. Ejerció su poder.

Esa tesis de la indiferencia se la he leído, incluso, a algunos constitucionalistas de lectura parcial, quienes atreviéndose a sostener el más simplista de los argumentos, tornan indemne la destitución de Cruz: “Los diputados no hicieron más que ejercer una potestad constitucional”, terminan resumiendo. ¡Qué va! Claro que hicieron mucho más.

El derecho romano suponía que el mal uso implica abuso. Así, la potestad natural de desbancar a un magistrado por vía de excepción, se sacrificó en aras de cooptar a toda la Corte Plena por vía de interdicción.

Por eso, lo más grave no fue marginar al más probo de los magistrados, a ese que, por cierto, la misma clase política –incluida Laura como diputada– nombró en aquel fatídico 2004, con la preclara intención de lavarse la cara ante el develamiento mediático de tantísima corrupción; aquí lo más grave, sin duda, fue la razón esgrimida, tan lejana como pueda serlo al ideario que concibió la jurisdicción constitucional como una instancia para proteger al ciudadano frente a la desmesura del poder instalado y nunca, queda claro, nunca, como una lavadora legitimante de una clase política completamente deslegitimada.

Política y derecho. El problema, entonces, no es tanto jurídico sino político. Notorio es el contrasentido e inevitable el choque, si se aborda desconociendo este hecho capital. Aquí, o la Sala retoma la senda del “self constraint” y deja que la desfachatez política toque fondo, y la ciudadanía asuma su responsabilidad, corrigiendo en las urnas lo que no se debe –y tampoco se puede– corregir en los estrados, o la –sinrazón política va a terminar imponiéndose sobre una sala que irá deslegitimándose sistemáticamente como la falsa causante de esa ingobernabilidad que tanto acusan los mismos que no han sabido gobernar, ni van a aprender a hacerlo después de tantas décadas de subadministración prebendal.

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Ciertamente, la Sala sí se mete en temas que no le tocan. A algunos magistrados, anteriores y precentes, les ha gustado meterse, con la patente de corso de la razonabilidad, en cuanto asunto pique en su cancha. Y eso no está bien y debe decirse con todas sus letras.

Pero de ahí a la desfachatez del PLN al hacer expresa su intención, ya se perdió toda verguenza, todo disimulo. Terminó de brotar la borrachera de poder en que se encuentran sumidos los repitientes, esos saltimbanquis que ayer fueron diplomáticos, luego diputados y hoy son ministros o presidentes ejecutivos, pero lo que es peor, se encuentran a las puertas de un tercer mandato consecutivo para volver hacer girar la tómbola.

La falta de alternancia jalona vicios que el bulto del electorado ni siquiera imagina, aunque a esta altura sean inocultables y hasta cierto punto inatacables, dada la debilidad de la oposición y de la –incultura cívica que hoy se decanta por un justificadísimo abstencionismo y un mayoritario repeticionismo, que sigue tatuándose en la frente el eslogan, ya no de los prudentes, sino de los mediocres: “Mejor malo conocido que bueno por conocer”.

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