Opinión

Iglesia, sexualidad y escuelas

Actualizado el 01 de septiembre de 2012 a las 12:00 am

Jerarcas religiosos usan argumentos de autoridad para obstaculizar procesos educativos

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Iglesia, sexualidad y escuelas

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La Conferencia Episcopal de Costa Rica, en su pronunciamiento “Sexualidad: don y responsabilidad”, del 27 de agosto pasado, se refiere a lo que considera “la visión cristiana de la sexualidad”. Se trata, sin embargo, de una de las muchas perspectivas posibles. En la sociedad costarricense, multicultural y cada vez más multirreligiosa, convergen distintas formas de comprender la sexualidad humana, y ningún grupo puede pretender ser poseedor exclusivo de la verdad en este ámbito.

Los espacios educativos públicos tienen la tarea de educar integralmente a las personas, incluyendo sus dimensiones afectiva, social y sexual. Las iglesias también pueden – con todo derecho y en sus espacios propios– transmitir su particular visión sobre la sexualidad y educar a sus integrantes en ese ámbito, pero no tienen derecho a combatir y obstaculizar una propuesta educativa por el hecho de abordar la sexualidad desde una perspectiva diversa.

Las escuelas públicas, cuyas comunidades están conformadas por personas con credos religiosos distintos, o sin credos religiosos, no deben adoptar la perspectiva de una iglesia.

La misma Iglesia católica ha elaborado materiales didácticos para educar a niños, niñas y jóvenes en su dimensión sexual y afectiva. Sin embargo, en materia de sexualidad, la Iglesia tiene también otras tareas, entre ellas:

Asegurar que la formación inicial y continua del clero ayude a los sacerdotes a vivir su sexualidad de forma libre, responsable y gozosa.

Crear las condiciones para que los miembros del clero que no son heterosexuales puedan expresar sus propias preferencias sexuales con libertad y vivir su sexualidad como experiencia humanizante.

Superar de una vez por todas lo que todavía queda de una antropología que por siglos ha llevado a la Iglesia a desvalorar (cuando no a despreciar) el cuerpo y el placer, y a desconfiar de quienes buscan reivindicar el valor de la sexualidad y del cuerpo.

Interrumpir la práctica de silenciar a las teólogas y teólogos cuyos trabajos serios y honestos contribuyen a valorar el cuerpo y la sexualidad y que promueven una relectura distinta –no patriarcal– de los textos sagrados y de la teología.

Superar todas las formas de discriminación contra la mujer que ha caracterizado a las iglesias durante siglos, y que se ha expresado, por ejemplo, en la negación de la ministerialidad ordenada y en la ausencia de mujeres en los espacios de toma de decisiones.

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Escuchar a aquellas mujeres católicas que exigen una iglesia más inclusiva y que se oponen a que sus cuerpos, su sexualidad y afectividad sean controladas por dogmas e instituciones.

En la mencionada carta, los obispos se oponen a lo que ellos llaman la ideología de género y diversidad sexual. Pregunto: ¿No es ideológico su rechazo a los esfuerzos del MEP por superar la discriminación originada en las preferencias sexuales? ¿En qué ideología se sostiene esa tendencia a obstruir toda iniciativa tendiente al reconocimiento de los derechos humanos de todas las personas?

En su carta, los obispos se quejan de la carencia de espiritualidad en la propuesta del MEP. Pero, entonces, ¿hay que mencionar a Dios para que exista espiritualidad? La experiencia de una sexualidad responsable, del placer, del encuentro, de la comunicación, del amor ¿no es espiritualidad?, ¿no es mística? Ninguna iglesia es lugar exclusivo de la espiritualidad. También en las iglesias puede haber espiritualidad, pero las espiritualidades las desbordan.

Los dirigentes religiosos de la Iglesia católica y de la Alianza evangélica insisten en dar directrices a los padres y madres de familia para que sus hijas e hijos no participen en los espacios educativos relacionados con el programa de educación para la afectividad y la sexualidad integral. De esta manera las autoridades religiosas utilizan argumentos de autoridad, no de fe, para obstaculizar procesos educativos con los que están de acuerdo más del 90 % de la población.

Es conveniente que las personas integrantes de estas iglesias consideren –además de las “advertencias” de sus pastores– otras motivaciones, a la hora de decidir la participación en dichos procesos.

José Mario Méndez. Académico de la Escuela Ecuménica de Ciencias de la Religión

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