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Honduras: polarización y fin del bipartidismo

Actualizado el 24 de noviembre de 2013 a las 12:00 am

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Honduras: polarización y fin del bipartidismo

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Este domingo 24 de noviembre, una Honduras polarizada, marcada por las secuelas del golpe de Estado del 2009 y atravesada por denuncias de fraude, celebrará elecciones generales de gran importancia para su futuro.

Un total de 5,3 millones de hondureños (de una población de 8,4 millones) acudirán a las urnas para elegir en comicios de una sola vuelta, además de a un nuevo presidente (que sustituirá al actual Porfirio Lobo, el 27 de enero de 2014), a tres designados o vicepresidentes, 128 diputados al Congreso Nacional, 20 al Parlamento Centroamericano con sus respectivos suplentes y 298 alcaldes.

La trascendencia de estos comicios radica en que tienen lugar en un país que aún no se ha recuperado del todo de las graves consecuencias provocadas por el golpe de Estado que derribó al presidente Manuel Zelaya –quien, a su vez, impulsaba un referéndum inconstitucional–. Más allá de ciertos avances parciales, la democracia hondureña sigue mostrando importantes déficits en numerosos ámbitos: debilidad institucional, crisis del sistema bipartidista, criminalidad, violación a los derechos humanos, asesinatos de periodistas, corrupción, etc.

Los datos de cultura política que surgen del Latinobarómetro 2012-2013 son igualmente preocupantes. Ocupa una de las últimas posiciones respecto al apoyo a la democracia y el último lugar en satisfacción con ella. Únicamente el 12% considera justa la distribución de la riqueza, solo un 9% opina que se gobierna para el bien de todo el pueblo, y el 86% afirma que el país está gobernado por unos cuantos grupos poderosos en su propio beneficio.

Fuerzas contendientes. En el terreno político, la crisis institucional del 2009 ha polarizado y dividido las aguas en el país. Provocó el nacimiento del Partido Libertad y Refundación (Libre) que reivindica al expresidente Zelaya y que lidera su esposa, Xiomara Castro. Causó, asimismo, un fuerte deterioro electoral del Partido Liberal –en el cual militaba Zelaya–, la otra gran fuerza política del sistema bipartidista tradicional hondureño.

Los dos principales candidatos presidenciales son José Orlando Hernández, del Partido Nacional –conservador, uno de los partidos tradicionales junto con el Liberal–, y Xiomara Castro, del movimiento Libre, una amplia coalición de zelayistas, exliberales e izquierdistas, algunos cercanos al chavismo. Según las últimas encuestas, ambos llegan con un virtual empate técnico (28% y 27%, respectivamente).

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Más atrás figuran el aspirante del Partido Liberal, Mauricio Villeda, que ronda el 15%-17%, y Salvador Nasralla, popular presentador de televisión, que se postula por el Partido Anticorrupción, con alrededor del 10%.

Empleo e inseguridad. Los asuntos medulares de la campaña han girado en torno a los grandes temas que monopolizan el interés y la preocupación ciudadana: la generación de empleo y la inseguridad.

En el terreno económico-social, Honduras afronta una delicada situación, derivada de los altos niveles de pobreza (alrededor de 60%) y de desigualdad (el país posee uno de los índices GINI más altos de la región, de 0,59).

Pero, por encima de todos ellos, destaca la inseguridad ciudadana, el principal problema del país, según el Latinobarómetro. En el 2012, el país fue considerado el más inseguro del mundo, con una cifra de 85 muertes violentas por cada 100.000 habitantes.

Castro propone, además, como lo hiciera su esposo durante su presidencia, una reforma constitucional a través de una Asamblea que tendría como misión “refundar el país”.

Su principal rival, Hernández, ha optado por demonizar a su oponente al poner sobre el tapete la crisis institucional del 2009 y el desbarajuste económico que, según él, marcó la gestión de Zelaya. El candidato conservador ha prometido la creación de miles de empleos en las maquiladoras y la ampliación de los cultivos de caña de azúcar y palma africana, así como mejorar las viviendas de los sectores con más pobreza.

Castro, consciente de que los empresarios hondureños han estado históricamente cerca de los partidos de derecha y de que en el 2009 apoyaron el golpe, habla de la necesidad de sanar las consecuentes heridas y lograr la “reconciliación” de la familia hondureña, todo ello con el objetivo de ganarse su confianza, ofreciéndoles garantías para sus inversiones.

En el terreno del combate a la inseguridad, las aguas también están muy divididas. Hernández propone “mano dura”, en especial el impulso a la recién nacida Policía Militar (de su autoría), que ahora pretende extender a todo el país. Castro propone, en cambio, medidas de corte social para combatir la inseguridad y la creación de una “política comunitaria” destinada a proteger los barrios contra la delincuencia.

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Polarización y temor al fraude. El clima de polarización, las heridas aún abiertas del golpe del 2009 y las denuncias de fraude pueden convertirse en una tormenta perfecta, si los resultados entre el primer y segundo lugar son muy cerrados y la transmisión de datos sufre una fuerte demora.

En el plano político, gane quien gane, estas elecciones dejarán un país altamente polarizado, en el cual hay pocos puentes tendidos y un alto grado de animosidad mutua.

Cabe la posibilidad de que el triunfo de Castro y su propuesta de reforma constitucional (su oferta más polémica) lleguen a tensar aún más este complejo escenario. Los dos partidos tradicionales (Liberal y Nacional), al igual que organizaciones como la Iglesia, las Fuerzas Armadas y ciertos sectores empresarios, podrían verse tentados a plantear una oposición frontal similar a la que llevaron a cabo durante la presidencia de Zelaya.

De igual manera, el triunfo de Hernández no ocultaría la circunstancia del ascenso de la izquierda radical, la cual ejercería una fuerte oposición tanto en el Congreso como en las calles.

Por su parte, para el sistema de partidos, estas elecciones supondrán el fin del histórico bipartidismo, que data de los últimos años del siglo XIX y que se vio reforzado con el regreso de Honduras a la democracia desde 1981-1982.

Mi opinión. Sea quien sea el que llegue a la presidencia, deberá hacer frente a difíciles condiciones de gobernabilidad, pues ningún partido tendrá mayoría absoluta en el Congreso y, por consiguiente, no conseguirá promover cambios sin llegar a un acuerdo entre las diferentes fuerzas políticas.

Por ello, la encrucijada que Honduras tiene ante sí es clara. El escenario deseable es que prevalezca la madurez política de parte de los principales actores, lo cual permitiría la adopción de políticas de Estado consensuadas que den respuesta efectiva a los graves problemas del país. Ello contribuiría a una auténtica reconciliación que cierre definitivamente las heridas causadas por el golpe del 2009.

El escenario opuesto, que Honduras debe evitar a toda costa, es la posibilidad de que la ingobernabilidad se acentúe, mientras aumenta el poder e influencia de las maras y se deteriora la situación económica.

Daniel Zovatto, director regional, IDEA Internacional para América Latina y el Caribe.

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