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Hogueras de literatura

Actualizado el 12 de agosto de 2017 a las 10:00 pm

Fallas defendió el derecho de los costarricenses a adquirir cultura universal

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El 27 de setiembre de 1954, el periódico vespertino La Hora informó que en la mañana de ese día, mientras se descargaba mercadería de un barco procedente de Checoslovaquia, las autoridades aduanales de Limón encontraron “un paquete de propaganda sovietizante consignado al dirigente de la misma ideología, Carlos Luis Fallas”.

Entre las publicaciones decomisadas, figuraban El Comité Regional Clandestino actúa, de A. Fiodorov; Somos hombres soviéticos, de Boris Polevoi; la Historia del Partido Comunista de la Unión Soviética, redactada por una comisión de dicha organización política; un tomo de las obras completas de José Stalin y la Revista Mensual de Literatura Soviética.

Todos esos materiales fueron enviados al Ministerio de Hacienda, “el cual –a su vez– dispuso poner el asunto en conocimiento de la Procuraduría General de la República para los efectos consiguientes”.

De manera más alarmante, La Prensa Libre se refirió a las publicaciones decomisadas como un “gran cargamento de propaganda comunista capturado en Limón”. El carácter desproporcionado y sensacionalista de tal afirmación fue puesto en evidencia por ese mismo periódico, que reconoció que el peso total de dichos materiales impresos era de apenas diecisiete kilos.

Aclaración. Dos días después, en varios periódicos, Fallas explicó que las publicaciones decomisadas eran de su propiedad, las cuales empacó en una pequeña caja de cartón, la cual llevó personalmente “a la oficina correspondiente, en Praga”, donde pagó su transporte marítimo hasta Costa Rica. “No me la traje conmigo, por avión, porque así su transporte me costaba un ojo de la cara”.

Según Fallas, en la parte de arriba de la caja constataba que el remitente era él y señaló que “casi todos los libros” traían con tinta y de su puño y letra, también, su nombre en sus páginas interiores; y no venía ninguna obra repetida.

Todo lo anterior probaba, de acuerdo con Fallas, que había comprado esos materiales para su pequeña biblioteca, para su ilustración y uso personal. “Siete u ocho obras teóricas, un pequeño libro con fotografías de todas las iglesias reconstruidas y de las construidas de nueva planta por el actual Gobierno de Polonia, y a lo sumo dos docenas de las últimas novelas soviéticas”, explicó.

Derecho. Fallas no desaprovechó la oportunidad para exponer las tensiones, entonces existentes, entre la democracia costarricense y el anticomunismo de la Guerra Fría, al indicar que, al enviarse la caja, no había procedido de manera incorrecta.

Desde su perspectiva, tenía derecho, como ciudadano, de leer en su patria todo lo que necesitaba para mejorar su deficiente nivel cultural y todo lo que se relacionaba con su afición literaria: la novela.

Seguidamente, Fallas mencionó que su “pequeña biblioteca” –que ponía a la orden de quien quisiera hacer la comprobación– estaba compuesta por “obras de los viejos y los nuevos novelistas de América Latina, Estados Unidos, Francia, Japón, etc., así como [por] obras filosóficas marxistas y antimarxistas”. “Y recibo del exterior revistas literarias de izquierda y de derecha”, añadió.

Por último, Fallas cuestionó el derecho que se arrogaba el gobierno (en ese entonces, presidido por José Figueres Ferrer) de decidir qué podían leer los ciudadanos, ya que esto implicaba negarles el derecho de informarse y de ilustrarse. Enfatizó también que el abuso en que habían incurrido “los señores aduaneros criollos” era muy grave y podía afectar a todos los costarricenses, “sin distinción de banderías políticas”.

Cartilla. Al consignar el decomiso del libro de Fiodorov, La Prensa Libre afirmó que tal obra explicaba “cómo está organizada y ha operado la resistencia roja contra la democracia y otros regímenes”, por lo que constituía “una cartilla de aprendizaje” de cómo se efectuaba “la penetración roja”.

Tal apreciación fue desmentida por Fallas, quien indicó que, “en realidad la obra es un relato novelado de la heroica lucha antifascista de los guerrilleros ucranianos, organizados y dirigidos por el Partido Comunista Ucraniano, entonces en la ilegalidad, en aquellos negros días en que el ejército de Hitler ocupaba toda Ucrania y brutalizaba salvajemente al pueblo ucraniano”.

En los párrafos finales de su aclaración, Fallas indicó que a él lo podían encarcelar “por ser el remitente de esa supuesta propaganda, con base en la medioeval ley” que regía sobre la materia. Con esto último aludía al decreto Volio-Sancho que, aprobado en julio de 1954, prohibía –como lo refiere la historiadora Marielos Aguilar– la publicación, importación, venta, exhibición o circulación de materiales comunistas.

Hogueras. Ciertamente, la pequeña batalla que libró Fallas en defensa de los libros que se envió a sí mismo desde Praga se inscribe en esa importante dimensión cultural de la Guerra Fría que ha comenzado a ser estudiada sistemáticamente en los últimos años. Ahora bien, el conflicto por las obras decomisadas tenía un trasfondo histórico específico, que hasta ahora ha sido poco investigado.

Desde la década de 1930, los comunistas costarricenses se dedicaron a la tarea de construir una infraestructura para la difusión en el país de libros afines con su ideología, un proceso que se intensificó en el decenio de 1940, cuando abrieron una librería y una biblioteca ambulante.

¿Qué ocurrió con estas obras en el contexto de la represión que siguió a la finalización de la guerra civil de 1948? Fallas se refirió brevemente a este asunto en una carta que dirigió al escritor francés Claude Morgan en abril de 1954. Al mencionar las persecuciones de que fueron víctimas los comunistas, indicó que “en las calles de la capital se hicieron hogueras de literatura progresista”.

Similar al de Fallas, es el recuerdo de Rodolfo Cerdas, quien señaló que, terminada la guerra civil, varios policías “tomaron los libros de la biblioteca” de su padre, Jaime Cerdas, “y los trasladaron a una esquina de patio”. Luego “arrancaron de la pared dos cuadros” con dibujos del célebre pintor mexicano Diego Rivera “y los tiraron con los libros”, para finalmente prenderle “fuego a todo haciendo una pira enorme”.

Recuperación. A medida que la represión decreció y los comunistas empezaron a reorganizar el partido, una de las tareas que tenían por delante era volver a reconstruir sus bibliotecas, ahora en condiciones muy diferentes a las que prevalecían en las décadas de 1930 y 1940, cuando podían importar libremente materiales impresos de distintos países, incluso de la Unión Soviética.

Poco sorprende que, en tales circunstancias, Fallas aprovechara el viaje que por razones de salud hizo a la Europa comunista en 1954 para aprovisionarse de libros y revistas, y que más tarde defendiera, tan ardientemente, el derecho que tenían todos los costarricenses “de adquirir cultura universal”.

De esta manera, detrás de esa caja que trajo el barco checoslovaco había todo un esfuerzo dirigido a reivindicar la libre circulación de las ideas y a recuperar aquella cultura impresa comunista que, tras la guerra civil de 1948, fue consumida por las llamas.

El autor es historiador.

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