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Historia de dos ciudades

Actualizado el 04 de noviembre de 2012 a las 12:00 am

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Historia de dos ciudades - 1
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Historia de dos ciudades - 1

El influjo de la luna llena era el anuncio de que la tormenta que avanzaba hacia Nueva York podía ser como la temible Godzilla cuando destruía todo a su paso en Tokio. La preñada redondez del cuerpo celeste conjuró la crecida de la marea y por momentos el bajo Manhattan fue la Atlántida. La punta sur de una isla sumergida en el agua mientras la otra mitad sólo sentía la lluvia contra las ventanas.

El pasado 29 de octubre un huracán con nombre de mujer, Sandy, dividió a Nueva York como quien corta un corazón en dos partes y deja por un lado el trozo palpitante y en el otro extremo se descuelga el lado oscuro. Así quedó la Gran Manzana después de la tromba. Desgajada en dos vidas muy distintas y separadas por la cortina de un diluvio. Así fue cómo de la noche a la mañana sus habitantes se transformaron en los protagonistas de la historia de dos ciudades. Una variante moderna y apocalíptica de la famosa novela de Charles Dickens dos siglos después de que el autor inglés contrastara a París, la urbe sumida en el caos, con Londres, la metrópoli que encarnaba la armonía.

El relato de Dickens comenzaba así: “Es el mejor de los tiempos, es el peor de los tiempos”. De ese modo amaneció en Manhattan el día que todos esperaban un ciclón que amenazaba con ser la más perfecta de todas las tormentas. Y la perfección consistía en su inmensa capacidad de destrucción. Era el mejor de los tiempos porque Nueva York es una suerte de Brigadoon que eternamente destila energía y creatividad. Pero también era el peor de los tiempos porque en su estrecho y alargado espacio cabían todos los infortunios de la última era: una perversa catástrofe ideada por el hombre un 11 de septiembre de 2001. Y ahora un colosal desastre diseñado por la caprichosa naturaleza. La conmoción se volvía a sentir a la vista de la Estatua de la Libertad. Inmóvil en su propia insularidad, pero resistente a los embates de la sinrazón y los vientos huracanados.

El ciclón Sandy dejó a oscuras el Lower Manhattan y desde la penumbra de esta parte de Gotham se podían divisar las luces más allá de Midtown. Es evidente que no siempre es necesario levantar muros con alambradas que apartan a unos de otros. Basta una noche de luna llena y la llegada de una borrasca para abrir abismos y delinear fronteras.

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Los dos Berlines. Hubo un tiempo en que el festivo Berlín de hoy eran dos Berlines. Uno vivía amordazado en la oscuridad y el otro era libre en medio del destello de sus luminarias. En uno los supermercados estaban desabastecidos y en el otro los escaparates de las tiendas eran puro lujo. Un mismo pueblo incomunicado por la estulticia política que ningún huracán pudo derrumbar. Así pasaron los años antes de que unos y otros alcanzaran a reunirse de nuevo.

Los dos Manhattan que las riadas de Sandy provocaron volverán a ser uno solo en los próximos días, cuando la luz se haga en el sur y los autobuses circulen de una punta a la otra. Con el tiempo, esa extraña sensación de aislamiento se esfumará en la memoria colectiva de quienes se resisten a abandonar la isla a pesar de los sinsabores, porque no conciben un mejor sitio en la Tierra.

Dentro de muchos años quienes vivieron los estragos de esta voraz tormenta les contarán a sus nietos la historia de una ciudad que fugazmente se partió en dos. Érase una vez el mejor de los tiempos y el peor de los tiempos.

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