Hacer caso omiso de los ignorantes

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STANFORD – Las personas tienen derecho a ser ignorantes. Así como podemos optar por dañar nuestra salud comiendo excesivamente, fumando cigarrillos y dejando de tomar las medicaciones prescritas, también podemos optar por seguir sin informarnos sobre cuestiones normativas.

A veces la ignorancia quizá tenga sentido. Según los economistas, la “ignorancia racional” entra en juego cuando el costo de obtener una comprensión suficiente de un asunto para adoptar una decisión con conocimiento de causa supera el beneficio que se podría esperar racionalmente haciéndolo. Por ejemplo, muchos que están preocupados por la familia, la escuela, el trabajo y las hipotecas pueden no considerar rentable examinar detenidamente una masa de datos, con frecuencia contradictorios, para entender –pongamos por caso– los riesgos y beneficios de la energía nuclear, los plastificantes en juguetes infantiles o la dieta mediterránea.

La avalancha de datos contradictorios relativos a los costos y beneficios de diversos alimentos ejemplifica la dificultad inherente a la adopción de decisiones con conocimiento de causa. En un estudio reciente, Jonathan Schoenfeld y John Ioannidis descubrieron que, pese al bombo que les dedican los medios de comu-nicación, con frecuencia afirmaciones “científicas” de que diversos alimentos causan el cáncer o protegen contra él no son corroboradas por un metaanálisis (análisis de resultados agrupados procedentes de múltiples estudios). Como dice Ioannidis: “Las personas se asustan o creen que deben cambiar de vida y adoptan decisiones transcendentales y después las teorías quedan refutadas muy rápidamente”.

Las personas tienen una particular propensión a ejercer su derecho a la ignorancia –racional o no– en relación con cuestiones de ciencia y tecnología. Según las conclusiones de un estudio de 2001 patrocinado por la Fundación Nacional de la Ciencia de los Estados Unidos, la mitad, aproximadamente, de las personas encuestadas sabían que la Tierra da una vuelta en torno al Sol una vez al año, el 45 por ciento podían dar una “definición aceptable” del ADN y sólo el 22 por ciento entendían lo que era una molécula.

En 1995, el cosmólogo Carl Sagan expresó su preocupación por la tendencia hacia una sociedad en la que, “agarrando firmemente nuestros cristales y consultando religiosamente nuestros horóscopos y con las facultades criticas en pronunciado declive (...) nos deslizamos, casi sin darnos cuenta, hasta la superstición y la obscuridad”. Más recientemente, el erudito británico Dick Taverne advirtió que “en la práctica de la medicina, las teorías populares sobre la agricultura y los alimentos, las políticas para reducir el hambre y las enfermedades, y muchas otras cuestiones prácticas, hay una corriente subyacente de irracionalidad que amenaza el progreso dependiente de la ciencia e incluso la base civilizada de nuestra democracia”.

De hecho, si bien las personas tienen derecho a creer en los horóscopos, confiar en los cristales para que les den suerte o creerse la medicina de los curanderos, esa “ciencia basura” se convierte en una amenaza grave para la sociedad cuando se permite que influya en la política pública. Piénsese, por ejemplo, en la reacción el año pasado de algunos activistas en Key West (Florida) ante las medidas para detener la propagación del dengue, enfermedad grave y en algunos casos mortal, que reapareció en esa zona en 2009, después de haber estado ausente durante más de 70 años.

Mediante técnicas de ingeniería genética, la compañía británica Oxitec ha creado nuevas variedades de la especie de mosquito que transmite el dengue. Los nuevos mosquitos cuentan con un gen que produce altos niveles de una proteína que impide el funcionamiento normal de sus células y acaba matándolas. Mientras se alimenta a los mosquitos machos con una dieta especial, la proteína no los afecta. Cuando se los libera, sobreviven tan sólo lo suficiente para aparearse con hembras silvestres y transmitirles el gen que produce la proteína y que mata a sus crías antes de que lleguen a la madurez, con lo que, al cabo de pocas generaciones, la especie queda eliminada.

Después de recibir las aprobaciones necesarias, Oxitec colaboró con científicos locales para liberar los mosquitos modificados en las islas Caimán y en la región de Juazeiro del Brasil. Según las relaciones publicadas de dichas liberaciones experimentales, el método resultó muy eficaz, pues redujo la población de mosquitos infectados en un 80 por ciento en las islas Caimán y en un 90 por ciento en el Brasil. La compañía está esperando la aprobación del Ministerio de Sanidad del Brasil para aplicar el método como política de lucha contra el dengue.

Aunque no se van a hacer liberaciones similares en Florida hasta dentro de unos años, algunos sectores locales ya han reaccionado enérgicamente. Una activista recogió 100.000 firmas para pedir que no se utilizaran los mosquitos en las medidas de erradicación, pero sus preocupaciones –“¿Y si esos mosquitos pican a mis hijos o mis perros? ¿Cuáles serán sus efectos en el medio ambiente?”– carecen de base científica y, por tanto, reflejan una ignorancia voluntaria. Con un poco de investigación, habría descubierto que los mosquitos machos no pican y que los mosquitos liberados (todos machos) mueren al carecer de la dieta especial que se les ha suministrado.

En realidad, las liberaciones experimentales no revelaron efectos perjudiciales apreciables de ningún tipo, pero la presentación de los datos de forma racional, como han intentado hacer las autoridades de Florida encargadas de la lucha contra los mosquitos, no ha sido suficiente para cambiar la opinión de los oponentes. Lamentablemente, los que optan por la ignorancia son inmunes a la razón o simplemente prefieren hacer caso omiso de ella.

¿Por qué hay tantas personas temerosas de tantas cosas? El epidemiólogo del cáncer Geoffrey Kabat ha determinado varios factores, incluidos “el éxito del movimiento ecologista, una muy arraigada desconfianza de la industria, el insaciable apetito del público por historias relacionadas con la salud, que los medios de comunicación atienden debidamente, y –no menos importante– la asombrosa ampliación de las esferas de la epidemiología y las ciencias de la salud medioambiental y su floreciente bibliografía”.

Independientemente de sus razones, las personas tienen derecho a optar por la ignorancia, pero permitir que esa opción guíe la política pública constituye una grave amenaza para el desarrollo científico, social y económico.

Henry I. Miller, médico e investigador en materia de filosofía científica y política pública en la Institución Hoover de la Universidad de Stanford, fue el director fundador de la Oficina de Biotecnología en la Administración de Alimentos y Medicamentos de los Estados Unidos. © Project Syndicate.

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