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Hace frío en España

Actualizado el 28 de abril de 2013 a las 12:00 am

Más de 6 millones en el paro, y el 57% de los jóvenes, sin trabajo

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El pasado jueves los españoles sintieron que el invierno iba a ser más largo de lo esperado a pesar de las señales de una incipiente primavera. El anuncio de los nuevos índices de desempleo atravesó el país como un viento gélido del que no es posible guarecerse: ya hay más de seis millones de personas en el paro y el 57,2% de los jóvenes hasta 25 años no consigue encontrar un trabajo. Cifras, sin duda, muy desalentadoras.

Al cabo de algo más de un año en el gobierno, hasta ahora el Partido Popular no ha logrado detener la caída libre con las draconianas medidas de austeridad que ha recetado Bruselas. Los conservadores heredaron el desolador panorama económico que dejó el gobierno socialista de Rodríguez Zapatero, pero la sombra de la corrupción en el seno del PP y la falta de resolución por parte del presidente Mariano Rajoy y su gabinete económico han minado aún más, si cabe, el desánimo de una sociedad que parece no encontrar salida a un atolladero laboral que tiene a casi dos millones de familias con todos sus miembros en el paro.

Red familiar. Si bien es verdad que en las calles de Madrid, donde siempre hay un hervidero de gente, a primera vista no se percibe una situación de inminente estallido social, no es menos cierto que el descontento se contiene por la fortaleza de una red de apoyo familiar que cobija a los hijos durante años, a la espera de encontrar un empleo que cada vez parece más una quimera que una posibilidad real.

A los jóvenes que en los últimos años han terminado la universidad o estudios de formación profesional ya se les conoce como la “generación perdida”, cuyos mejores años se desvanecen ante la impotencia de no poder salir adelante porque sencillamente el horizonte vital hoy es un túnel lúgubre. Son legiones de chicos y chicas bien preparados que no reciben respuestas cuando mandan sus currículum; que pasan años haciendo prácticas sin siquiera percibir un sueldo mínimo; que están condenados a ganar como mucho mil euros al mes; o que llegan a la conclusión de que hay que marcharse al extranjero si no quieren instalarse en la desesperanza.

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No hay una semana que pase sin recibir un mensaje o una llamada de algún amigo pidiendo ayuda para alguien recién graduado que está dispuesto a trabajar en lo que sea con tal de escapar de una inercia que está condenando a las nuevas generaciones a la desocupación crónica. Hace un tiempo uno no le daba demasiada importancia a las historias de un programa como Españoles en el mundo, sin reparar más allá del espíritu aventurero de quien hace la maleta deseoso de conocer otros confines. Ahora la mayoría de los españoles que deja su tierra lo hace por pura necesidad. Es revivir los tiempos en los que se emigraba para subsistir.

Una hora tan negra. Pienso en los hijos de mis amigas, que todavía son pequeños y por los que ellas (todas mujeres profesionales que hasta ahora han mantenido sus trabajos) hacen los mayores sacrificios para garantizarles un futuro mejor. Pienso, también, en los millones de jóvenes a los que no les faltan ni las ganas ni el talento para abrirse paso pero temen quedarse estancados. En esta hora tan negra para España cuesta creer que tarde o temprano se tocará fondo para salir de una crisis que por momentos se eterniza.

Son muchos los españoles que ahora buscan un sitio en el mundo y con amargura protestan bajo el lema de “No nos vamos, nos echan”. El tiempo del retorno llegará.

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