Opinión

Hace 100 años

Actualizado el 09 de julio de 2014 a las 12:00 am

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Acababan de pasar las elecciones de diciembre de 1913. El presidente anterior había sido Ricardo Jiménez Oreamuno, un hombre inteligente y distinguido por su honestidad en el manejo de la hacienda pública.

En esas últimas elecciones hubo tres candidatos: Rafael Iglesias, quien sobresalió como gobernante enérgico y activo en los períodos 1894-1898 y 1898-1902, pero se le criticaba haber sido reelegido arbitrariamente en 1898; Máximo Fernández, quien ya había sido candidato en elecciones anteriores, sin haber logrado el triunfo; y el tercero en la lucha electoral era el doctor Carlos Durán, quien ya había gobernado el país, aunque solamente por seis meses.

En aquel diciembre de 1913 ninguno de los tres candidatos logró el 50% de la votación, que era lo que la Constitución de entonces exigía para ser electo. Le tocaba al Congreso, en esas circunstancias, elegir al presidente entre los tres candidatos participantes, pero, como no se ponían de acuerdo, según dicen, fue don Ricardo el que sugirió el nombre de Alfredo González Flores, un diputado herediano, inteligente y muy activo. La sugerencia de don Ricardo fue aceptada por la mayoría parlamentaria y Alfredo González Flores llegó a la presidencia de la República el 8 de mayo de 1914.

Estábamos en una época en que la democracia todavía no se había consolidado en América. Había golpes de Estado y gobernantes arbitrarios por todas partes.

Sin embargo, en Costa Rica hemos tenido suerte al contar con gobernantes tan honestos como Ricardo Jiménez y Cleto González Víquez.

Alfredo González Flores llega al poder con la debilidad de no ser el candidato de ninguno de los partidos en pugna. Una vez en la presidencia, nombra jefe de la Fuerza Pública a su amigo Federico Pelico Tinoco, quien, debido a una desgracia acaecida en su familia, se ve obligado a presentar su renuncia.

Resulta que hay una disputa por derechos de terrenos en el sur del país. Joaquín Tinoco, hermano de Federico, es una de las partes interesadas y decide ir a hablar con Manuel Argüello de Vars, abogado de la otra parte. Después de mucho discutir, las partes se acaloran y Argüello reta a duelo a Joaquín. Ambos se van a resolver el problema en La Sabana. En el segundo disparo, Argüello de Vars cae herido de muerte y la Policía toma prisionero a Joaquín. En esta situación es que Federico se ve obligado a renunciar, pero don Alfredo no se la acepta.

Por otra parte, estalla la primera guerra europea y eso genera crisis económica: los precios de los artículos importados se encarecen y se cierran mercados mundiales para nuestros productos de exportación, básicamente el café.

En aquellos tiempos, la emisión de billetes de moneda estaba en manos de banqueros particulares, y esas emisiones debían estar respaldadas por lo que llamaban “el talón de oro”. La cantidad de billetes emitidos debía tener un respaldo en oro en las cajas del banco emisor.

En esa época, don Alfredo tenía fama de ser uno de los hombres más ilustrados en asuntos económicos y, en esas condiciones, propone la creación de un banco emisor de billetes con el respaldo estatal.

Esta noticia cae muy mal entre los banqueros que manejaban un negocio tan productivo y empieza a crearse una especie de oposición al gobierno de González Flores.

Entre otras ideas del presidente, está la de establecer un impuesto de la renta. En aquel momento, los principales ingresos del Gobierno provenían de la Fábrica Nacional de Licores y de los impuestos de aduana, con lo cual la carga tributaria resultaba repartida por igual entre pobres y ricos, y eso no era justo.

Don Alfredo propone un sistema en el cual cada uno tributaría de acuerdo con sus ingresos, y esto causa aún más malestar entre los capitalistas, lo cual hace crecer los sentimientos de oposición al Gobierno.

Las necesidades presupuestarias obligaron al Gobierno a pagar los salarios con lo que llamaron “tercerillas”: dos tercios del salario en efectivo y un tercio con un bono para cambiar más adelante.

El día 27 de enero de 1917, el presidente González llegó temprano a su oficina para atender los asuntos que tenía en su escritorio y, poco después, llegó el coronel Monge, un poco agitado, para informarle que en el cuartel principal había un movimiento subversivo en su contra.

Don Alfredo tomó el teléfono y llamó al cuartel: “Habla el presidente, dígale al coronel que necesito hablarle. Se quedó con el teléfono en la mano esperando que le contestaran.

Con el amparo de la Embajada Americana, don Alfredo fue conducido en un tren expreso hasta Limón para tomar ahí el barco que lo transportaría al exilio en los Estados Unidos.

Costa Rica quedó bajo el mando de la dictadura de Pelico Tinoco, que dichosamente duró solamente dos años.

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