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Hablemos de masonas

Actualizado el 04 de abril de 2016 a las 12:00 am

La masonería mixta es una realidad viviente, pero invisible para muchos

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En los últimos años se ha vuelto algo común en libros, películas, Internet y demás medios de comunicación el tema de la masonería, ya sea para hablar bien o mal, o a veces de manera más objetiva, como asunto cultural que vale la pena estudiar para comprender mejor nuestro propio desarrollo histórico como países.

Tras su aparición histórica (no legendaria) en Europa a principios del siglo XVIII, la masonería pronto llegó a América. En ambos continentes se vinculó con el cambio ilustrado, incluidas tanto la reforma como la revolución.

En Europa quedó asociada con la Revolución francesa, a cuya realización habría ayudado, y en América contribuyó a la independencia y conformación de los nuevos países, con nombres como Washington, Bolívar, San Martín o Benito Juárez.

En Costa Rica también ha habido muchos presidentes masones, desde José María Castro Madriz y Tomás Guardia, hasta León Cortés y Otilio Ulate, el último de dieciocho, aunque en realidad serían diecinueve, pues la lista oficial masónica no toma en cuenta a Julio Acosta, que también fue masón, aunque de una masonería diferente, mixta, la llamada comasonería, considerada “irregular” por ellos.

El prefijo “co” indica unión y cooperación de partes iguales, en este caso de hombres y mujeres. No implica subordinación de una de las partes.

Y con esto entramos de lleno en nuestro asunto, el de cómo los medios prácticamente solo hablan de masones, de la masonería compuesta nada más de hombres, como fue lo propio hasta fines del siglo XIX.

Una centuria atrás, Cagliostro había fundado logias mixtas, pero se trataba de una masonería “egipcia” e irregular, desde el punto de vista de la dominante masonería “escocesa”, masculina.

Y aunque el original impulso cagliostrino falleció, reencarnó en ritos mixtos como el de Menfis-Mizraim, y se consolidó (ya sin egipcianismo) en la comasonería de la última década del XIX, con María Deraismes como fundadora y primera gran masona.

Ni modo, la masonería se mueve con la historia y en un siglo que veía el surgimiento organizado del feminismo, no podía quedarse en el antiguo régimen masculino. El segmento dominante siguió cerrado a las mujeres, pero se abrió una franja mixta, e incluso otra estrictamente femenina, que reprodujo a la inversa la discriminación por género.

Democracia de género. En Costa Rica la masonería (masculina) empezó en 1865 y quedó vinculada en la memoria colectiva con las reformas liberales de las últimas décadas, con la secularización y modernización del país.

Siguió vigente en el siglo XX, pero su momento de gloria como fuerza social ya había pasado. Sin embargo, a finales de la segunda década, en 1919, se fundó la primera logia comasónica en el país, la Saint-Germain, como parte del movimiento teosófico que, por entonces, manifestaba un gran auge.

Su fundador fue José Basileo Acuña, quien, a su retorno de Europa tras larga estadía, vino con las facultades (otorgadas por la propia Annie Besant, gran maestra comasona) para fundar dicha logia, de donde se extendió al resto de Centroamérica, a parte del Caribe y a Colombia.

Ya de por sí la Sociedad Teosófica era una organización igualitaria en cuanto a participación de sexos, y de esta misma raigambre de democracia de género salió la comasonería nacional.

Son organizaciones diferentes, pero en esa época trabajaron juntas.

Feminismo. Ante cierto anquilosamiento de la masonería masculina, la mixta pareció retomar la antorcha reformista en el siglo XX y, sin perder su trabajo propiamente esotérico de perfeccionamiento moral e intelectual, se lanzó al cambio social en áreas como la educación y el magisterio, la filantropía, la protección de niños y animales, el reconocimiento igualitario de las mujeres en la sociedad, incluida la búsqueda del voto, con lo que varias de las comasonas de la primera generación fueron feministas, como Esther de Mezerville, Lidia Fernández Jiménez y Ana Rosa Chacón, quien llegaría a ser una de las tres primeras diputadas del país electas en 1953, tras haberse aprobado el voto femenino en 1949, junto con otra comasona, la viuda de Omar Dengo, María Teresa Obregón.

Por su parte, don Omar también había sido comasón, igual que otros intelectuales de su época, como Roberto Brenes Mesén y Mariano Coronado. De Mezerville y Chacón fueron además fundadoras en 1923 de la Liga Feminista (a la que pertenecieron también el presidente Julio Acosta y su esposa Elena Gallegos).

La última gran masona de proyección más allá de la logia fue María Eugenia Dengo Obregón, educadora, ministra y premio Magón.

Menciono estos nombres entre otros posibles porque su pertenencia masónica es conocida, a veces por documentos, libros o cartas, o por las esquelas mortuorias publicadas por la logia Saint-Germain en su momento, la que hasta no hace mucho era la única logia.

Hoy hay por lo menos tres más en barrio Amón, Tibás y Escazú. En esta última asistí a la tenida fúnebre de mi madre, Alicia Pacheco, hace 20 años.

Como puede verse, con más de un siglo de funcionamiento en el mundo, y ya casi uno en Costa Rica, la masonería mixta es una realidad viviente, pero invisible para muchos. Ya va siendo hora de que cobremos conciencia de que no hay masonería, sino masonerías, de que, además de masones, hay masonas, algunas muy activas, a quienes el ritual sacro invitó a llevar fuera el trabajo iniciado en la logia, con una ética laica y humanitaria, con libertad de pensamiento, con espíritu de tolerancia y de justicia social, a la Gloria del Gran Arquitecto del Universo.

El autor es escritor.

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