Opinión

Guía práctica para soportarnos

Actualizado el 25 de febrero de 2015 a las 12:00 am

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Guía práctica para soportarnos

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Cuando alguien comienza diciendo: “No es que quiera ser infidente o nada parecido, pero fijate que…”, a buen seguro va a traicionar a un amigo.

Cuando alguien comienza diciendo: “Me muero de las ganas de contártelo…”, déjelo morirse.

Cuando alguien comienza diciendo: “Voy a serte honesto…”, es porque en el pasado no ha hecho otra cosa que mentirle. De lo contrario, ¿cuál sería la necesidad de puntualizar la honestidad de su reflexión?

Cuando alguien comienza diciendo: “Podría ser que me equivoque, pero pienso que…”, podemos apostar a que tiene plena certeza de estar en lo correcto.

Cuando alguien comienza diciendo: “Es con todo respeto que me permito señalar…”, puede usted tener la seguridad de que le van a faltar al respeto.

Cuando alguien da inicio a su discurso con la fórmula: “Comienzo por pedir disculpas por mi inglés algo rudimentario…”, debemos prepararnos para un lenguaje shakespeariano enunciado en endecasílabos y engalanado por rimas cruzadas.

Cuando alguien comienza diciendo: “En honor a la verdad…”, prepárese, porque sin duda alguna va a faltar a la verdad.

Cuando alguien le dice: “Es con sumo placer que le cedo ahora la palabra a mi distinguido colega…”, puede usted tener la seguridad de que lo considera un consumado incompetente, un fracasado que, en virtud de alguna inexplicable razón, ejerce la misma profesión que usted.

Cuando alguien comience su ponencia diciendo: “Es con toda humildad que me dirijo a ustedes…”, es un incurable arrogante. La humildad no puede proclamarse a sí misma. Tal cosa constituiría una contradiction performative (Luc Ferry). Como el pelmazo que declara: “Yo iba a bordo de un buque. Naufragamos. Nadie sobrevivió”. ¡Puesto que cuenta el cuento, ha de ser que siquiera él logró aferrarse a su barrica en mitad del océano! Otro ejemplo: “Yo soy costarricense. Todos los costarricenses mienten”. Pues si así son las cosas, de ello se seguiría que yo no soy costarricense. La humildad no debe, por principio, exhibirse. Está condenada a negarse, a velarse el rostro pudorosamente. La humildad que se autoovaciona degenera en la más hipócrita y viscosa forma del alardeo. Una pornógrafa de sí misma. Vicio quintaesencialmente tico, por cierto.

Cuando alguien comienza diciendo: “Yo me limito a dar mi humilde opinión…”, debemos asumir que ni se “limita”, ni considera que su opinión sea “humilde”, y esa “opinión” es, en realidad, un dogmático, innegociable e impositivo diktat .

Cuando alguien balbucea, prudentemente: “No es que quiera ofenderte, pero…”, corra a parapetarse, porque viene de camino el misil.

Cuando alguien propone, a guisa de solemne introito: “No lo dije por hacer mofa de vos, sino por…”, asuma que fue usted blanco del más zafio de los chistes, y que la anécdota hizo reír a una turbamulta.

Cuando alguien da inicio a su perorata declarando: “No sé cómo decirte esto sin que lo tomés a mal…”, está sugiriendo implícitamente que usted es un imbécil, afecto de una hipersusceptibilidad patológica.

Cuando alguien le dice: “Te tengo envidia de la buena…”, incurre en una aporía, una contradicción en los términos. No hay envidia buena. La envidia es, bajo toda coyuntura concebible, un antivalor, no existe una “buena versión” de ella, y, lo peor de todo, es tan incosmetizable como el mal aliento. El día en que alguien invente el Listerine para el alma, quizás pueda ser disimulada.

Cuando alguien toma la palabra diciendo: “Ahora, si me permiten…”, no está pidiendo autorización para hablar. Piensa secuestrar el discurso y tiranizar la atención de su auditorio hasta que los relojes de Dalí terminen de derretirse.

La agresión es multiforme, fecunda en ardides y ha construido mil diferentes códigos para expresarse. Acaso el menos maligno consista en el insulto directo y frontal.

Por mucho prefiero el estallido del Krakatoa que los insidiosos pellizquitos de un cobarde, una de esas torvas y rampantes criaturas que pasan por el mundo en tonalidad de “Resentimiento en la bemol menor”, y nos dispensan sus coces tangencial y disimuladamente, justo cuando ni el árbitro ni las cámaras pueden registrar la acción.

La palabra jamás será inocente (ningún constructo humano lo es).

Conviene esgrimirla y examinarla con extrema suspicacia. Somos dagas que ni siquiera nos asumimos como tales, y pasamos por el mundo embozando nuestras punzocortantes aristas. El lenguaje –el “habla”, habría precisado Saussure– está lleno de oblicuos códigos, de fórmulas que debemos descifrar. Conversar es, en lo sustantivo, un ejercicio de mutua hermenéutica, de exégesis permanente. No preconizo la paranoia, tan solo la necesidad de poner en práctica una revisión sistemática del verbo, de operar un corte histológico profundo en la oscura carne de la palabra. “Astutos como serpientes, inocentes como palomas”.

El autor es pianista y escritor.

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