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Guerra y religión

Actualizado el 29 de septiembre de 2016 a las 12:00 am

Una persona puede vivir de tal manera que el fanatismo y el odio sean imposibles

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Dice el papa Francisco que el mundo está en guerra, pero que esa condición no se origina en las religiones, sino en el dinero y los intereses de poder.

En apariencia, tiene razón porque los móviles principales del actual conflicto global son de naturaleza económica y de lucha por esferas de influencia, pero el pontífice se equivoca por el fondo y de modo premeditado cuando al esgrimir su tesis disimula los móviles religiosos de varios actores que participan en los enfrentamientos contemporáneos, evade la presencia de unos fanatismos, sectarismos y dogmatismos de origen religioso que han sido y son parte de la promoción del odio en esta y en otras épocas, y olvida que las religiones son estructuras de poder y de dinero, mezcladas y sintonizadas con Estados, gobiernos, organizaciones sociales y grupos privados.

Las religiones nunca han estado al margen del mal radical, que dice Kant, tal pretensión de pureza e inocencia absolutas es insostenible, y configura una monumental estafa emocional.

Religión-política-economía se complementan para lograr diversos fines, y es así como funcionan en el plano sociohistórico. Negar esto es darles la espalda a miles de años de historia y a miles de años de evolución del conocimiento.

Algunos casos. Las religiones, del mismo modo que ocurre con las ideologías y con la política, se sitúan en los orígenes de diversas formas de violencia, fanatismo y odio.

Recuérdense las campañas militares impulsadas por los papas cuyo objetivo inmediato fue la reconquista de Tierra Santa (1099-1291), pero implicaron el asesinato de paganos, judíos, cristianos ortodoxos, mongoles, cátaros y enemigos políticos de los pontífices.

La matanza de San Bartolomé, enmarcada dentro de lo que se conoce como las guerras de religión en Francia, llevó al asesinato masivo de cristianos protestantes franceses de doctrina calvinista.

El emperador Constantino, luego de convertirse (y de convertir) al cristianismo, ordenó la destrucción de cientos de bibliotecas y templos paganos, y fueron cristianos, supuestamente criaturas amorosas y fraternas, quienes organizaron los primeros campos de exterminio para paganos y judíos en la ciudad de Escitópolis.

El papa Inocente III, en la Edad Media, desató el genocidio de los cátaros. El emperador Diocleciano instruyó la quema de los libros de alquimia existentes en la enciclopedia de Alejandría, y grupos religiosos liderados por Girolamo Savonarola impulsaron la llamada “Hoguera de las Vanidades” (finales del siglo XV) destruyendo objetos considerados pecaminosos tales como libros, espejos, vestidos, instrumentos musicales, obras de arte y textos de canciones seculares, y en Latinoamérica se ordenó el asesinato de indígenas y la quema de templos precolombinos.

En la Europa medieval y renacentista se taladreaba la lengua a las personas no cristianas o se les cortaba la cabeza.

En los libros de historia puede encontrarse abundante información sobre las guerras de religión en Europa (de los cien años, de los treinta años, de los tres reinos), guerras de religión en el mundo antiguo y medieval, odios y fanatismos religiosos en todas las civilizaciones existentes, y en los días que corren es común escuchar de las decapitaciones de niños y niñas, hombres y mujeres, por el simple hecho de decirse cristianos.

Así como Karlheinz Deschner escribió la Historia criminal del cristianismo en 10 volúmenes, es lo cierto que cualquier historiador o erudito puede documentar la historia criminal de una religión hasta nuestros días, no le faltarán ni hechos, ni testimonios, ni fuentes.

Estamos rodeados de personas cuyo anhelo es hacer que cada ser humano piense, experimente y sienta del mismo modo como ellas lo hacen.

Frente a este demencial objetivo, que no es exclusivo de la religión, porque se le encuentra en ideologías y en políticas, es imperativo cultivar la racionalidad científica y humanista, y conviene recordar el pensamiento atribuido a Francois Marie Arouet (Voltaire): “Cuando el fanatismo ha gangrenado el cerebro, la enfermedad es casi incurable”.

Origen del fanatismo. ¿Dónde nace la inclinación fanática y violenta del comportamiento religioso? Se origina en la creencia de que se es portador de una verdad eterna transmitida de generación en generación, por los siglos de los siglos, y respecto a la cual se tiene la misión histórico-universal, encargada por la divinidad, de expandirla en todo el orbe.

Esta idea, esgrimida sin prueba alguna, cumple la función ideológica de disfrazar los intereses económicos y de poder asociados a las organizaciones religiosas. Se trata de una creencia falaz y al mismo tiempo de un motivador psicológico de la violencia, la exclusión, el exclusivismo y el odio.

Cabe preguntar si existe alguna posibilidad de que las sociedades humanas puedan desenvolverse en paz. No digo sin conflictos, sino en paz entendida como ausencia del intento de oprimir, excluir o aniquilar a una persona o a un grupo de personas en razón de sus creencias, opiniones, intereses o prácticas de vida.

En sentido colectivo, tal posibilidad existe, pero no es realizable a corto plazo, y no tenemos certeza de que lo sea en algún tiempo futuro. Pero hay una buena noticia en medio de esta indeterminación.

Una persona, si toma la decisión, puede vivir de tal manera que el fanatismo y el odio sean imposibles. Y esto es la paz, no como horizonte colectivo situado en la lejanía de la historia y del tiempo, sino como acción personal transformadora que no necesita esperar incontables siglos y milenios para realizarse, se puede lograr ahora con solo renunciar a la desequilibrada pretensión de ser dueño de la verdad absoluta.

La paz no es una conquista territorial, económica, política, ideológica o militar; no es una negociación, un acuerdo, un objetivo; no es una religión, una Iglesia, un partido político, un Estado, un gobierno o una misión salvadora universal.

La paz es usted, es cada persona, cuando vive sin odio ni fanatismo.

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