Opinión

EDITORIAL

Guerra en la capital

Actualizado el 19 de septiembre de 2014 a las 12:00 am

Un enfrentamiento entre narcotraficantes capitalinos ha cobrado 17 vidas en los últimos ocho meses

Las armas involucradas son de, al menos, 9 milímetros y, a juzgar por lo sucedido, abundan en manos de los delincuentes

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Un jovencito de 15 años, es decir, un niño, fue acribillado en el apartamento de Tejarcillos donde vivía solo después de abandonar su casa en La Aurora de Alajuelita a consecuencia de serias amenazas recibidas de narcotraficantes de la zona. La Policía no ha dado detalles sobre las causas específicas de la disputa, pero las características del asesinato causan espanto, no solo por la edad de la víctima, sino también por el extraordinario grado de la violencia desplegada por los victimarios.

A plena luz del día, apenas pasadas las tres de la tarde del 15 de setiembre, un grupo de criminales entró en el apartamento y descargó 15 tiros, a juzgar por los casquillos encontrados en el sitio. Diez de ellos dieron en el cuerpo del menor y le quitaron la vida. Eran de grueso calibre: 45 y 9 milímetros. En el apartamento, los investigadores encontraron una escopeta hechiza que, presumen, pertenecía al menor.

En la Costa Rica de nuestros días, un chiquillo de 15 se muda solo a un apartamento para evitar ser víctima de sicarios del narcotráfico y se apertrecha con una escopeta, por si acaso. No obstante, lo encuentran y asesinan con armas de grueso calibre, sin escatimar el número de tiros para asegurar su muerte. Es para ponerse a pensar.

Nueve horas más tarde, el mismo lunes 15 de setiembre, los pasajeros de una moto dispararon 25 balazos contra un automóvil y mataron al chofer, de 28 años, cuyo cuerpo sufrió 15 impactos de bala. El hombre era el blanco de los asesinos, pero una jovencita de 17 años viajaba a su lado y fue alcanzada por cinco balazos. También murió y, según la Policía, no tenía relación alguna con las causas del ataque. Un muchacho de 18 años y otra chica de 17 viajaban en el asiento trasero y también fueron heridos, él de gravedad y ella en una pierna.

Pasaron poco más de doce horas y, de nuevo, un par de motociclistas interceptaron un auto en Tejarcillos de Alajuelita para asesinar a su conductor, un hombre de 24 años, con armas de grueso calibre. Los atacantes percutieron cinco disparos, en plena vía pública, poco después del mediodía del martes. Los investigadores no han dado con los atacantes, pero, cuando consigan identificarlos, no habrá sorpresa si son tan jóvenes como las víctimas.

Los tres fallecidos habían sido vinculados por la Policía con bandas de narcotraficantes que luchan por territorios demarcados en Alajuelita, Desamparados y San José. En total, la guerra ha cobrado 17 vidas en los últimos ocho meses. Ninguna de las víctimas de inicios de semana había llegado a los 30 años, todas radicaban en Alajuelita y murieron en sus inmediaciones. Las armas involucradas en los enfrentamientos son de, al menos, 9 milímetros y, a juzgar por lo sucedido, abundan en manos de los traficantes, así como las municiones. La intervención de las motos y el ensañamiento de los asesinos evocan los ataques de los sicarios de los carteles en Medellín.

No hay tiempo que perder y la reacción estatal no puede limitarse a los actos de policía. Es preciso legislar, especialmente en materia de armas. La Nación informó, el domingo, de la existencia de 450.000 armas de fuego en manos de costarricenses, buenos y malos. La tasa nacional de posesión de armas supera las de El Salvador y Colombia, un dato sorprendente. Hay un arma, legal o ilegal, por cada diez habitantes y la cantidad de delitos cometidos a mano armada se duplicó en solo cuatro años.

El fácil acceso a las armas de fuego alienta las guerras de pandillas, como las responsables de los homicidios recientes, pero también los homicidios causados por la ira momentánea, muchos de ellos en el marco del hogar. En un altísimo porcentaje de casos, el homicida conocía a la víctima. Es preciso fortalecer la legislación para limitar la tenencia de armas. “El país sin ejército aloja medio millón de armas”, rezaba el título de nuestro reportaje del domingo. Es hora de poner fin a la contradicción.

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