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¿Guerra Fría o cálculo frío?

Actualizado el 18 de mayo de 2014 a las 12:00 am

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¿Guerra Fría o cálculo frío?

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NUEVA YORK – Con la escalada de violencia en el sur y el este de Ucrania y ninguna solución a la vista, la crisis ucraniana se ha convertido en el conflicto geopolítico más turbulento del mundo desde el que desataron los atentados terroristas contra Estados Unidos en el 2001. La estrategia de sanciones liderada por Estados Unidos no hará que mermen las tensiones entre Occidente y Rusia, ni apuntalará al tambaleante Gobierno ucraniano pro occidental. Sin embargo, aun con un endurecimiento de las sanciones contra Rusia y una creciente violencia en Ucrania, existen pocas posibilidades de que esté por desatarse la segunda Guerra Fría.

La estrategia estadounidense ha consistido en aumentar las sanciones en respuesta a la agresión rusa, asegurando a la vez que los aliados de Estados Unidos se mantuvieran unidos. En una reciente conferencia de prensa conjunta, el presidente Barack Obama y la canciller alemana, Ángela Merkel, anunciaron un nuevo umbral, más bajo, a partir del cual aplicar sanciones adicionales. Anteriormente, ese umbral era una invasión militar directa por parte de Rusia; ahora, como explicó Merkel, si Rusia perturba las elecciones del 25 de mayo en Ucrania, “resultará inevitable aplicar más sanciones”.

Sin embargo, Merkel y Obama también bajaron la vara para lo que serían esas “sanciones adicionales”. En lugar de lanzar medidas sectoriales de gran envergadura que apunten a vastos sectores de la economía rusa –un gran paso hacia sanciones “al estilo de Irán” contra Rusia–, ahora parece que la próxima ronda solo será incremental. El umbral de las elecciones hace que otra ronda de sanciones sea prácticamente un hecho, pero permite que el ajuste sea más modesto y gradual.

¿Por qué desacelerar la respuesta de las sanciones? Los norteamericanos entienden que, si van demasiado lejos y rápido, Europa romperá públicamente con la estrategia estadounidense, pues los europeos tienen mucho más en juego económicamente. Mientras que Estados Unidos y Rusia tienen una relación comercial muy limitada –por un valor aproximado de $40.000 millones el año pasado, o alrededor del 1% del comercio total de Estados Unidos–, la exposición financiera de Europa a Rusia, así como su dependencia del gas natural ruso, hacen que dude mucho más a la hora de torpedear la relación económica.

Más importante aún: la dependencia de Rusia varía enormemente entre los diferentes miembros de la Unión Europea, lo cual impide una coordinación sustancial –y limita el alineamiento de la UE con Estados Unidos–. Esa es la razón por la cual, cuando se anunciaron las últimas sanciones, los europeos ampliaron modestamente su lista existente –centrada principalmente en autoridades militares y políticas–, mientras que Estados Unidos fue más allá y agregó varias instituciones rusas. Cuando se anunciaron las sanciones, los mercados rusos repuntaron, un indicio claro de que la respuesta de Occidente no cumplió con las expectativas.

De hecho, aunque las sanciones están teniendo un impacto económico real en Rusia (particularmente, al incentivar la fuga de capitales), ajustar aún más los tornillos no cambiará materialmente la toma de decisiones del presidente ruso, Vladimir Putin. La Rusia de Putin tiene demasiado en juego en Ucrania, y las acciones de Putin han resultado abrumadoramente populares en el país.

Sin embargo, aun con una escalada de las tensiones, y sin ninguna esperanza de que Rusia recule, el mundo no se encamina a nada parecido a una nueva Guerra Fría. Para empezar, los intereses de Estados Unidos en Ucrania no justifican enviar tropas al terreno, mientras que Europa se mostró deliberadamente reacia a respaldar la posición diplomática de Estados Unidos.

Es más, Rusia está en un declive a largo plazo. La economía y el presupuesto gubernamental se han vuelto cada vez más dependientes del petróleo y el gas; los 110 rusos más ricos controlan más de un tercio de la riqueza del país; y Rusia es mucho menos capaz, en términos militares, de lo que era en la era soviética, con un presupuesto de defensa que representa aproximadamente un octavo del de Estados Unidos. El panorama demográfico es desalentador, con una población que envejece y una baja tasa de fertilidad.

Para formar un bloque coherente que pudiera oponerse al orden global liderado por Estados Unidos, Rusia necesitaría de amigos poderosos, con los que hoy tristemente no cuenta. Cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas votó sobre la legitimidad de la anexión de Crimea, solo diez países –vecinos en la órbita de Rusia (Armenia y Bielorrusia), países latinoamericanos tradicionalmente solidarios (Bolivia, Nicaragua y Venezuela) y Estados delincuentes (Cuba, Corea del Norte, Zimbabue, Sudán y Siria)– se pusieron del lado de los rusos.

El único país que podría inclinar la balanza y establecer una dinámica de Guerra Fría es China. Pero los chinos se han mostrado absolutamente reticentes a elegir entre uno u otro bando, ya que pueden beneficiarse comprando más exportaciones de energía rusas y aprovechando las nuevas oportunidades que se generen cuando las firmas occidentales tengan más pruritos para hacer negocios en Rusia.

China puede recoger esos beneficios sin enfadar a sus principales socios comerciales, la UE y Estados Unidos. Y China está renuente a respaldar un esfuerzo ruso para crear confusión dentro de las fronteras de Ucrania, dado que sus propias provincias inquietas, como Xinjiang y Tíbet, podrían aprender la lección equivocada del antecedente ucraniano.

De manera que la buena noticia es que no estamos avanzando hacia ningún tipo de guerra global, ni fría ni caliente. Pero las consecuencias de una política occidental desacertada se están volviendo más evidentes. Estados Unidos no puede aislar exitosamente a Rusia por no adherir al derecho internacional y apropiarse del territorio de otro Estado. Si bien otros países emergentes importantes tal vez no estén encolumnados detrás de Rusia, no suscriben la estrategia estadounidense. Presionar por sanciones más duras conducirá a una ruptura con Europa, a la vez que, económicamente, empujaría a Rusia aún más hacia China.

Mientras tanto, el Gobierno ucraniano está en riesgo: carece de la capacidad militar para frenar a las fuerzas separatistas en el sur y el este, pero enfrentará una creciente presión doméstica e ilegitimidad, si no hace nada.

El mejor camino hacia adelante para Estados Unidos es ofrecerle más zanahorias a Ucrania, en lugar de más palos a Rusia. Hasta ahora, Estados Unidos ha ofrecido $1.000 millones en garantías de crédito, lo cual es demasiado poco. El incipiente Gobierno pro occidental pierde terreno a diario a manos de Rusia; Occidente debería centrarse en apoyarlo.

La conferencia de prensa de Obama y Merkel fue simbólicamente útil para establecer un frente unido de cara a Rusia, a pesar del evidente desacuerdo de los dos mandatarios respecto de cómo –y cuánto– castigar al Kremlin. Pero respaldar al Gobierno ucraniano y hacer algo en lugar de solo hablar –aun cuando Ucrania desaparezca de los titulares y surjan nuevas crisis– es más importante para los intereses estadounidenses y europeos, y representa un camino más viable de aquí en adelante para ambos lados.

Ian Bremmer es presidente del Eurasia Group y autor de Every Nation for Itself: Winners and Losers in a G-Zero World. © Project Syndicate.

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