Opinión

Sobre Grecia y Costa Rica

Actualizado el 04 de diciembre de 2013 a las 12:00 am

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Sobre Grecia y Costa Rica

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“Estamos cada vez más cerca de ser la Grecia centroamericana”. Con este título, el pasado 26 de agosto, El Financiero publicó un artículo de Juan Carlos Hidalgo, en el cual se analiza la grave situación de la deuda pública de Costa Rica.

Las causas de la crisis de Grecia (así como la de Italia, España, Portugal) tienen sus orígenes en manejos políticos y económicos similares a los de nuestro país. Los artículos especializados en la materia son escritos para ser comprendidos por especialistas; yo prefiero, en lenguaje cotidiano y de manera muy resumida, sintetizar lo que está ocurriendo en ese país europeo y las enseñanzas que deberíamos sacar para Costa Rica.

Durante décadas, los Gobiernos de turno en Grecia pretendieron resolver todos los problemas de la sociedad, mediante la creación de numerosas instituciones públicas. Junto al crecimiento institucional desarticulado y carente de toda planificación, vino el incremento de funcionarios, salarios; pluses salariales, pensiones, vacaciones, incapacidades, trámites, firmas, vistos buenos, formularios; así como la reducción de días laborales, horarios, edad para jubilarse, productividad, eficiencia, etc.

Las inexorables e implacables leyes de la economía han demostrado, hasta la saciedad, a través de la historia, tanto para socialistas como para capitalistas, que no hay almuerzo gratis.

Costos insostenibles. Para financiar el costo de una administración pública cada día más onerosa, se recurre a impuestos y empréstitos. Esto redunda en un incremento en los costos de producción de los artículos y los servicios, que ese país trata de venderle al resto del mundo; es decir, disminuye la “competitividad”.

Hasta aquí, lo actuado por los Gobiernos de Grecia y lo ocurrido en nuestro país presentan una gran semejanza.

La diferencia es que Grecia utiliza como moneda el euro, sobre el cual no tiene control; es decir, no puede emitir euros, y todos los beneficios otorgados a la enorme burocracia se deben pagar en esa moneda.

Para poder contar con euros y seguir manteniendo ese sector público cada día más grande y caro, las empresas deben exportar bienes y servicios, a cambio de monedas convertibles, en una cantidad que le permita al país continuar funcionando. Como esto no es posible, por la pérdida de competitividad señalada, los gobiernos y las empresas recurren a los empréstitos, que generan intereses y plazos de amortización y llega la hora en que no es posible continuar la fiesta.

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A Grecia solo le quedan dos opciones: 1) dramática reducción del sector público, o 2) salirse de la “zona euro” y emitir su propia moneda. La primera opción es poco viable porque los funcionarios que se benefician de la situación actual no permiten esa vía. Vemos todos los días, paros y huelgas en los servicios públicos, como ocurre, también, en España, Italia y Portugal.

En estos momentos se prevé que los grupos de izquierda puedan ganar las próximas elecciones, bajo el mandato de retirar a Grecia de la eurozona y volver al dragma. Esta posibilidad es para los analistas sumamente complicada y de consecuencias económicas y sociales graves.

El Gobierno podrá pagar a sus funcionarios en dragmas, cuyo valor irremediablemente será cada día menor y, de esa forma, la inflación se hará cargo de aumentar los precios de todos los bienes y servicios y, con ello, reducir, al menos en forma transitoria, el costo real del sector público.

Grupos desfavorecidos. El problema con la inflación (aumento de los precios) es que los grupos sociales más afectados siempre son los más pobres. Esto ha sido así porque los funcionarios públicos y los empleados del sector privado que aparecen en nóminas formales, siempre logran, poco a poco, mediante, leyes, decretos, negociaciones, convenciones o mecanismos de presión, como los paros y las huelgas, restituir el valor de sus beneficios.

Los grupos más desfavorecidos de la sociedad deben afrontar la subida diaria de los precios de los bienes y servicios requeridos para su supervivencia. Como en su mayoría pertenecen a la llamada “economía informal”, no cuentan con mecanismos de presión, ni sindicatos, ni organizaciones, ni partidos políticos que aboguen realmente por ellos. Al final, son los que pagan los desafueros de los grupos dominantes, afrontando un costo de vida cada día más alto, sin poder recuperar el valor de sus ingresos.

Costa Rica, en particular, y en general América Latina, por décadas ha recurrido al mecanismo del aumento de precios. El mecanismo de la inflación tiene la ventaja de ser apreciado y estimulado por los grupos de izquierda y las cúpulas sindicales, al promover siempre más puestos en el sector público, mejores salarios y mayores privilegios, sin respaldo económico y sin importarles que, al final, los efectos más perniciosos, los sufren los más desposeídos.

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Por eso no es casual la permanente y siempre creciente miseria extrema en nuestros países, como lo denuncia Juan Carlos Hidalgo.

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