Opinión

El Gobierno y la nación

Actualizado el 18 de marzo de 2015 a las 12:00 am

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Un gobierno mediocre no implica la mediocridad de la nación regida por él. La calidad de la nación puede medirse por su cultura y por su desarrollo social y económico.

La cultura de un pueblo no depende de un ministerio, sino de la actividad creadora de sus artistas, maestros, científicos, escritores y trabajadores especializados en las diversas ramas de la producción industrial y agrícola.

Los gobernantes no requieren encontrarse a la vanguardia de la cultura, y, en ocasiones, suelen elegirse por “descontento contra” más que por el “deseo de”.

Si un pueblo se identifica con la propiedad de su cultura y su economía, sus deseos posiblemente se definan en relación con un mayor desarrollo social, por una vida más plena y dinámica. En este caso, el deseo de mejoramiento no incluye el cambio sino en el sentido de mayores oportunidades de realización.

¿Qué suponía el deseo de cambio en la anterior campaña política? La sustitución de una tradición política lamentable, incapaz de resolver los crónicos problemas nacionales y carcomida por la corrupción, por la posibilidad de un partido o bien un equipo de hombres que representasen las exigencias ciudadanas. Eficacia, visión, conocimiento, honradez, entrega, trabajo, en todas las instituciones patrias.

Si fue un miserable intento político debilitar y destruir instituciones tan importantes como la Caja Costarricense de Seguro Social y el Instituto Costarricense de Electricidad, un gobierno nuevo debía abocarse a su fortalecimiento y perfeccionamiento.

Y así con todo lo que necesita corregirse: la infraestructura vial, los destartalados edificios escolares, la delincuencia desatada, la pobreza extrema, la violencia rampante, el caos del tráfico diario, entre otras calamidades.

Si observamos la conducta de los gobernantes elegidos y los llamados a colaborar en las principales oficinas gubernamentales, nos invade una desilusión tremenda. Todo son quejas y excusas, promesas, actos contradictorios y, en la oposición, el cinismo de querer volver al poder por parte de quienes en sus días no hicieron sino daño.

El periodismo nacional debe mantener una crítica rigurosa y veraz del mal desempeño de los políticos. Los buenos logros se exhiben por sí mismos. Esas exageradas posturas frente a los errores morales de tal o cual individuo no eximen la ausencia de ideas e iniciativas con respecto a lo que necesitamos que se corrija.

El tiempo pasa y junto con la desilusión se asientan sentimientos de fuerte impotencia, gran disgusto y, paradójicamente, una mayor marginación popular del quehacer político.

Mientras tanto, los jerarcas parecen, como siempre, envueltos en una nube de autocomplacencia y distanciamiento de la vida ciudadana. Van y vienen como si todo marchara maravillosamente y las críticas en su contra se deben a la mala voluntad de quienes no admiran sus rutilantes logros.

Pero de la situación real de la nación, no poseen ni una fragmentaria noción, mucho menos una idea de un buen cambio.

El pueblo se contenta inmensamente con el triunfo de los futbolistas costarricenses en el extranjero. Que así ocurra es bueno, puesto que esa alegría es parte de una palpitación común de la nación. Pero, así como un buen deportista debe su triunfo a su tenacidad, voluntad y trabajo cotidianos, junto con el buen desempeño de sus entrenadores y compañeros, lo mismo cabría esperar de quienes no tienen que jugarse su físico en cada contienda, sino, a lo sumo, un mínimo esfuerzo cerebral.

El autor es filósofo.

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