Opinión

Giro en defensa de los ciudadanos

Actualizado el 25 de marzo de 2015 a las 12:00 am

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Nuestro país puede encauzar los asuntos sociales, económicos y políticos fundamentales de forma virtuosa, si rompemos el perverso círculo de empobrecimiento que amplía la desigualdad e impide el desarrollo.

Debemos nivelar la cancha para que las pymes puedan competir contra las mayorías que controlan las industrias del país y asegurar la representación de los ciudadanos en los entes que regulan los servicios básicos.

Círculo de empobrecimiento. Existen muchas prácticas y leyes que afectan la competitividad del país y que promueven un círculo de empobrecimiento sin fin. Uno de los muchos casos, el del arroz, fue expuesto en un editorial de La Nación que detallaba cómo los pobres “subsidian”, por medio de precios excesivos, con más de $100 millones anuales a seis empresas que cartelizan la industria, con grave daño social.

Esto produce dos consecuencias económicas aún más graves, que generan un perverso círculo sin fin.

Una, que el altísimo precio de los alimentos básicos impide que las pymes agroalimentarias –que emplean cerca de una cuarta parte de la fuerza laboral– puedan exportar. Otra, que los empresas que controlan la industria acaparan los créditos bancarios al tener márgenes de récord mundial y leyes que los protegen de la competencia, a pesar de que gran parte de estos fondos fueron gestionados para “desarrollo”.

Tenemos las condiciones. Enfrentamos una disyuntiva. Si no cambiamos, será cada vez mas difícil corregir el atraso del país. Si cambiamos, un círculo económico virtuoso generará prosperidad para todos los ciudadanos.

El segmento más pobre del país mejorará su nivel de vida al tener alimentos, productos y servicios más baratos, y la principal fuerza laboral podrá competir y exportar, generando más empleo y riqueza para todos.

Dichosamente, tenemos las bases para el cambio. Tenemos las instituciones que velan por los intereses de los ciudadanos –la Defensoría de los Habitantes y la Comisión de Defensa del Consumidor, entre otras–, las cuales deben dejar de ser irrelevantes y actuar en dos frentes. Deben mostrar de forma transparente los abusos existentes en leyes y prácticas en diferentes industrias, y promover consenso y gestionar cambios, los cuales se deben hacer con justicia.

Adicionalmente, esas instituciones deben obtener representación mayoritaria en los consejos, superintendencias y otras entidades reguladoras que hoy actúan de forma contraria al propósito de su creación, en contubernio con los regulados, asegurándoles precios excesivos en todos los servicios, intentando ampliar la brecha digital con tarifas variables por transmisión de datos, duplicando primas de seguro médico, impidiendo a los hogares generar y vender electricidad, formalizando concesiones de obra pública leoninas, y sobretodo, en la banca, permitiendo que fondos del extranjero gestionados para desarrollo se canalicen a las empresas dominantes a través de la banca comercial, lo cual perpetúa el círculo empobrecedor acá descrito.

En cuanto a los grandes bancos del Estado, en el pasado fueron importantes generadores de desarrollo, pero se sienten amarrados por regulaciones absurdas que hoy más que nunca quieren cambiar. La mayoría de los banqueros tienen claro que hoy en vez de desarrollo producen lo contrario: pobreza y concentración de riqueza.

El proceso mecánico de análisis de crédito impuesto por los reguladores asegura cero riesgo –a pesar de que cobran intereses de récord mundial contra toda lógica económica– y, a la vez, cero innovación, cero movilidad social y cero desarrollo. Este es el alimento del círculo empobrecedor acá mencionado, y es inadecuado para el manejo de los fondos captados en el país y totalmente inaceptable para el manejo de fondos de desarrollo que provienen del extranjero.

Creo que el país podría iniciar un virtuoso círculo de crecimiento, desarrollo y reducción de brecha social si aseguramos que los entes reguladores sean dirigidos por verdaderos representantes de los ciudadanos, e impedimos que los fondos para desarrollo provenientes del extranjero fluyan por la banca comercial. Así crearíamos una verdadera banca de desarrollo sujeta a nuevas regulaciones que permitan tomar riesgos razonables, y esta banca puede nacer desde dentro de la misma banca comercial.

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