Opinión

Fukuyama en Costa Rica

Actualizado el 28 de septiembre de 2014 a las 12:00 am

Su análisis sobre la decadencia política en EE. UU. debe resonar aquí

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Fukuyama en Costa Rica

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Hace tres años, en el primer tomo de su erudita obra Los orígenes del orden político , el historiador estadounidense Francis Fukuyama recordó que la decadencia de los sistemas políticos ocurre cuando sus instituciones “fallan en adaptarse a circunstancias cambiantes”.

Su libro analizó con meticulosidad y lucidez el desarrollo de las formas de organización y poder desde los clanes y las sociedades tribales hasta la Revolución francesa. Afincado en un sólido cúmulo de evidencias, alertó sobre la inercia institucional que prevalece en muchas sociedades y la inexistencia de “mecanismos automáticos” de adaptación a sus nuevas realidades y desafíos.

En ausencia de decisiones deliberadas y bien orientadas de cambio y adaptación, las estructuras institucionales se vuelven disfuncionales, con resultados variables: desde convertirse en una pesada carga para el resto del sistema, hasta conducir a su deterioro y eventual colapso.

De este fenómeno no se salva ninguna forma de organización política, incluida la democracia. Aunque, en esencia, es más dinámica, su vigencia depende del adecuado equilibrio entre un Estado fuerte y eficaz, el respeto al imperio de la ley y mecanismos adecuados para la rendición de cuentas. Si estos factores se deterioran, distorsionan o fallan, la legitimidad democrática misma puede verse en entredicho y la decadencia convertirse en crisis.

Euforia y pesimismo. Esta visión matizada sobre el futuro democrático dista mucho del triunfalismo que animó, hace 25 años, un célebre artículo de Fukuyama, en el que, con gran imaginación retórica, anunció el “fin de la historia” y el inevitable triunfo global de la democracia liberal capitalista.

Entonces, el colapso del totalitarismo marxista estaba fresco; el clamor por libertad y mercado de los pueblos recién liberados era generalizado y enérgico, y ya se asomaba la posibilidad de un orden mundial unipolar, dominado por Estados Unidos y los valores, instituciones y modelo económico que representa.

La realidad, sin embargo, demostró muy pronto ser más compleja que la elegante simpleza de un modelo determinista de interpretación histórica como el de Fukuyama, quien de héroe intelectual para muchos pasó pronto a ser sistemático blanco de críticas para la mayoría.

Hechos como los atentados del 11 de setiembre del 2001, las invasiones de Afganistán e Irak, la crisis financiera del 2008, el ascenso de China, el virtual fracaso de la “Primavera Árabe” –a excepción de Túnez– y la polarización creciente de la política en Washington abrieron paso a las dudas y el pesimismo.

Con Los orígenes del orden político , en el 2011, Fukuyama no solo logró recuperar prestigio por su bagaje, solidez y agudeza como historiador y politólogo; también, y más allá de su profundo análisis acerca de la evolución milenaria de los sistemas de gobierno y organización social, dedicó importantes reflexiones sobre por qué las democracias pueden fracasar. Concluyó que se trata de “fallas de ejecución”, no del sistema.

Mucho del debate actual en el seno de las élites políticas, económicas e intelectuales de Estados Unidos gira, precisamente, en torno a la capacidad de sus actores e instituciones para abordar con suficiente visión, oportunidad, músculo y eficacia los enormes desafíos de su país, tanto a escala nacional como global. La gran confianza de hace poco más de dos décadas ha dado paso a cuestionamientos constantes y a intensas dosis de pesimismo.

Orden y decadencia. En este clima intelectual, y a 25 años de su célebre artículo, el momento ha sido propicio para el lanzamiento, hace pocas semanas, de Orden político y decadencia política, segunda y última entrega de la magna obra de Fukuyama. Estuvo precedida por un ensayo en la revista Foreign Affairs, adaptado de uno de sus capítulos, con el provocador título “América en decadencia: las fuentes de la disfuncionalidad política”.

Cuando leí el primero de los dos tomos de su ambicioso y bien logrado proyecto, fue inevitable que refiriera a Costa Rica sus reflexiones sobre los perjuicios generados por la perezosa inercia de las instituciones, su captura por grupos de interés, la confusión de sus mandatos originales y su distanciamiento de las necesidades nacionales. Esta resonancia es aún más clara a partir de su reciente ensayo.

Para introducir su argumentación, Fukuyama comienza analizando la evolución del Servicio Forestal de Estados Unidos. En sus inicios, hace más de cien años, fue “el prototipo de un nuevo modelo de burocracia asentada en el mérito”, con un claro enfoque y, por tanto, una depurada noción de costo-beneficio. “El problema comenzó –escribe– cuando una única misión departamental fue desplazada por otras múltiples y potencialmente conflictivas”. Entonces se perdió el rumbo y la institución se volvió obesa y disfuncional.

El 8 de setiembre, pocos días después de que Foreign Affairs publicara el ensayo, La Nación publicó una entrevista con nuestro ministro del Ambiente, Édgar Gutiérrez, quien definió en estos términos el problema general de su cartera: “Al no haber un solo foco de visualización de lo que nos corresponde hacer por ley, entonces hay una atomización de iniciativas y proyectos, al punto de que se han identificado conflictos internos entre competencias”.

Esta sorprendente similitud de percepciones no es casual. Está generada por dinámicas institucionales igualmente distorsionadas en ambos países, con una diferencia: el Minae tiene muchos menos años de existir, es decir, su confusión y deterioro han sido más acelerados.

Lo mismo podría decirse de muchos otros ministerios e instituciones nacionales. Recordemos, por ejemplo, el carácter de juez y parte que, por décadas, tuvo el ICE sobre generación y telecomunicaciones, la fragmentación de Obras Públicas y Transportes, o la acumulación de control sobre control a lo largo de nuestra Administración Pública, que diluye la necesaria ecuación de autoridad-responsabilidad en sus jerarcas y, por tanto, desestimula las iniciativas y, por supuesto, el cambio creativo.

Efectos y ¿soluciones? Fukuyama dedica una amplia porción de su texto a desentrañar los efectos de un virtual “empate” entre el Ejecutivo y el Legislativo estadounidenses, su exacerbamiento por la confrontación partidarista y la excesiva “judicialización” de decisiones que, en modelos de gestión democrática más concentrados –como el Reino Unido–, corresponderían a órganos políticos. Todo esto, a la vez, ha conducido a una creciente influencia de los intereses particulares y sectoriales en la orientación de las decisiones, y a su alejamiento del bien común.

La médula de su argumentación la resume este párrafo, que podríamos trasladar, palabra por palabra, a nuestra realidad:

“Ambos fenómenos –la judicialización de la administración y la extensión de la influencia de los grupos de interés– tienden a minar la confianza de la gente en el Gobierno. La desconfianza, entonces, se autoalimenta y perpetúa. La desconfianza en las agencias ejecutivas conduce a demandas de mayores controles legales sobre su administración, lo cual reduce la calidad y eficacia del Gobierno. A la vez, la demanda por servicios gubernamentales induce al Congreso a imponer nuevos mandatos al Ejecutivo, los cuales a menudo resulta difícil, si no imposible, cumplir. Ambos procesos llevan a una reducción en la autonomía de la burocracia, que a su vez conduce a un gobierno amarrado por las reglas, incoherente y sin creatividad. El resultado es una crisis de representación, en la cual el ciudadano común siente que su Gobierno presuntamente democrático ya no refleja verdaderamente sus intereses y está bajo el control de opacas élites. Lo peculiar de este fenómeno es que la crisis de representación ha ocurrido, en gran parte, por reformas diseñadas para hacer al sistema más democrático”.

¡Bienvenido a Costa Rica, doctor Fukuyama!

¿Cómo corregir esta peligrosa tendencia? Su visión dista del optimismo. Aunque muchos actores políticos estadounidenses reconocen que el sistema no está trabajando bien, “tienen fuertes intereses en mantener las cosas como están” y son incapaces de actuar en otro sentido. Como aparente solución han optado por “aumentar la participación democrática y la transparencia”, pero estas iniciativas, lejos de incidir en un mayor y mejor involucramiento de los ciudadanos, “han pavimentado el camino para que grupos de activistas bien organizados acrecienten su poder”. De este modo, la política se hace más sectorial; sus disfuncionalidades, mayores.

Fukuyama cierra su ensayo con una angustiante conclusión:

“El deprimente balance es que, debido a lo mucho que se autorrefuerza la enfermedad política del país, y a cuán improbables son los prospectos para una reforma incremental constructiva, la decadencia de la política estadounidense probablemente continuará hasta que algún shock externo logre catalizar una verdadera coalición reformista y galvanizarla hacia la acción”.

Aguardar al desastre para actuar es la antítesis de la responsabilidad política y ciudadana.

Si en Costa Rica, como en Estados Unidos, los diagnósticos son claros, la clave del cambio está en los liderazgos que generen acuerdos, para que luego se transformen en estrategias y estas conduzcan a decisiones legítimas y a una acción transformadora. En el camino habrá que sobreponerse a una serie de poderosos intereses creados, en el seno de las instituciones, los poderes, los partidos, los gremios y la sociedad. La tarea es en extremo difícil. Por algo aún no se ha hecho; por algo debe emprenderse lo antes posible.

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