Opinión

Frontera constitucional de la bioética

Actualizado el 28 de julio de 2013 a las 12:02 am

La más revolucionaria conquista del hombre es el principio de la dignidad humana

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Frontera constitucional de la bioética

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En días recientes este diario ofreció una primicia que ha pasado injustamente inadvertida, cuando anunció que la Fiscalía de la República investiga la muerte de una mujer que fue sometida a estudio clínico, al tiempo que informó que actualmente no existe en Costa Rica ley alguna que regule las investigaciones médicas en seres humanos.

Mercadeo de la vida. Hechos como el escándalo de los experimentos biomédicos realizados en la década de 1960 en Willowbrook, Nueva York –en donde intencionalmente se inoculó hepatitis a niños con deficiencias mentales–, o el inaudito mercadeo de la vida que estamos viendo hoy en la actual sociedad de consumo laicista, en donde –por dinero–, profesionales de la ciencia hacen todo tipo de caprichosas prácticas con genes, óvulos, embriones, y fetos, nos recuerda que Costa Rica debe de establecer cuidadosamente lo que debemos entender por bioética, y cuales son los parámetros de constitucionalidad en esa materia. Y debemos hacerlo cuanto antes, porque Costa Rica merece avanzar en materia de investigación médica. Pero debe hacerlo dentro del marco bioético correcto, pues en esta materia existen serios intereses creados.

Versión perversa de la bioética. Correctamente entendida, la bioética es la conciencia crítica de la civilización tecnológica. Pero del concepto de la bioética, se ha entronizado una versión perversa. Tal devaluada versión, proviene de lo que George E. Moore definió como la falacia naturalista, la cual pretende imponer una gran división entre el ámbito de los hechos naturales y el de los valores morales. Para los cultores de esta corriente –que tiene una primera inspiración en las ideas de David Hume del siglo XVIII–, los valores y las normas morales son simples supuestos que dan lugar a juicios prescriptivos que no se pueden demostrar. Esta es la base lógica que da fundamento a una bioética ilegítima, la cual se está entronizando en Occidente.

Renuncia a la verdad. Para esta versión, los valores supremos son simples objetos de la libertad de conciencia de cada quien. La lógica de esta filosofía es la siguiente: al no ser los valores teoremas demostrados ni axiomas autoevidentes, estos deben ser desechados. Henry Poincaré resumía la ley de Hume con una implacable sentencia: “en la ciencia, la moral no debe existir”. Hijos de esta corriente filosófica, son los modelos utilitaristas y subjetivistas que se pretenden imponer como modelos “bioéticos”. El denominador común de estos modelos es la renuncia a la existencia de la verdad moral, sustituyéndola por una parte, en el simple cálculo de las consecuencias del hecho con base en la relación costo-beneficio, y por otra, mediante un proceso de ideologización de las mayorías, hasta el punto de imponerle a las sociedades la aceptación de cualquier práctica médica que sea considere “útil”. Tal como sucedió en el facismo. Pero una bioética desligada de los valores absolutos es una perversión. Debe advertirse que la intención de las antropologías biologistas de reducir lo humano a lo puramente zoológico, no es un proyecto científico, sino ideológico.

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¿Qué es la dignidad humana? Así pues –en materia bioética–, Costa Rica se debate hoy entre dos caminos. En temas como el de la defensa de la vida, la manipulación genética, la reproducción asistida, el aborto, la eugenesia, la eutanasia y la investigación médica en seres humanos, debemos decidir si escogemos el camino de un genuino modelo bioético centrado en el principio de dignidad humana –resguardado por los artículos 20, 21 y 33 de nuestra Constitución Política–, o hundirnos en un peligroso utilitarismo.

Ahora bien, de aquí surge una cuestión constitucional de importancia mayor. De conformidad con el sistema de valores que permitieron forjar el constitucionalismo occidental, ¿qué debemos entender por dignidad humana? En esta era de materialismo laicista he escuchado la pregunta acerca de ¿cuál es la más grande conquista de la humanidad? Usualmente se responde apuntando a los consabidos logros materiales del hombre, como lo es la llegada a la luna, el descubrimiento de América o el de la teoría de la relatividad. Pero no es ninguna de estas. Nuestra más grande revolución no es de orden material, y no es un logro de la era moderna, sino de la Antigua. La más revolucionaria conquista de la humanidad es el principio de la dignidad humana y –tal y como nos recuerda José Antonio Marina–, este es un concepto de orden estrictamente espiritual.

El principio de la dignidad humana –que es el fundamento de los derechos humanos y constitucionales–, surge de la convicción espiritual de que todos los hombres hemos sido creados y de que tal creación ha sido a imagen y semejanza de un Ser ético. Un principio estrictamente espiritual. Por esta razón resulta absurda la intolerante exigencia de algunos activistas, que pretenden que en temas neurálgicos para nuestro futuro –como es el de la bioética–, la voz de la iglesia sea amordazada y proscrita de la discusión.

Materialismo laicista. Por el contrario, en este tema, la amenaza de fondo la ofrece el materialismo laicista –y léase bien que no he afirmado laico sino laicista– porque despoja a la dignidad humana de su esencia y origen estrictamente espiritual. Lo desnaturaliza de esa esencia y lo sustituye con un moralismo secular que alcanza para todos los deseos y caprichos que se quieran asumir. Usted pida y se le elaboran valores morales a la medida de su deseo. Si lo que se desea es imponer una dictadura, o provocar una sociedad de consumo desbocada, se puede construir un sistema moral secular que sea el conveniente para imponer cualquier deseo que impere. En fin, vaciándolo de su esencia espiritual –e imponiendo la dictadura del relativismo–, podemos escoger de un amplio espectro de sistemas morales y dará igual. Todos valdrán lo mismo. La frontera constitucional de la bioética nos recuerda que la sociedad tiene como punto de referencia a la persona humana, que es el fin y el origen de aquella. Frente a toda reflexión racional –aun una sanamente laica–, la persona humana es fin y no medio. El ser humano es realidad que trasciende consideraciones de tipo económico, jurídico o histórico.

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Por ello suscribo las palabras que afirmó con inmejorable audacia Elio Sgreccia. Por ser la persona ante todo un ser espiritual, es que ella vale por lo que es y no tanto por las opciones que decida, pues en toda elección la persona compromete lo que ella es, su existencia y su esencia, su cuerpo y su espíritu; en toda elección no solo se ejecuta el ejercicio de elegir, sino también el contexto de esa facultad, un fin, unos medios y unos valores.

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