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Fernando Zamora: El espíritu de la democracia

Actualizado el 24 de mayo de 2015 a las 12:00 am

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Fernando Zamora: El espíritu de la democracia

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Si partimos de lo que representa para la historia humana la democracia, es un sistema de organización política muy novedoso, tanto que la mayoría de los actuales habitantes de las sociedades contemporáneas no disfrutan de ella.

De hecho, solo en Occidente se ejerce la democracia con la intensidad necesaria para que sea vivencia. Esto es así pues –parafraseando a Habermas– solo nuestro hemisferio es hijo de esa simbiosis entre Jerusalén y Atenas.

En otras palabras, el surgimiento de la democracia fue un embrión fecundado por dos grandes sistemas de valores: por una parte, la tradición jurídico-política grecorromana y, por otra, los valores de la espiritualidad judeocristiana.

Por el contrario, tanto el Oriente musulmán como los pueblos del extremo Oriente, desde siempre, se han alimentado de una cosmovisión espiritual y jurídico-política radicalmente diferente, que no ha permitido aún esa vivencia tan occidental de la democracia. Por ello, en tanto la democracia siga siendo un concepto tan novedoso e incomprendido para la gran mayoría de los habitantes del planeta, reflexionar sobre ella es una obligación vigente para quienes la disfrutamos.

Lectura imprescindible. Editada por la UACA en 1986 bajo la colección “Clásicos de la democracia”, he releído mi vieja edición en dos tomos de La democracia en América, obra cumbre de Alexis de Tocqueville. Para quienes el constitucionalismo es una vocación de vida –como es mi caso–, la obra es de lectura imprescindible.

Retrata los orígenes de la democracia estadounidense, que hasta hoy es una de las democracias más representativas de la historia universal.

Cuando Tocqueville, aristócrata francés, arriba a los Estados Unidos del Siglo XIX, los suyos ya habían sufrido en carne propia los horrores del terror jacobino durante la Revolución francesa. Y su experiencia con la democracia americana lo hace confrontar la propia realidad de su nación, Francia, presa de un proceso derivado de los odios surgidos a raíz de las profundas desigualdades que dicha sociedad vivía.

La de los franceses era una realidad absolutamente antagónica a la que entonces vivían los estadounidenses. Mientras la desigualdad francesa fue el germen de una revolución que sentó las primeras bases de lo que posteriormente derivaría en el materialismo marxista, el proceso democrático estadounidense, en cambio, surge a partir de la consolidación de una sociedad de emprendedores.

País de emprendedores. Es que, esencialmente, la sociedad estadounidense en sus orígenes fue eso: una comunidad de emprendedores. Sin duda lo que desde la Constitución estadounidense y sus enmiendas procuraron sus fundadores fue establecer las condiciones que permitieran a sus ciudadanos realizar emprendimientos.

La libertad fue la piedra angular que cimentó el edificio de sus valores jurídico-políticos. No por casualidad a Tocqueville le resultó fascinante descubrir que los estadounidenses que conoció en su periplo no se saludaban con el tradicional “¿cómo está usted?”, sino con un “¿qué tal la empresa?”.

El emprendimiento, el ideal empresarial o corporativo y la iniciativa individual eran el denominador común de una sociedad en la que la movilidad social y el éxito de los individuos dependía del grado de eficiencia y capacidad que tenían como emprendedores.

Fundamentos comunes. Por ejemplo, desde el contexto de la realidad latinoamericana se ha insistido mucho en que la sociedad costarricense es un prototipo ideal a seguir respecto de lo que debe ser la democracia latinoamericana.

Y si ensayamos un paralelismo histórico, ningún historiador debería escandalizarse si afirmo que, en alguna medida, la sociedad costarricense tuvo fundamentos comunes con la estadounidense.

Primeramente, el hecho de que, en sus orígenes, más que de conquistadores ambas fueron sociedades de colonizadores. En común, además, que tales colonizadores abrazaban una raíz cultural judeocristiana.

Esto último les agregaba tres mil años de cultura, una gran consciencia de su libertad individual y fundamento en sus valores, pues tanto los colonos costarricenses –en buena medida sefarditas– como los de Estados Unidos eran judeocristianos que venían huyendo de los autoritarismos políticos de Europa.

En palabras del mismo Tocqueville, “importaron al nuevo mundo un cristianismo republicano y democrático”.

Finalmente, otra característica común es que ambas sociedades de colonos se asentaron en territorios escasamente poblados. Esto permitió que, inicialmente, los grados de desigualdad fuesen menores.

Mientras en Francia gavillas de exaltados intentaban “decretar” el mejoramiento de las condiciones de vida por la vía de la violencia, en sentido inverso, la sociedad estadounidense lo lograba a partir de condiciones que sí son fórmula para el surgimiento de la democracia; posibilidades de ascenso social similares para sus habitantes, respeto a la propiedad; un régimen de protección a las libertades básicas; y, sobre todo, una cultura cimentada en valores que practicaban todas sus capas sociales.

Aunque en las modernas sociedades occidentales estas convicciones nos parezcan unánimemente reconocidas, son una realidad muy lejana para la gran mayoría de los pobladores del planeta que viven en los sistemas surgidos en las culturas autoritarias.

Advertencia. Ahora bien, una de las grandes advertencias que se extraen de la obra de Tocqueville, precisamente por la cual resultó profeta, fue que, al ser la actividad empresarial el más eficiente ascensor social esto genera la tendencia de que los más conspicuos ciudadanos concentren su energía en la actividad privada, descuidando así la esfera pública.

Para Tocqueville, abandonar a su suerte la actividad política es lo que da puerta abierta tanto a los demagogos como a quienes están mentalmente condicionados por prejuicios y resentimientos sociales.

Por ello, Tocqueville es, más que un relator de la democracia, un premonitor o un atalaya que nos advierte cómo estas se destruyen por el desgano o la apatía de sus ciudadanos. Por ello he sido insistente en que, en el plano del constitucionalismo democrático, el deber de nuestra generación es resistir. Nos lo reclama la consciencia histórica que nos ofrecen millones de inmigrantes que, a través de la historia, debieron huir después de observar cómo se derrumbaron las democracias en las que vivieron.

El autor es abogado constitucionalista.

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