Opinión

Fernando Araya: Igualitarios, anarquistas y liberales

Actualizado el 02 de junio de 2015 a las 12:00 am

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Fernando Araya: Igualitarios, anarquistas y liberales

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Desde muchos siglos antes de la Revolución francesa se observan pensamientos que enfatizan o el principio de la libertad o el de la igualdad.

Ya en el mundo moderno a los primeros se adscriben las hojas del frondoso árbol liberal, y a los segundos las pertenecientes al no menos frondoso árbol del igualitarismo.

Recuérdese, además, que en el tríptico de la Revolución francesa también se encuentra la palabra fraternidad, concepto que lamentablemente no ha merecido atención ni ha permeado los paradigmas socioeconómicos. Téngase presente, por otra parte, que existen movimientos anarquistas, unos derivados del igualitarismo y otros del liberalismo. Igualitarios, anarquistas y liberales tienen en el tema de la fraternidad un desafío común.

Revolución permanente. Dejando el asunto de la fraternidad a un lado, la experiencia histórica arroja un resultado clave en cuanto a la correlación libertad-igualdad. Quienes han enfatizado la igualdad por sobre la libertad no logran la primera y eliminan o debilitan la segunda, es este el caso de los sistemas socioeconómicos centralizados, sin libertades públicas y controlados por políticos, ideológicos y militares que utilizan al Estado y al Gobierno como sus feudos privados.

Los movimientos que, por el contrario, han enfatizado la libertad por sobre la igualdad, alcanzan resultados tangibles en materia de libertades públicas, creación de Estados constitucionales de derecho, vigencia y ampliación de los derechos humanos, diversidad y pluralismo, al tiempo que en el plano económico logran avances significativos como lo refleja la existencia de las clases sociales medias y de diversas formas de propiedad, que van desde las modalidades privadas clásicas hasta empresas cooperativas y de autogestión.

Puede afirmarse, por lo tanto, que la libertad es la única revolución social permanente. No hay cárcel, no hay opresión, no hay esclavitud, no hay dictadura, no hay sistema económico que impida el impacto liberador de la libertad.

En ella cada época encuentra la raíz de su devenir, el hilo conductor de su aventura, el horizonte de sus esperanzas. Es por la libertad que se acerca la hora de la igualdad y se aproxima la plena autogestión de la vida personal y social, razón por la cual el énfasis en la libertad no olvida, y no puede olvidar, aquello que alguna vez, en el lejano siglo IV, alguien dijera de modo lapidario, igualitario y radical: “Qué es el mundo sin justicia, sino una cueva de ladrones”, a lo que agrego, y qué es sin libertad y sin libertades, sino un laberinto para esclavos. Libertad y justicia van de la mano.

Irresistible seducción. La prioridad de la libertad explica la seducción que esta ejerce en el igualitarismo. Cuando este intenta incorporar el principio de la libertad, termina asumiendo perfiles liberales moderados o de liberalismo social.

Así ocurrió, por ejemplo, con la perestroika y la glásnost de Gorbachov y con los partidos políticos eurocomunistas en Italia, Francia, España e Inglaterra, y es también lo que se lee en los libros de algunos igualitarios como Gajo Petrovic, Karel Kosik, Adam Schaff, Alain Finkielkraut, André Glucksmann, Irving Kristol y Lucio Coletti, o lo que se observa en segmentos políticos de América Latina que, al reconciliarse con el principio de la libertad, interiorizan los méritos de las democracias liberales.

Es un hecho teórico-práctico conocido que las cosmovisiones vencidas buscan en otras tradiciones insumos para sobrevivir, y que en muchas de esas búsquedas los insumos encontrados e incorporados son tan decisivos que terminan por transformar al igualitarismo en aquello que otrora criticaba. Por esto es superficial creer que las evoluciones del igualitarismo obedezcan a simples posturas de coyuntura, como suponen, por ejemplo, las opiniones de los “comunistas al revés”, algunos de ellos liberales, para quienes cualquiera que no comulgue con sus ideas es un bolchevique infiltrado en las sociedades democráticas.

Mirar a través de un cristal tan pequeño y monocromático hace imposible comprender los procesos políticos contemporáneos.

Tecnoburocracia y plutocracia. Tanto igualitarios como liberales y anarquistas enfrentan el desafío de desmitificar a la tecnoburocracia político-sindical, academicista y profesionista, promotora de un régimen tributario confiscador y de voluminosos controles administrativos.

Interiorizar lo dicho es el inicio de una liberación, pero limitar el análisis crítico a solo la tecnoburocracia es por completo insuficiente.

Tan decisivo como eso es denunciar los excesos y abusos del poder plutocrático y sus redes de influencia. La tecnoburocracia político-sindical y academicista se conjunta con la plutocracia y forman ambas un solo sistema que excluye a la inmensa mayoría de los seres humanos y usufructúa de la riqueza social.

Esta colusión de tecnoburocracia y plutocracia ha convertido a la democracia, como bien lo señalaba el último Hayek, en la propiedad de los intereses particulares y al político en un administrador de fondos comerciales, razón por la cual conviene formular utopías de recambio con capacidad de relativizar los intereses plutocráticos y tecnoburocráticos.

Hayek sugirió la demarquía (autoridad del pueblo) como utopía de recambio, y en este artículo el horizonte de recambio es el de la unidad libertad-igualdad alcanzada a través de la desmitificación de los intereses tecnoburocráticos y plutocráticos.

Mercados y análisis neoclásico. Una realidad que algunos segmentos del igualitarismo empiezan a investigar con minuciosidad es la de los mercados.

Durante casi doscientos años, el mercado era para ellos algo que debía ser suprimido, pero la experiencia ha mostrado que tal propósito resulta en graves errores económicos y políticos.

Quienes, por el contrario, enfatizan la libertad se han distinguido por estudios sobre la dinámica de los mercados. Es este el caso de Israel Kirzner, Ludwig M. Lachmann y Joseph Schumpeter, entre muchos otros, quienes subrayan en los mercados su condición de sistemas de descubrimiento y generación de conocimientos, experiencias, labores e innovaciones científico-tecnológicas.

Respecto a este tema se sabe que los postulados del modelo de análisis económico neoclásico no expresan las realidades cotidianas. Según ese análisis, existe una coordinación perfecta de los planes económicos individuales, el comportamiento de los agentes que operan en la economía es por completo racional, los agentes económicos poseen información completa sobre los mercados y no existen barreras de entrada a los mercados.

Pero resulta que en los mercados los planes económicos no siempre coinciden ni se coordinan, la información disponible es parcial e incompleta, la acción humana introduce objetivos divergentes, aciertos y errores, y las barreras de entrada a los mercados jerarquizan las oportunidades de los distintos actores sociales.

El mercado, en definitiva, es una realidad social inacabada, no estática sino cambiante, no absoluta, sino mediada con los niveles sociopolíticos y culturales.

Comentario final. Termino con una reflexión de coyuntura. La democracia costarricense está en riesgo de hundirse en los circos de la tecnoburocracia político-sindical y academicista, y de la plutocracia y sus redes.

Ella no puede desarrollarse basándose en los egocentrismos de los grupos de interés y de presión. De algunos igualitarios, anarquistas y liberales cabe esperar propuestas que liberen a la democracia de los intereses que hoy la aprisionan y envilecen.

(*)Fernando Araya es escritor y consultor en administración de negocios, posicionamiento organizacional y gestión de procesos editoriales. Fue coordinador de los Idearios Costarricenses 2000-2001 (UNED) y 2009-2010 (UNA). Sus libros tratan temas filosóficos y socioculturales. Su más reciente publicación se titula “Nietzsche: del nihilismo a la teoría de la creatividad artística”.

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