Opinión

Federico Delgado: Empleo y tecnología

Actualizado el 25 de mayo de 2015 a las 12:00 am

El cambiotecnológico siemprevaría elmercado laboral

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¿Cuál es el futuro del trabajo? ¿Existirán suficientes empleos para la población o se encargará el desarrollo tecnológico de llevarse a una buena parte a la obsolescencia?

En la Inglaterra de 1799, el tejedor Ned Ludd destruyó dos telares en protesta de lo que veía era la inexorable marcha de las rudimentarias máquinas a destruir el modo de empleo de su gremio.

Lo arrestaron y castigaron por sus crímenes, y –de acuerdo con la leyenda popular– después escapó al bosque a vivir la vida de forajido rebelde.

Un par de décadas más tarde, alrededor de 150 obreros inspirados en Ludd se sublevaron y destruyeron maquinaria de punta en una fábrica textil. Consideraban que la tecnología destruía su empleo y su modo de vida. Se autonombraron “luditas”. Su insurrección duró casi tres años y sufrió la ejecución de 19 de sus miembros por actos de rebeldía y vandalismo.

El término “ludita” se ha aplicado desde entonces a la persona o grupos gremiales que muestran aprehensión y rechazo visceral hacia las nuevas tecnologías, al percibirlos como amenazas a sus empleos.

Comúnmente, el término ha acarreado cierto escarnio. Es un precepto básico de la economía que, si bien las nuevas tecnologías desplazan, transforman y hasta destruyen industrias, también abren nuevos mercados, introducen nuevos productos y crean nuevos empleos. Por ello, si bien los ganadores no siempre son los mismos, a más tecnología, más productividad y más empleos en el saldo final.

Revolución latente. La historia de los luditas ha resurgido en popularidad recientemente porque, ante un cambio tecnológico que se vislumbra hacia el próximo siglo, quizás esta vez sea distinto. Es el surgimiento de formas avanzadas de inteligencia artificial y procesos mecanizados controlados por esta (entiéndase robots).

Es un fenómeno desde ya tratado en el mundo público académico, por ejemplo en el Proyecto Hamilton del Centro Brookings bajo un enfoque de política pública, así como por los economistas Seth Benzell, Laurence Kotlikoff, Guillermo LaGuarda y Jeffrey Sachs en la construcción de un modelo econométrico laboral. Es un fenómeno también, con toda sinceridad, que puede parecer ciencia ficción. Pero no lo es.

En los últimos 50 años, la capacidad de procesamiento de las máquinas ha seguido en su mayor parte la tendencia de incremento lineal descrita en la Ley de Moore, y llegó a una planicie hace unos dos años. Lo que ha marcado una diferencia es el incremento exponencial en la última década de nuestra capacidad para programar. Con técnicas como la programación probabilística, por ejemplo, lo que antes tomaba miles de líneas de código, hoy toma decenas.

Estamos produciendo códigos y algoritmos cada vez mejores y más capaces de recopilar, interpretar y usar datos al por mayor para tomar decisiones al por menor. El resultado son máquinas que aprenden exponencialmente buscando patrones. Así funciona la mente humana.

Como lo relató un reciente programa de análisis de la cadena televisiva BBC4, las computadoras ya pueden realizar funciones de pensamiento abstracto. A esto se le agregan ciertos avances ancilares de otras tecnologías, como la impresión 3D por ejemplo, y verdaderamente estamos ante algo inédito en la historia humana: el prospecto de que amplios sectores productivos sean dejados en la obsolescencia.

Transformaciones. Precisamente el artículo de Benzell, Kotlikoff, LaGuarda y Sachs construye modelos del futuro para examinar la potencial irrelevancia productiva de diversos sectores de la población en un mundo cada vez más automatizado. En algunos escenarios casi las únicas profesiones sin amplia afectación son nichos muy específicos, como el clérigo.

Esta “pesadilla ludita” está en capacidad de transformar violentamente algunos de los debates económicos centrales de nuestro tiempo. Considérese, por ejemplo, la tasa demográfica decreciente. Para un observador como Thomas Picketty, en su libro Capital en el Siglo XXI , esto es fatídico para el desarrollo económico. No habrá tecnología que aumente la productividad de la clase media asalariada para compensar la creciente inequidad.

La refutación de Picketty, quizás elaborada de la mejor manera por George Friedman, de la firma Stratfor, es que dicha tendencia demográfica va a resultar en mucho mejor compensación para un segmento importante de esa clase ante la escasez resultante de mano de obra.

Lo que ninguna de las dos partes considera es qué pasará si los avances tecnológicos incrementan la productividad del trabajo a niveles sin precedentes, pero en un esquema donde cada vez minimizan la participación humana.

Entre las resultantes regulaciones y objeciones morales, ni qué decir de distracciones externas de fuerza mayor –de nada sirven las máquinas inteligentes si no controlamos el cambio climático–, la irrelevancia humana propiciada por la tecnología no es un hecho inevitable.

Pero sí es posible y hay evidencia de que nos encaminamos hacia una situación así.

Si esto le suena a pesadilla, ya no es cuestión de descartarle como ludita. Elon Musk, Bill Gates, Stephen Hawking y Steve Wozniak, entre muchos luminarios de la tecnología y la ciencia, han llamado a tomar conciencia de los riesgos que la inteligencia artificial puede representar para la humanidad.

Pero lo ideal es ocuparse, no preocuparse y saber cómo hacerlo. Si usted está leyendo esto, puede estar en relativa tranquilidad de que mañana no va tener un robot quitándole el trabajo. Sus hijos no podrán confiarse tanto, sin embargo, y sus nietos y nietos definitivamente lo van a experimentar. Por eso debemos familiarizarnos con el debate.

También es importante definir cómo queremos posicionarnos para enfrentar el drástico cambio que se aproxima. Eso empieza por algo básico: hay que enseñarles a nuestros hijas, y en especial a nuestros nietos, a hablar el idioma de las máquinas inteligentes.

En otras palabras, que aprender a programar sea tan básico como las cuatro operaciones aritméticas al salir de la escuela.

(*) El autor es analista de riesgo político y finanzas, con un posgrado en Asuntos Internacionales con énfasis en Economía.

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