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Exportar importa

Actualizado el 01 de diciembre de 2015 a las 12:00 am

La economía de mercado nos obliga a preocuparnos de las necesidades de los demás

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CAMBRIDGE – ¿Debería la estrategia de desarrollo de un país prestar atención especial a las exportaciones? Al fin y al cabo, ellas no tienen nada que ver con la satisfacción de las necesidades básicas de la población, tales como educación, atención a la salud, vivienda, energía eléctrica, agua potable, telecomunicaciones, seguridad, recreación y el Estado de derecho. Por lo tanto, ¿por qué dar precedencia a la satisfacción de necesidades de distantes consumidores extranjeros?

Esto, en síntesis, es lo que desean saber muchos opositores al libre comercio y a la globalización económica –y también muchos de tendencia derechista que creen que todas las actividades económicas deben ser tratadas por igual–. Sin embargo, no hay respuestas correctas a preguntas equivocadas. Los gobiernos deberían enfocarse en las exportaciones precisamente porque les importa su población.

Para ver esto, empecemos por considerar en qué consiste la economía de mercado. Hay quienes dicen –entre ellos, el papa Francisco– que es un sistema guiado por la codicia, en el que cada uno se preocupa tan solo de sí mismo.

No obstante, la economía de mercado es un sistema en el que cada uno se gana la vida haciendo cosas por los demás; lo que ganamos depende de la forma en que los otros valorizan lo que hacemos por ellos. La economía de mercado nos obliga a preocuparnos de las necesidades de los demás, puesto que son esas necesidades las que constituyen la fuente de nuestra subsistencia. En cierto sentido, una economía de mercado es un sistema de intercambio de regalos; el dinero meramente lleva la cuenta del valor de los regalos que nos hacemos unos a otros.

Como resultado, la economía de mercado fomenta la especialización: logramos ser muy buenos en un conjunto limitado de habilidades o productos, el que intercambiamos por millones de cosas que no tenemos ni la más remota idea de cómo hacer. Por lo tanto, terminamos haciendo extremadamente pocas cosas y comprándoles a otros todo lo demás.

Esta observación es válida tanto para un individuo como para un lugar, el que puede ser un vecindario, una ciudad, un estado, una provincia o un país. Toda ciudad tiene supermercados, salones de belleza, gasolineras y cines que sirven a la comunidad local. Para los economistas, estas son actividades no transables, porque no se emprenden teniendo en mente a clientes lejanos.

Pero los habitantes de la ciudad también desean acceso a cosas que ninguno de ellos sabe hacer. Por ejemplo, casi ningún pueblo ni ciudad produce alimentos, automóviles, gasolina, medicinas, televisores ni películas. Por eso, es preciso “importar” estos bienes de otros lugares. Para pagar lo que quieren obtener de los forasteros, los citadinos deben venderles a ellos algunas de las cosas que ellos no saben hacer.

Por supuesto que los forasteros tienen la opción de comprarles a otros. Por esto los bienes y servicios que un lugar puede vender a quienes no residen allí, tiene un impacto desproporcionado en su calidad de vida –e incluso en su viabilidad–. Un pueblo minero pasa a ser un pueblo fantasma cuando la mina cierra, ya que el supermercado, la farmacia y el cine dejan de tener la capacidad de comprar las películas, los medicamentos y los alimentos “importados” que necesitan.

En contraste con las actividades no transables, las actividades de exportación de un lugar deben ser muy buenas para llegar a convencer a los clientes foráneos –quienes tienen una diversidad de otras opciones– de que les compren a los productores locales. Esto significa que la relación calidad-costo debe ser atractiva.

Una de las maneras de aumentar esta relación es mejorando la calidad y la productividad. Otra es la reducción salarial. Mientras mayor sea la productividad y la calidad de las actividades de exportación, mayores serán las remuneraciones que ellas podrán costear sin dejar de ser competitivas. Si la tasa de empleo en el sector de exportaciones es significativa, como lo es en la mayoría de los lugares cuyos ingresos no dependen del petróleo, los sueldos que ese sector puede pagar repercutirán en la remuneración de todos los habitantes de la ciudad. En consecuencia, a todos les interesa que mejore su sector de exportaciones.

Debido a que las actividades de exportación son objeto de mayor competencia, sus mejoras en productividad y en tecnología suelen ser más rápidas que en otros sectores de la economía. Estas actividades están bajo la constante amenaza de la innovación y del surgimiento de nuevos competidores que pueden desbaratar su modelo de negocios. Consideremos el devastador impacto que tuvo el iPhone sobre Nokia, otrora orgullo de Finlandia y reina de los teléfonos móviles, o las consecuencias de la revolución del petróleo de esquisto sobre la OPEP.

Los lugares exitosos tienden a pasar de tener pocas actividades tecnológicamente simples con suficiente competitividad como para exportar sus productos, a un número mayor de actividades exportadoras que son cada vez más complejas. Por ejemplo, en 1963, el 97% de la canasta de exportaciones de Tailandia estaba compuesta por productos agrícolas y mineros, como arroz, caucho y yute. Para el 2013, estos productos representaban menos del 20% del total, mientras que maquinaria y productos químicos llegaban al 56%.

Una transformación semejante se advierte en cada uno de los países en desarrollo que han prosperado y que no pertenecen a la OPEP. El éxito de un lugar tiene gran relación con la capacidad de su población para lograr esa transformación, como lo muestran Singapur, Turquía e Israel.

Entonces, ¿que deberían hacer países, provincias y ciudades? Los escépticos puede que digan que deberían enfocarse solamente en arreglar las cosas que le importan a la población local, como la educación o la infraestructura, o mejorar el “entorno empresarial” para todos. Las exportaciones se cuidarán solas.

Pero la vida no es así de simple. Las actividades de exportación tienen necesidades que suelen ser bastante diferentes a las del resto de la economía. La normativa, la infraestructura, los conocimientos y el dominio de la tecnología que ellas requieren, tienden a ser diferentes de lo que necesitan las actividades no transables, que por lo general generan la mayor parte del empleo de un lugar. Si bien la diversificación hacia nuevas actividades siempre conlleva un desafío, pues nadie sabe hacer lo que nunca ha hecho, ella es particularmente difícil para las actividades transables, las que al nacer ya deben enfrentar la competencia extranjera. En contraste, los pioneros en las actividades no transables comienzan con un mercado cautivo.

Además, los exportadores necesitan tener lazos especialmente fuertes con el knowhow que se encuentra en otros lugares del planeta, lo que hace que ellos sean más susceptibles a factores como las inversiones extranjeras, la migración y los vínculos profesionales internacionales.

Para sobrevivir y prosperar, las sociedades deben prestar atención especial a aquellas actividades que producen bienes y servicios que pueden ser vendidos a no residentes. De hecho, la necesidad de actuar cuando se presentan nuevas oportunidades para exportar y tener la capacidad de remover los obstáculos al éxito, es la lección más importante que se desprende de los milagros de crecimiento del Asia Oriental e Irlanda.

Las actividades no transables son parecidas a las ligas deportivas de una nación: a diferentes personas les gustan diferentes equipos. Los que exportan son como la selección nacional: todos deberíamos ser hinchas suyos y organizarnos para asegurar su éxito.

Ricardo Hausmann, ex ministro de Planificación de Venezuela y ex economista Jefe del Banco Inter-Americano de Desarrollo, es Director del Center for International Development at Harvard University y profesor de economía del Harvard Kennedy School. Además preside el Meta-Consejo sobre Crecimiento Inclusivo del Foro Económico Mundial. © Project Syndicate 1995–2015

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