Opinión

Excelencia en las pequeñas cosas

Actualizado el 06 de junio de 2014 a las 12:00 am

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Excelencia en las pequeñas cosas

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Cuando las personas están creciendo, junto con toda la influencia directa que aportan las familias, la escuela y los grupos humanos con quienes tienen contacto, está el aporte que el cine y la televisión hacen mediante las figuras de superhéroes ideales capaces de modificar el mundo.

En las mentes de niños y jóvenes queda impregnada la idea de que solo aquellos con capacidades especiales (algunas fuera de este mundo) serán competentes para hacer grandes contribuciones a la humanidad. Sin embargo, al crecer, esas figuras idealizadas quedan relegadas en los recuerdos y son sustituidas (en el mejor de los casos) por figuras reales de personas realmente excepcionales que, en pos de sus sueños, han podido realizar obras que impactan.

Por convicción. Así, de manera inconsciente, se genera la creencia de que solo algunos pueden alcanzar la excelencia. Pero eso no es cierto.

Tratar de hacer bien las cosas por convicción, sin necesidad de vigilancia, con discreción y por el simple placer de hacerlo otorga sentido de logro a un ser humano. Un niño que realiza su tarea escolar con empeño, una persona que trabaja con responsabilidad, un padre que prepara para su hijo un alimento, un abuelo que escucha con atención, un funcionario público que atiende con cortesía, son individuos útiles para la sociedad. El progreso de un pueblo depende de la suma de muchos miles de pequeños esfuerzos de todos y cada quien.

Si las pequeñas cosas están bien hechas, todas juntas constituyen excelencia. Contrariamente, si cada acción, por mínima que sea, está teñida de pereza, el resultado global suele ser la mediocridad. Las personas negligentes en el cumplimiento de su deber suelen arrastrar un sentimiento general de frustración que se extiende a todas las aristas de su vida.

Cierto es que las personas se desempeñan mejor en actividades que les agradan, pero también es factible realizar bien lo que no agrada pero que se considera importante. Dice el refrán: “la práctica hace al maestro”, lo que indica que, para lograr la excelencia se necesita esfuerzo, perseverancia y práctica. Es, más bien, una actitud ante la vida.

Obviamente, nadie es excelente en todas las facetas de su existencia, pues eso podría considerarse como “obsesión”, pero cada quien debe priorizar acorde con sus aptitudes, necesidades y la importancia directa sobre las vidas de otros o el interés colectivo. Cada persona debe elegir en qué desea ser excelente y participar activamente en todo lo que hace y constituirse en protagonista de su propia vida y no en un mero espectador pasivo e indiferente de todo lo que acontece.

En silencio. Vivir intensamente cada momento implica compromiso para pensar en lo que se hace y por qué. Hacer cosas excelentes o de manera excelente no significa, en modo alguno, perfección; tampoco se requieren acciones sobrehumanas sino, simplemente, hacer lo que se hace de una manera concienzuda, valorando el tiempo y, por ende, sin posponer innecesariamente las actividades que de todas maneras hay que realizar.

Puede ser que el parámetro para considerar que algo está bien hecho varíe de un individuo a otro. Aun así, hay que imaginar que aquello que se hace será supervisado por el ideal de perfección que se pueda concebir y que no avergüence el propio desempeño. Siguiendo la recomendación de la Madre Teresa: “No podemos hacer grandes cosas, pero sí cosas pequeñas con un gran amor”.

Hay quienes con actitud envidiosa no logran comprender por qué hay algunas personas que parecen tener éxito en cualquier cosa que se proponen. Si observamos de cerca, generalmente, esas personas hacen bien las pequeñas cosas. Como dice la parábola de los talentos: “A quien es confiable en lo pequeño, se le confiará aún más”.

No es necesario, pues, ser una figura pública o famosa para desempeñarse excelentemente. No todos tienen las mismas capacidades, pero todos pueden mejorar, y debería ser obligación de todos poner a trabajar sus aptitudes mediante una actitud de excelencia. Basta, pues, con hacer las pequeñas cosas de cada día de la mejor manera posible y, preferiblemente aún, si se hacen en silencio y con sonrisa.

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