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Ética y ley

Actualizado el 31 de diciembre de 2012 a las 12:00 am

El tejido social se construye con las opiniones éticas y cívicas de los habitantes

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El artículo El vicio y la virtud que apareció en estas páginas el pasado 24 de diciembre, lo envié con un pequeño pero enorme gazapo, por lo que llamé al periódico para detener su publicación. Sin embargo, algún duende creyó que mis letras no estaban tan mal y las envió a la imprenta.

El gazapo se encuentra en el último párrafo; en vez de la frase “dejemos la moral para la vida privada...” debió leerse: “dejemos la moral codificada y excesivamente taxativa para la vida privada...”.

Es evidente que las visiones morales individuales y colectivas en un momento determinado poseen una decisiva influencia, beneficiosa o perjudicial (según la visión de cada quien), sobre la política y la acción de los gobernantes. El tejido social se construye día a día con las visiones y opiniones éticas y cívicas de los habitantes del país.

Un repaso de las encuestas de cualquier sociedad abierta de las últimas décadas muestra que las sociedades van modificando, a veces de manera casi imperceptible, a veces de manera más acelerada, algunas de sus percepciones sobre temas de naturaleza ética. En los temas de género, sexuales, de pareja y ecológicos, el cambio, en pocos años, ha sido abrupto. Nuestro país también ha vivido una profunda transformación en la percepción ética de la mayoría de sus ciudadanos con respecto a la política. Hasta hace pocos años negaban, perdonaban o disimulaban las fechorías que se gestaban en su propio bando político. Hoy, una mayor independencia mental y emocional frente al fenómeno político los ha convertido en jueces más severos de esa actividad y han desplomado el apoyo de varios de esos políticos y de sus partidos.

En algunos países no ha sido así y gobernantes o exgobernantes severamente cuestionados por casos de corrupción, descaro o incapacidad han mantenido significativos apoyos electorales que, en algunos casos, les ha permitido regresar al poder o continuar gravitando con fuerza en la vida pública.

Ambas conductas, la de la mayoría de los ciudadanos costarricenses y las de los países que han sido benévolos con las fechorías de sus políticos, son distintas expresiones de una moralidad individual y cívica predominante en esos países.

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Es innegable que sin moralidad cívica las comunidades retroceden, y sin moralidad individual su supervivencia carece de valor. ¿Y cuál es la moralidad cívica que en mi criterio apoyan los costarricenses? Fundamentalmente la del respeto a la ley y a los preceptos fundamentales de una sociedad abierta y democrática. Conforme bajamos unos peldaños de esa moralidad cívica y nos adentramos en temas más específicos, el tema se complica y las discrepancias entre personas que están absolutamente convencidas de su apego a las más altas normas éticas, pueden ser profundas.

El bagaje ético con que andamos por el mundo responde en buena parte a una visión personal y cultural. ¿Es ético que el jefe gane 30 veces más que el subalterno, o solo 10 veces? ¿No será más ético que solo gane el doble? ¿En cuáles condiciones es aceptable la guerra? ¿O toda guerra debe ser moralmente reprobada? ¿Qué tasa de impuestos sobre los ricos es la más justa? ¿Cuál debe ser el salario mínimo? ¿Es inmoral manejar después de haber consumido una, dos o tres cervezas? ¿Es inmoral vivir en una casa de lujo mientras que muchos viven en tugurios? ¿Es inmoral ser ateo? ¿Es inmoral matar en defensa propia? ¿Es inmoral portar armas? ¿Es inmoral enseñarles a los jóvenes educación sexual? ¿Es inmoral que nuestro Estado sea confesional? La lista es infinita. Conforme entramos en esta clase de debates, podemos comprender que a menudo el tema ético es complejo.

Por supuesto que la moral individual y las distintas moralidades colectivas tienen todo el derecho del mundo de expresarse a viva voz y a luchar en la arena pública en todas las formas que la ley les permita. Todas esas opiniones éticas, al depositarse en el enorme fogón de la opinión pública, van forjando la conciencia colectiva, con sus aciertos y sus desvaríos. Esa es la esencia de una sociedad democrática

Pero, como las posiciones éticas varían tanto y a menudo son tan ambiguas, la única manera que conoce la humanidad para vivir dentro de cierto orden y concierto es que sea la ley –a veces inmoral, a veces estulta, a veces omisa, a veces mediocre– la que impere. Si un sector importante de la población considera que una norma jurídica es perniciosa, debe luchar denodadamente por su abolición o modificación.

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Durante la Edad Media, el Estado de derecho era muy precario, y las visiones religiosas con sus distintas opciones éticas colmaban la vida de sus habitantes y de sus comunidades.

Sin embargo, la feroz lucha del hombre contra el hombre se enseñoreó, y la violencia, la injusticia y la inseguridad eran el pan de todos los días.

Sin la ley como rectora de la vida comunitaria, caeríamos en el caos y la barbarie.

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