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Ética en Gaza

Actualizado el 19 de agosto de 2014 a las 12:00 am

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MELBOURNE – ¿La acción militar de Israel en Gaza es defendible desde un punto de vista moral? Existen diferentes respuestas posibles para esta pregunta. Algunas dependen de respuestas a interrogantes previos sobre la fundación del Estado de Israel, las circunstancias que llevaron a muchos palestinos a convertirse en refugiados y la responsabilidad por el fracaso de esfuerzos anteriores por alcanzar una solución pacífica. Pero dejemos de lado estas cuestiones –que ya han sido exploradas con mucha profundidad– y centrémonos en los asuntos morales planteados por el último estallido de hostilidades.

Lo que disparó de inmediato el conflicto actual fue el asesinato de tres adolescentes judíos en Hebrón, en Cisjordania. Israel culpó a Hamás y arrestó a cientos de sus miembros en Cisjordania, aunque nunca explicó el fundamento de su acusación.

El Gobierno israelí tal vez haya aprovechado estos asesinatos indignantes como un pretexto para provocar una respuesta de Hamás que le permitiera a Israel, a su vez, invadir y destruir los túneles que Hamás había cavado desde Gaza hasta Israel. Aunque los líderes israelíes sostienen que la magnitud y la sofisticación de los túneles que descubrieron los tomaron por sorpresa, el Ejército de Israel informó al Gobierno sobre los túneles hace más de un año, y este creó una fuerza de operaciones especial para evaluar qué hacer con ellos.

Hamás respondió a los arrestos en Cisjordania con una descarga de cohetes que alcanzaron a Tel Aviv y Jerusalén, aunque sin causar heridos. Israel luego comenzó sus ataques aéreos, seguidos de una invasión terrestre. Al momento de escribir esta columna, más de 1.600 palestinos, la mayoría de ellos civiles, habían muerto como consecuencia de los ataques aéreos y terrestres israelíes. Tres civiles israelíes han sido asesinados por fuego de cohetes o morteros desde Gaza, y 64 soldados israelíes han perdido la vida desde que comenzó la invasión terrestre.

Al disparar cohetes a Israel, Hamás invitó a una respuesta militar. Un país que es víctima de ataques con cohetes desde el otro lado de la frontera tiene derecho a defenderse, aun si se pudiera inferir que sus propias acciones provocaron los ataques, y los ataques en sí tengan una eficacia relativa. Pero un derecho de autodefensa no significa el derecho a hacer cualquier cosa que se pueda interpretar como un acto defensivo, sin importar el costo para los civiles.

A pesar de los reclamos en algunos medios israelíes de que debería bombardearse a Gaza “hasta que regresara a la edad de piedra”, el Gobierno israelí parece aceptar que eso sería un error. Israel ha tomado algunas medidas para minimizar las bajas civiles al advertirles a los palestinos que evacuen zonas que iban a ser atacadas.

Hamás, por el contrario, no ha manifestado ningún interés en evitar las bajas civiles, tanto en Israel como en Gaza. El único objetivo de disparar cohetes a ciudades israelíes es causar bajas civiles, y el hecho de que los cohetes no hayan logrado este objetivo en gran medida se debe a su imprecisión, al sistema de defensa antimisiles Iron Dome (Cúpula de hierro) de Israel y quizás a un poco de suerte. La estrategia de Hamás de lanzar cohetes desde zonas residenciales y almacenarlos en escuelas refleja a las claras la voluntad de sus líderes de poner a los civiles palestinos en riesgo para enfrentar a Israel a la lúgubre elección entre matar a civiles o permitir que los ataques con cohetes continúen.

Así las cosas, a pesar de cuáles podrían ser las objeciones morales que se les puedan hacer a las acciones de Israel en el último mes, existen objeciones aún más serias para los actos de Hamás. A diferencia de episodios anteriores, países árabes como Egipto, Jordania y Arabia Saudita se han moderado en sus críticas hacia Israel, aunque tal vez no tanto por razones morales como porque consideran al islam militante como una amenaza mucho mayor que Israel en sus propios regímenes.

Sin embargo, decir que las acciones de Israel son menos equivocadas que las de Hamás no es decir mucho. Israel tiene objetivos militares legítimos en Gaza: frenar los cohetes y destruir los túneles. Debería perseguir estos objetivos y, al mismo tiempo, demostrar la máxima preocupación por los civiles atrapados de Gaza.

En un artículo reciente, Fania Oz-Salzberger, mientras escribía desde Tel Aviv al tiempo que se interceptaban cohetes sobre su cabeza, instó al Gobierno a enviar suministros médicos a los pueblos de Gaza. Desde entonces, el Ejército israelí ha instalado un hospital de campaña en la frontera con Gaza para tratar a los palestinos heridos.

Este es un paso positivo, pero se ve superado por las repetidas instancias de ataques aéreos y bombardeos israelíes que parecen haber matado innecesariamente a civiles, desde los cuatro niños que murieron en una playa el 16 de julio hasta los 20 palestinos civiles asesinados mientras estaban refugiados en una escuela de las Naciones Unidas el 30 de julio. Estos incidentes recuerdan las pasadas operaciones de la OTAN en Afganistán, en las que existía una preocupación menor por salvaguardar las vidas de los civiles locales de la que habría existido si hubieran estado en riesgo las vidas de las tropas de la OTAN, o sus compatriotas civiles.

Algunos se encogerán de hombros y dirán: “La guerra es el infierno”. Pero, entre los extremos insostenibles del pacifismo y la exaltación de la guerra a algo más allá de la moralidad, existe un terreno medio que intenta minimizar el mal incuestionable de la guerra. Podemos reconocer que Israel ha hecho algunos esfuerzos en este sentido, pero también es nuestro deber decir: no los suficientes.

Peter Singer es profesor de Bioética en la Universidad de Princeton y profesor laureado en la Universidad de Melbourne. © Project Syndicate.

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