Opinión

Esperando al líder

Actualizado el 19 de noviembre de 2014 a las 12:00 am

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Esperando al líder

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América Latina ha sido siempre un espacio propicio para la aparición de líderes políticos que, para bien o para mal, tienen a su cargo la conducción de un país. Las masas necesitan un líder con quien identificarse, y de ello se vale aquel que se siente con las condiciones para asumir la tarea de tomar las decisiones ejecutivas y tener la última palabra.

Recientemente se han llevado a cabo elecciones presidenciales en varios países de nuestro continente y hemos podido observar a pueblos con opiniones contrapuestas y a líderes carismáticos que seducen a sus electores.

Al ver estos escenarios, volteamos nuestra mirada hacia los pasados comicios en Costa Rica y nos desconcierta el panorama político que vivimos en esa oportunidad. No podemos dejar de preguntarnos si nuestra clase gobernante no está sufriendo una crisis de liderazgo que nos mantiene aletargados.

Ya quedaron muy atrás, en el siglo pasado, los días en que, en defensa de sus ideas, hombres destacados asumían la tarea de contagiar su entusiasmo a quienes pensaban como ellos. Los costarricenses, en masa, respondían al carisma de su líder y dejaban en sus manos la responsabilidad de representarlos.

Aquellos fueron líderes tan fuertes que lograron que ocasionales herederos, por parentesco, asumieran una continuidad que tristemente acabó decayendo.

Bipartidismo. Las plataformas políticas se hicieron difusas y el pueblo, por partes casi iguales, siguió identificado con los colores históricos de uno u otro bando, y así se fue alternando en el poder el bipartidismo, aparente-mente para siempre. Pero el péndulo se rompió cuando esos partidos tradicionales sufrieron los síntomas de la falta de líderes: primero, uno y, después, otro, cuando renunció a dar la pelea.

La masa electoral quedó, así, huérfana de los tradicionales grupos políticos dominantes, lo cual propició que nuevos sectores emergentes pugnaran por ocupar esos espacios vacíos.Ocurrió, entonces, lo que ha pasado siempre: una clase dominante dio paso a la nueva clase dominante, con algunas características particulares. Una de ellas fue que el cambio no produjo nada original ni pareció ofrecer grandes beneficios a la ciudadanía. La nueva clase dominante (el nuevo grupo en el poder) no parece lograr acuerdos internos y se comporta, a veces, como la oposición de sí misma.

Otra característica es que el gobernante, propuesto por la organización del partido, tiene dificultades para convertirse en el líder carismático que necesitan sus “seguidores”. Los complejos acuerdos políticos y concesiones a los que obligan los trabajosos acuerdos legislativos quitan, sin duda, fuerza y energía a la labor del Ejecutivo.

Estamos viviendo un momento histórico en la vida institucional del país, inaugurando un nuevo modelo de gobierno, con tijeras desafiladas para los recortes presupuestarios, una Asamblea atomizada, un Ejecutivo acosado en sus buenas intenciones y un pueblo paciente que espera a su líder redentor.

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