Opinión

España: estrategia de la transición

Actualizado el 05 de abril de 2014 a las 12:57 am

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España: estrategia de la transición

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Durante varios años, se comentó en los países democráticos lo que se llamó “el milagro español”, como consecuencia de la transición pacífica e inteligente de una dictadura de casi cuarenta años a la democracia. En centros académicos, en los partidos políticos, en el comentario obligatorio de prensa, siempre saltó la pregunta: “¿Cómo fue posible que tal cosa sucediera pacíficamente?”.

Este acontecimiento no se debe olvidar porque es un ejemplo permanente de todo lo que se puede lograr mediante un acuerdo o pacto nacional en momentos de grandes crisis sociales y políticas. Ahora que ha muerto Adolfo Suárez, primer presidente de la nueva democracia española y líder del proceso de esta transición, vale la pena recordar cómo los españoles lograron extraer, de las cenizas de una férrea dictadura, las ideas de una buena democracia mediante un acuerdo nacional de los diversos sectores políticos, respetando las mejores tradiciones de su pueblo.

Hoy algunos dirigentes políticos costarricenses rechazan la solicitud de un pacto nacional para solucionar las grandes necesidades que tiene nuestro pueblo en la actualidad; posiblemente, porque continúan actuando como lo apreciaba Ricardo Jiménez en su tiempo: “Intrigas, ambiciones, cuenteretes, envidias, nostalgias, y ni una sola idea levantada. Todo rastrea y todo se mueve al impulso del viento de la demagogia que sale de arriba y de abajo, de la derecha y de la izquierda”.

Transición. Por esta razón, tal vez se me permita entresacar parte de un discurso que pronuncié en la Embajada de España, aquí, en San José, el 4 de octubre de 1986, comentando aquel extraordinario milagro español. En esa ocasión expuse:

“Fue un momento de gran emoción, cargado de esperanza y de interrogantes. Con anterioridad se había dado ya un paso en firme, en el increíble tránsito de la dictadura a la democracia por la vía pacífica, en el cual se manifestó claramente la inteligencia política de todo un pueblo y, fundamentalmente, de sus conductores, desde el rey hasta el más modesto dirigente obrero, aprobando la Constitución Política y los famosos Pactos de la Moncloa.

“En esa difícil época de transición, y casi de manera intuitiva, se actuó, demostrando que si pensamos seriamente en la conveniencia nacional, mucho de lo particular, sea personal o de agrupaciones políticas, se puede abandonar. Principio que resaltó muy bien el ministro de Asuntos Exteriores de España, Fernando Morán, aquí en San José, en la reunión de cancilleres de la Comunidad Económica Europea, al afirmar lo siguiente: ‘En España todos aprendimos a ganar porque todos aprendimos a ceder’.

“Un partido histórico, como el socialista español, de base doctrinaria marxista y con aspiraciones a gobernar en una república, tuvo que ceder en sus planteamientos ideológicos al llegar a la conclusión de que era posible que la monarquía estuviera demasiado impresa en el alma del pueblo, por lo que la república podría no ser tan imprescindible para el funcionamiento de la democracia. De la misma manera, Su Majestad, el rey Juan Carlos, también entendió que era posible la convivencia de la democracia, el socialismo y la monarquía, en patriótica unión, simbiosis que ninguna teoría de la democracia pudo jamás legitimar en el siglo XVIII.

Ejercicio del poder. “Efectivamente, los españoles comprendieron que para aprender a ganar había que aprender a ceder, fórmula que está más cerca de los medios que de los fines. Y de aquí nació, para los españoles, algo que ya los socialistas y los socialdemócratas latinoamericanos habíamos aceptado: que es en la praxis del ejercicio del poder donde se aprenden las tácticas, estrategias y procedimientos.

“Las doctrinas y las ideologías se refieren a los fines, y de ellas podemos obtener toda la bibliografía imaginable; pero no existe un solo tratado de los procedimientos; nadie ha escrito un texto de tácticas y estrategias políticas, ciencia que se aprende solo a partir del ejercicio del poder.

“El verdadero estadista se mide, no tanto por lo que quiere hacer, como por el camino que escoja para realizarlo. Con la impaciencia de decenas de años acumulados, de luchas, sacrificios y guerras, un socialista que llega al poder nada desea más que transformar rápidamente la sociedad en nombre de la justicia social. Pero si sucede, como en España, que el momento del ascenso del socialismo estaba marcado peligrosamente por la amenaza del golpismo militar fascista –único sector que no estaba dispuesto a ceder–. Entonces comenzamos a entender que, antes que la justicia, podría tener prioridad la consolidación de la democracia.

“Este juego de las máximas aspiraciones y de las crudas realidades provoca en los partidos socialistas democráticos grandes confrontaciones internas, para cuya lucha tampoco nunca estuvieron preparados. Es una verdad que entresacamos de nuestro paso por el poder: nuestros verdaderos enemigos no son tanto los naturales ideológicos, como nosotros mismos. Tal es el caso de nuestra organización sindical afín que continúa luchando por reivindicaciones de clase, casi sin hacer distinción entre amigos o enemigos en el poder.

“Lo mismo sucede con ciertos sectores de intelectuales, que no entienden por qué, en ocasiones, hay que ceder tanto, ni con otros grupos; en fin, que nos acusan de oportunistas, cuando no nos apegamos del todo a principios doctrinarios que nos sirvieron de orientación cuando nos organizábamos, mas que para gobernar, para protestar por la injusticia y la ausencia de libertades.

“El ejercicio del poder enseña, también, que hay que respetar ciertas tradiciones populares. Pero lo que sorprende en España es que esto lo entendieron los futuros estadistas antes de haber ingresado a la casa de gobierno. Lo entendió bien el rey, aceptando la democracia y, con ello, respetando una tradición que venía de muy lejos en su historia.

Democracia. “Recordaba yo, en estos días que se conmemora el 175 aniversario de la Constitución de Cádiz, el discurso de don Agustín de Argüelles, al presentar el proyecto de Constitución, cuando aconsejaba que era bueno tener presente el origen democrático de la Corona española, sobre todo en Castilla y León, en donde el rey era de elección popular; y de las instituciones de Aragón, las más libres de Castilla, por lo que ‘el Rey estatuece y ordena por la voluntad de las Cortes’, y en las que se decía expresamente que si usurpaba los fueros y libertades del reino, se le podía destronar. Razón tenía entonces nuestro querido don Miguel de Unamuno, cuando aconsejaba a los gobernantes marchar de espaldas hacia delante, mirando firmemente la historia.

“El ingreso de España a la comunidad de naciones democráticas llenó de júbilo y esperanza el corazón de todos los pueblos de América Latina y, de la misma manera que en 1812 se habló de las provincias de ultramar como parte del reino español, hoy, por la maravillosa vía de la democracia, podemos hablar con mayor propiedad de nuestra nueva unión hispánica, consolidada alrededor de la monarquía de la libertad.

“Finalmente, todos deberíamos entender que la democracia pone a prueba la paciencia de los pueblos y que es en la fragua de la aparente lentitud en donde se templa el acero de los derechos y las libertades verdaderas.

“La desesperación, por lo general, es mala consejera, axioma que algunos pueblos comprueban tardíamente, cuando han roto violentamente el orden constitucional y se encuentran, de pronto, decenas de años atrás en su historia”.

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