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Actualizado el 13 de octubre de 2012 a las 12:00 am

En Españala democracia excesiva ha conducidoa la anarquía

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España es hoy una república democrática con escafandra monárquica, pues “el rey reina pero no gobierna”, para decirlo con frase del líder socialista Santiago Carrillo, que acaba de morir nonagenario y fue un personaje decisivo en la transición del régimen autocrático de Franco a la democracia, esto es, a la monarquía democrática y pluripartidista, cuya urdimbre y espíritu empiezan a flaquear en sus estructuras y clavijas esenciales.

España ya empieza a parecer –¿o ser, Hamlet?– un bote con rajaduras mal calafateadas en su vertebración. Ortega y Gasset, en un ensayo publicado en 1922, analiza con agudeza el fenómeno más llamativo de esa época, cual era la tendencia al separatismo, la disidencia, la crónica pugna por desgajarse de la unidad política central.

La Vasconia y Cataluña siempre han pretendido, desde la Edad Media, la autonomía nacional y el deslindamiento de España. El Reino de Navarra siempre estuvo –desde Sancho III el Mayor– en abierta inclinación a Europa y en una actitud de separatismo y particularismo respecto a Castilla, con la cual, no obstante, tenía conexiones dinásticas. Su hijo Fernando I heredó, con el título de rey, los condados castellanos. Creó el Reino de Aragón para su hijo Ramiro I. Cataluña siempre estuvo integrada por condados que determinan la Marca Hispánica respecto a la frontera con Francia; y en relaciones dinásticas con Aragón. Nunca tuvo la condición política de reino. Los reinos que se desarrollaron a lo largo de ochocientos años de reconquista del territorio frente a los invasores árabes, le dieron a España una estructura problemática en cuanto a cultura, lenguaje y temperamento.

La idiosincrasia española ha estado en pugna con las condiciones propias de sus regiones. Las crisis de secesión no han sido frecuentes; pero en su latencia han conservado la maligna tendencia a la desintegración. En 1640, en el reinado de Felipe IV, hubo una gran rebelión secesionista de Cataluña y tuvo que ser aplacada con el ejército central.

La actual crisis tiene, pues, un origen lejano en la Historia y una causa inmediata de índole económica.

Se sabe desde siempre –y lo dijo Disraeli, ¡nada menos!– que lo único que ha enloquecido al hombre, más incluso que el amor, es el asunto del dinero.

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Penuria económica, desempleo, deudas, suscitan la actitud traidora –que se da entre hermanos– de poner casa aparte y sálvese quien pueda. La patria no cuenta, pues es una palabra de contenido abstracto y, lo primero y primordial, es vivir.

La independencia de Cataluña, como unidad nacional desligada de España, es un atentado contra la Historia, la constitución política y la dignidad universal de España.

En España la democracia excesiva ha conducido siempre a la anarquía.

Franco, en mensaje póstumo en los umbrales de su muerte, advirtió: “No olvidéis que los enemigos de España están al acecho. Aprovechad la rica multiplicidad de las regiones como base de la unidad de la patria”. Recuerden, españoles, la advertencia del genial estadista.

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