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Espacio-tiempo, la intuición que es mi sentir

Actualizado el 24 de febrero de 2017 a las 12:00 am

Las sociedades están infectadas de sectas y odios que se disfrazan con palabras como amor

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Espacio-tiempo, la intuición que es mi sentir

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Siempre leo a Jacques Sagot con suma atención y placer. Se trata de un escritor magnífico, ilustrado y prolífico, agudo cultor del pensar áulico. En lo que sigue asumo como pretexto reflexivo su artículo Madre-espacio, padre-tiempo ( Opinión, 3/2/17). Y a propósito de estos dos conceptos (espacio-tiempo) los ámbitos donde se encuentran los más importantes y certeros descubrimientos son las ciencias físico-naturales y matemáticas, las experiencias cotidianas y la creatividad artística. Científicos y artistas mantienen relaciones y correlaciones de las que ellos no se percatan por completo. Dicho esto entro en materia.

Una experiencia infantil. Mi relación con el espacio-tiempo es con el espacio-tiempo, así, en unidad. El espacio y el tiempo no constituyen dos realidades separadas –tal como se las considero durante muchos siglos–, sino imbricadas. Desde niño supe que ocupaba un espacio, pero lo que más me impacto fue percibir que en aquel espacio me movía de instante en instante, de ahora en ahora, devenía, pasaba del pasado al presente y de este al futuro. Comprendí, como comprende un infante, vivenciándolo –y esta es la mejor manera de comprender– que el continuo espacio-tiempo no es una realidad que sobreviene desde afuera, sino que mi ser es espacial y temporal al unísono, y esto supuso una clara consciencia de la finitud, de la muerte y del devenir. Esto percibí de niño, y también experimenté el deseo de trascender el espacio-tiempo, de no estar sujeto a el, y fue en ese punto ontológico o metafísico donde sentí que ni el devenir, ni el presente, ni la muerte me contienen. Esto no prueba que tal sensación corresponda a algo real más allá de mi subjetividad, pero habita en esa subjetividad el dilema enunciado por William Shakespeare ( Hamlet ): “Ser o no ser, esa es la cuestión.”.

Logo-afectividad. Con el paso de los años (de Cronos, el tiempo) caí en la cuenta de que aquella experiencia infantil, primigenia, intuitiva, preconceptual, revelaba algo más y fundamental: que la racionalidad no es solo concepto y matemática, Logos en suma, sino también emotividad, instinto, afectividad, intuición mental y sensibilidad corporal (Eros). La racionalidad es Logo-afectiva o Logo-erótica, y en ella la prioridad no es el pensar en solitario, como creía Descartes, ni el sentir per se, como suponía Agustín de Hipona, sino el sentir que piensa y el pensamiento que siente, con la salvedad muy importante –y aquí tengo otra coincidencia con Jacques Sagot– de que en el arranque de todo proceso cognitivo se encuentra no el concepto, sino la afectividad, el deseo-placer de conocer que Aristóteles menciona al inicio de su Metafísica.

La Neurociencia, la Física Cuántico-Relativista y las reflexiones y experiencias artísticas, ofrecen descubrimientos importantísimos sobre este tema. Sagot reflexiona con acierto y profundidad sobre el mismo cuando al referirse al espacio-tiempo afirma que en el debate entre “tiempistas” y “espacialistas” priva la emotividad… el origen esencialmente afectivo de tales posturas teóricas....”. Late aquí Johann Gottlieb Fichte, para quien el pensamiento que se elige depende de la persona que se es.

De la finitud a la eternidad. Otro asunto de altos quilates derivado del continuo espacio-tiempo, que sé interesa a Jacques Sagot, es el de la finitud, y de si es factible o no abandonarla para penetrar en la eternidad. Algunos sostienen que el anhelo de eternidad se origina en el miedo a la muerte, y que no responde a nada objetivo, es un consuelo evasivo y desorientador. Ciertos estudiosos afirman, por el contrario, que el espacio-tiempo no agota el campo de lo posible, y que la aspiración a la eternidad encuentra respuesta en algo –o Alguien– distinto a la conciencia personal pero con el cual esta conciencia mantiene una relación estructural, orgánica.

En ambas hipótesis falta la prueba que haga evidente su contenido, motivo por el cual otros, también conocedores y sabios, proponen una tercera alternativa: desentrañar el funcionamiento de la realidad desde la realidad misma sin requerir de instancias no evidentes. Ésta perspectiva –dicen sus cultores– documenta el deseo de eternidad pero no le otorga validez objetiva ni tampoco lo declara un disparate subjetivista, lo deja estar mientras busca la evidencia probatoria en un sentido u en otro.

¿En qué consiste la historicidad? El artículo de Jacques Sagot me permite dar un paso más en estas reflexiones, e introducir la noción de espacio-tiempo histórico o historicidad. Las sociedades humanas están infectadas de sectas, fanatismos y odios que se disfrazan con palabras como amor, misericordia, justicia, libertad, espiritualidad, patria, patriotismo e igualdad, pero lo que cada secta busca es imponer un tipo de pensamiento-emoción y unos intereses económicos y de poder. Su propósito es convertir a cada ser humano en gemelo intelectual y espiritual de cualquier otro, y esto no se puede lograr sin degradar, destruir y aniquilar. A tal sectarismo subyace la creencia de que el continuo espacio-tiempo esta regido por una férrea conexión causa-efecto, conocida por un grupo de personas afortunadas que se asumen como misioneras de la verdad (elegidos de los dioses, intérpretes de la historia, mesías políticos, depositarios de alguna revelación) ¿Es posible formular una explicación de la historicidad que no ofrezca justificaciones misioneras de ningún tipo? Sí. La vía para lograrlo es concebir la historicidad como un sistema de probabilidades y propensiones fundamentado en una raíz antropológica: la persona.

En esta tesitura resultan claves nociones como probabilidad, posibilidad, variabilidad, azar, aleatoriedad, sincronicidad, riesgo, acción, voluntad, subjetividad, creatividad y oportunidad, y nadie, ni persona ni grupo, puede argumentar que posee el conocimiento de lo que fue, de lo que es y de lo que será. Al estudiar los procesos históricos debe observarse que sus contenidos son un “subproducto, más o menos elaborado” (Sagot) de la emotividad, afectividad y sensibilidad de las personas.

El eje articulador del continuo espacio-tiempo en todo proceso histórico (historicidad) es la persona. Se trata del principio personalista, tan manipulado, avasallado y excluido por todas las ideologías y todos los poderes.

Aquí les dejo este pensar-sentir para que estimulen el de ustedes, y realicen el consejo de Julián Marchena en el poema Deja correr el tiempo: “No desesperes nunca. La sombra es precursora de la luz que hay en ti.”.

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