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Espacio público, medios y cultura política

Actualizado el 10 de abril de 2017 a las 12:00 am

Las noticias internacionales decrecen en función de las notas sobre Melissa Mora

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El autor español Fernando Vallespín plantea que los espacios públicos –entendidos como el debate o deliberación pública entre lo principal– todavía se muestran como insuficientes para servir como el medio y origen de insumos para una discusión política plena y, en el más importante de los casos, para aportar a la decisión democrática.

Este autor hace énfasis en la arena de los medios de difusión como un espacio con gran potencial para este tipo de deliberaciones, pero que, en su normalidad y como en el caso de Costa Rica, en particular la televisión, más bien está ofreciendo una antidiscusión, privilegiando la poco o nula profundidad de la discusión política o de la discusión en general. Lo que se privilegia es el infoentretenimiento (infoteinment) como el centro y la carga pesada de la programación.

Esta idea es reveladora. Por ejemplo, para el caso nacional, la televisión sigue liderando los medios como la principal fuente de información –no necesariamente la más creíble, pero sí la más masiva–, lo cual ha sido confirmado por varios estudios de opinión; ello significa, en palabras del autor estadounidense John B. Thompson, una concentración importante de poder simbólico como una capacidad de intervención e influencia en los acontecimientos mediante formas simbólicas.

Prendamos el televisor y veamos: las noticias internacionales decrecen en función de las notas sobre la última fotografía de Melissa Mora.

Banalización. La influencia de los medios es clara, y su intervención en la arena pública es crucial a la hora de interpretar los códigos políticos, pero esta interpretación puede hacerse de formas diversas, una de estas es, de acuerdo con Vallespín, banalizando el discurso público.

La política tiene mucho de pasional y de irracional, lo suficiente de hecho para que esa banalización afecte fuertemente el criterio político, que eventualmente influye en la deliberación pública. Todavía dudo del aporte de un expresidente haciendo alusión a los no natos de las gallinas.

El concepto de banalización es, como se ve, aplicable a la política, incuestionablemente. Este enfoque de la política desde una suerte de reality show, casi exclusivo de los medios masivos televisivos, privilegiando los escándalos o la vida privada de los políticos, se une a los insumos que la política misma da como subproductos, esto es la inoperancia y la corrupción.

El reconocido politólogo catalán Manuel Castells hace alusión a la pérdida de legitimidad política basado en una alta percepción de la corrupción. Dice que “la percepción de la corrupción es el principal predictor de la desconfianza política” (2009).

Esto únicamente suma a la superficialidad de la discusión política. Pudimos verlo en los debates de los precandadidatos del Partido Liberación Nacional. Pocas veces, que yo recuerde, ha habido tanta oportunidad de espacio para discusión de precandidatos de un solo partido para que se concentrasen en la superficialidad y el personalismo de los sacos de trapos sucios.

De hecho, esta banalización de alguna forma aporta a la consolidación de las prácticas corruptas pues no existe un nivel aceptable en la deliberación pública que ponga contra la pared a los funcionarios deshonestos y la televisión carece de este tipo de espacios que aspiren a una mínima profundidad. Todo es parte de un desagradable círculo vicioso.

¿Qué hacer? Es difícil hacer algo. Educar a la televisión es una empresa imposible. Una vez un director del noticiero más visto en este país me dijo que la agenda se hacía de acuerdo a lo que la gente quería ver. Y ya. Esa es la razón, se desprendió de toda responsabilidad.

Una forma que funcionaría a largo plazo es, retomando una idea de Vallespín, “una alfabetización en los medios como parte de una educación cívica integral” (2010). Esto extendido a los centros educativos y a la labor desde los medios estatales. Se resume en una estimulación para crear una profunda y sostenida cultura política.

La formación de una sociedad cada vez más consciente de la importancia de la discusión política y de la deliberación pública, entendida como el origen de las decisiones que nos afectan, como comunidad es crucial.

Así es posible que a largo plazo se esté cada vez más cerca de discusiones de calidad y debates que merezcan ser vistos.

El autor es profesor universitario.

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