Opinión

Epifanía

Actualizado el 16 de enero de 2017 a las 12:00 am

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V i por vez primera El hijo pródigo, de Rembrandt. Nunca había visto nada tan bello. La bienvenida. El abrazo amoroso. Gozo inmenso. El regreso a casa. Pero por encima de todo, el perdón, el perdón. No implorado, no otorgado: implícito, expresado como la pura felicidad del reencuentro. El padre que acoge. El hijo con su rostro de niño.

Es la humanidad entera la que reencuentra el camino a casa, en esta conmovedora alegoría pictórica.

Como en toda obra maestra, la verdad humana, la belleza moral y el esplendor formal –la maestría de su factura– son rigurosamente consustanciales. Ninguno “expresa” al otro. Son lo mismo. Indiscernibles como el gesto y el sentimiento que lo anima. El perdón, el perdón. “Méteme, Padre Eterno, en tu pecho, misterioso hogar. Descansaré allí, pues vengo deshecho del duro bregar” (Unamuno).

La estampa valió para mí por cien homilías y todas las encíclicas jamás escritas.

Lo que más daño le ha hecho al catolicismo no son las guerras teológicas entabladas por otras religiones. Es la inanidad intelectual de la vasta mayoría de sus curas, la oquedad de su palabra, la pauperidad de su psicología, la pobreza de su verbo, la insipidez de sus sermones, su exigua cultura, su inepcia como comunicadores…

Un sacerdote sin talento es más nocivo para su religión que una invasión de bárbaros paganos armados hasta los dientes. Rembrandt le cede la palabra a Dios. Nuestros santos varones, en cambio, la secuestran, la esterilizan y agostan. Para pensar…

El autor es pianista y escritor.

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