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Energía y transparencia

Actualizado el 11 de junio de 2013 a las 12:00 am

El proyecto de una refinería producirá importantes beneficios a Costa Rica

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Hace ya varias décadas, Costa Rica decidió que la refinación y distribución de combustibles derivados del petróleo fuese una actividad estatal. La primera refinería, de capital mixto, inició sus operaciones en 1967. En 1975, además de la propiedad total de la empresa, el Estado costarricense declara la nacionalización de la actividad de distribución de combustibles y deja a la iniciativa privada la venta final de los productos. Ese es el esquema que opera aún en la actualidad.

Es perfectamente comprensible que una refinadora cuya planta inició funciones hace más de cuarenta años, no obstante las inversiones y mejoras realizadas a lo largo de cuatro décadas, entrara en irreversible obsolescencia.

En ese contexto, en el 2007, durante la segunda Administración Arias Sánchez, Costa Rica suscribió con la República Popular China un convenio de cooperación para que una empresa china ayudara a Recope a superar los graves problemas de rezago tecnológico y limitada capacidad de refinación.

De ese convenio surgió la idea de constituir una sociedad entre Recope –empresa estatal costarricense– y la empresa estatal china CNPC –una de las más grandes compañía de refinación del mundo, para diseñar, financiar y construir conjuntamente la refinería sin operarla, de conformidad con el monopolio existente que le da a Recope la exclusividad de refinar petróleo y la venta y distribución de los productos refinados, combustibles principalmente.

Queda claro entonces que los motivos por los cuales la administración Arias Sánchez autorizó la firma del convenio marco de cooperación entre CNPC y Recope y los subsiguientes contratos o convenios de entendimiento fueron para permitirle a Recope y al país operar una refinería de petróleo moderna, con tecnología de punta, capaz de garantizar la demanda de combustibles de la más alta calidad que el mercado y el ambiente exigen, reduciendo los costos de operación y minimizando el impacto de un mercado internacional de precios que se ve cada vez más afectado por circunstancias internacionales ajenas a nuestro país, permitiéndole a Costa Rica gozar de una seguridad energética que ahora no tiene.

Desde luego que un proyecto de esa naturaleza, complejo de por si, requiere un cuidadoso proceso de planificación, diseño y ejecución de la obra. Estoy seguro de que las actuales autoridades de Recope sabrán cumplir sus deberes con el nivel de exigencia y rigurosidad debidas.

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Lo que sí es cierto es que este es un proyecto de amplio aliento, que de concretarse producirá importantes beneficios al país.

Sin embargo, como todo en un año electoral, ya algunos politizaron el tema. Por encima de consideraciones de largo plazo o del beneficio para Costa Rica, quienes ya están en campaña electoral procuran lanzar sombras sobre el proyecto para agitar las aguas y mover sus molinos.

No me refiero a quienes, desde la academia y otras instancias, piden información y explicaciones, aunque algunos hayan dado por cierto falacias e inexactitudes. Eso es válido en una democracia y las autoridades actuales de Recope, sin duda, sabrán responder con transparencia y aclarar todas las dudas, pues esa es su obligación.

Pero distinto es el caso de aquellos que lanzan sombras, divulgan insinuaciones y buscan medrar en el honor ajeno como tácticas válidas de su estrategia electoral.

Uno de ellos es Ottón Solís, quien ya está en campaña electoral y, en consecuencia, ha puesto en marcha, una vez más, su vieja máquina de producir lodo para lanzarlo contra todos los demás. En la página 27-A de la edición del diario LaNación del 29 de mayo pasado , Ottón Solís, en su autodeclarada condición de árbitro moral de Costa Rica, sugiere, porque no se atreve a asegurarlo, que quienes durante la Administración pasada tuvimos participación en el establecimiento del convenio que da fundamento a la idea de construir una nueva refinería en Costa Rica mediante una alianza entre dos empresas estatales, podríamos haber aceptado “compromisos inmorales con China”.

Esa insinuación, por definición perversa, no tiene fundamento alguno, salvo la crónica mala fe de Ottón Solís para quien todos, excepto él, somos dignos de toda sospecha.

Desde la perspectiva de la ética política, de la que tanto habla don Ottón, no se vale usar como escalera la honra de otras personas; eso le puede servir, como otras veces en el pasado, para granjearse la simpatía pasajera de algunos extremos políticos y sociales minoritarios, pero no sustituye ni a la verdad ni a la inteligencia.

En mi caso, si Ottón Solís tiene algún cargo que formularme, que lo haga de frente y que demuestre sus cuestionamientos. Lo que no puedo aceptar es ese juego de puñaladas traperas que no es de hombres leales ni de gente respetable.

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