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Empresas ¿sociales?

Actualizado el 19 de junio de 2013 a las 12:01 am

El ingenio emprendedor y la solidaridad no tienen por qué ser excluyentes

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A mí también se me torcieron los ojos la primera vez que escuché esos dos términos juntos. Con mente de ingeniero, me costó dejar atrás el pensamiento binario y concebir que ambos términos no tienen necesariamente por qué oponerse. Fue hasta la tercera o cuarta vez que medio comencé a entender que sí es posible que un negocio exista para maximizar su aporte social, y no sus utilidades.

¿Qué son las empresas sociales? Estas podrían definirse como un negocio con visión sistémica orientado a atender necesidades básicas, resolver problemas eco-sociales, y/o generar impactos positivos a través de la venta de sus productos/servicios. Son una especie de híbrido entre una fundación y un negocio que no busca la maximización de utilidades per se.

Es decir, por encima de ser un negocio tradicional con una “consciencia social”, las tales empresas son organizaciones que buscan ser regidas fundamentalmente por su misión social/ecológica/cultural, y que acuden a un modelo de negocios para lograr tal fin. Su propósito no es crear dinero, sino crear y utilizar el dinero para alcanzar un propósito. No viven para respirar, respiran para vivir.

Esta modalidad ha recibido atención reciente. Precedido en 1971 por Opportunity International, una organización cristiana de microcrédito, y previo a eso, por los monjes franciscanos en la Edad Media, hoy Muhammad Yunus es visto como el padre de las microfinanzas y de los negocios sociales. Cofundador del Banco Grameen en Bangladés y promotor de una alianza con la firma de lácteos Danone, la cual pretende vender productos con alto valor nutricional a precios muy accesibles, en los últimos años el bangladesí ha impulsado activamente las empresas sociales como una vía alternativa de negocios. Yunus se ha dado a la tarea de suplantar la sabiduría empresarial común, pues cataloga al Homo economicus de la modernidad occidental como un ser “monocromático” y al orden actual como un “ apartheid económico”.

Y no es el único. Dichosamente, cada vez más se convencen de eso; mientras que la Generación Y y la del milenio lo saben de corazón. De hecho, admitiendo que somos seres sociales, el hecho que una empresa sea catalogada como “social” a los más jóvenes les genera algo de asombro: “Obvio. El ser social debiera ser algo incuestionable; no una posibilidad.” “No deberían existir empresas sociales, porque todas las empresas deberían ser sociales”.

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También, muchos notan que el mercado y el Estado, cada uno por su lado, no pueden maximizar el bienestar social. Ante la insuficiencia de los gobiernos, las ONG, y las empresas tradicionales para responder a los desafíos actuales, las últimas décadas han visto el auge de empresas que borran la línea entre lo privado y lo público, entre lo económico y lo social. De esta forma, remontándose al legado centenario de las cooperativas, las asociaciones solidaristas, y las mutuales, hoy las empresas sociales continúan emergiendo alrededor del mundo: en la India, en Europa, en Brasil, en los países africanos.

Pero, ¿en Costa Rica? También. Y ya existen distintos colores y sabores. Fundada en 1991, Asembis es una clínica de especialidades médicas que, autofinanciándose por medio de precios razonables, ha logrado atender a poblaciones de bajos recursos; Acualógica busca aminorar la huella de agua del país y destinar todas sus utilidades a Proparques, las cuales provienen de la venta de inodoros y orinales “salva-aguas”; generando ingresos para sus familias y buscando su eventual reinserción laboral, a través de la marroquinería el Proyecto To continúa abriendo oportunidad para los privados de libertad; promoviendo el transporte verde y la revitalización de San José, ChepeCletas se esfuerza para hacer de nuestra capital una ciudad más humana.

Si bien podrían socavar el rol universal del estado, privatizando todavía más áreas como la salud o la educación –y si bien hay espacio para discusión respecto a si hay o no límites en la repartición de sus utilidades, su giro de negocio, y sus mercados meta– lo que es cierto es que estas empresas han estado arraigándose. Y pareciera ser que están acá para quedarse.

Para quienes nos toca sanar la crisis de suelos, acortar la disparidad social, y ajustarnos al cambio climático, las empresas sociales son una alternativa prometedora. El ingenio emprendedor, la reverencia por la vida, y la solidaridad no tienen por qué ser excluyentes. De hecho, muchas y muchos iconoclastas, animosos y valientes, han demostrado que no lo son. En horabuena.

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