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Educación sin fronteras

Actualizado el 23 de marzo de 2014 a las 12:00 am

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LONDRES – Cuando se acerca el tercer aniversario de la guerra civil en Siria, hay una carrera contra el reloj para ejecutar un innovador proyecto educativo en pro de las víctimas más afectadas por el conflicto: centenares de miles de niños refugiados.

Resulta escandaloso que tres millones de niños sirios estén ahora desplazados. Más de un millón de ellos han huido de Siria y están empantanados en campamentos de los países vecinos, en particular el Líbano, Jordania y Turquía. Esos niños están sufriendo ahora un tercer invierno lejos de sus hogares, escuelas y amigos. Muchos de ellos están separados de sus familias y otros miles engrosan todos los días las filas de las personas desplazadas en lo que está llegando a ser la mayor catástrofe en materia de asuntos humanitarios de nuestro tiempo.

Pero una iniciativa innovadora en el Líbano, en la que participan maestros, organismos de ayuda y organizaciones benéficas de carácter educativo, ha abierto una pequeña ventana de esperanza. En medio del caos de los campamentos, las cabañas improvisadas y la indigencia, ha comenzado la lucha por un nuevo e importante principio de ayuda internacional: incluso en épocas de conflicto, los niños deben tener acceso a la educación.

Hace un siglo y medio, la Cruz Roja estableció la norma de que, incluso en las zonas de conflicto, se podía –y se debía– prestar la atención de salud. Grupos como Médicos sin Fronteras, cuyos miembros han arriesgado la vida durante los cuatro últimos decenios para prestar atención médica en los lugares más peligrosos del mundo, han aplicado dicho principio.

Ahora el Líbano es el escenario de un programa experimental para hacer avanzar la idea de que impartir educación a los niños refugiados es igualmente viable... y no menos importante. El objetivo es establecer el derecho de los niños a la educación como prioridad humanitaria en 1.500 comunidades de ese país traumatizado y dividido, donde los niños refugiados sirios representan el 20% de la población en edad escolar.

El niño refugiado típico pasa más de diez años fuera de su hogar y, cada mes que un niño pasa lejos de la escuela, contribuye a que sea menos probable que regrese a ella jamás. Hace tres años, la mayoría de los niños sirios estaban escolarizados y el país tenía una educación primaria casi universal. Hoy, millones de niños se ven privados de la menor posibilidad de hacer realidad sus talentos. Las cicatrices durarán decenios.

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Así, pues, en Siria y la región circundante ya se está formando una generación perdida: niños que ahora tienen ocho y nueve años de edad y nunca han estado escolarizados, niños condenados al trabajo infantil y centenares de niñas forzadas a contraer matrimonio prematuro. Se cuentan historias horripilantes de jóvenes que se han visto obligados a vender sus riñones y otros órganos simplemente para vivir.

Naturalmente, debemos facilitar alimentos, refugios y vacunaciones, pero, en conflictos como esos, lo que los niños más necesitan, después de la satisfacción de las necesidades materiales básicas, es esperanza, y la educación es la que les brinda la esperanza de que hay luz al final del túnel: esperanza de que podrán hacer planes para el futuro y prepararse para desempeñar empleos y para la vida adulta.

El proyecto experimental del Líbano, formulado por Kevin Watkins, del Instituto de Desarrollo de Ultramar del Reino Unido, y encabezado por el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) y el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), brinda la oportunidad de establecer un derecho a la educación, independientemente de las fronteras. De hecho, está concebido para atender a los 435.000 niños sirios refugiados que hay actualmente en ese país. Gracias a un acuerdo trascendental con el Gobierno del Líbano, en cuestión de semanas se pueden crear plazas para centenares de miles de niños dotando a las 1.500 escuelas del Líbano de un sistema de doble turno.

Ya se está aplicando experimentalmente ese plan en un pueblecito llamado Akroum, en el norte del país. En el primer turno, se dan clases a los niños libaneses y, en el segundo, a los niños sirios. Al utilizar la misma escuela para los dos conjuntos de alumnos, se puede impartir la educación con un costo de solo 400 libras esterlinas ($670) por niño al año.

Para conseguir plazas para todos los niños refugiados, estamos intentando conseguir $195 millones al año para Unicef y Acnur, y la ejecución del plan en el terreno correrá a cargo de ONG y de las autoridades libanesas. El objetivo es lograr toda la financiación durante el mes de marzo, cuando el mundo afronte el tercer aniversario de ese trágico éxodo procedente de Siria.

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Ya hemos formado una coalición de diez países donantes para que encabecen el proyecto, pero necesitamos diez donantes más para financiarlo enteramente. Estamos haciendo un llamamiento a los donantes no solo con miras a crear miles de plazas escolares para niños urgentemente necesitados, sino también para establecer un precedente para los otros 20 millones de niños que han ido a parar a campamentos de desplazados y barrios de chabolas.

No puede haber oportunidad educativa universal para los niños del mundo sin un acuerdo para atender a los niños de las zonas afectadas por conflictos. Un millón de niños afganos se encuentran en campamentos a lo largo de la frontera con el Pakistán. Miles de niños del Sudán del Sur siguen esperando su primera oportunidad de ir a la escuela, y aún no se han proporcionado escuelas a otro millón de niños en la República Centroafricana, devastada por la guerra. Las posibilidades de esos niños dependen ahora de que demostremos que podemos lograr avances en el Líbano.

Los Objetivos de Desarrollo del Milenio, de las Naciones Unidas, aprobados en el 2000, expiran en diciembre del 2015, por lo que se está acabando el tiempo para cumplir el plazo con miras a la consecución de la meta de la educación primaria universal. Ese objetivo seguirá siendo inalcanzable, a no ser que –y hasta que– establezcamos el principio, que debería haber existido desde hace mucho, de que el derecho a la educación de un niño no conoce fronteras.

Gordon Brown, ex primer ministro y ministro de Economía y Hacienda del Reino Unido, es enviado especial de las Naciones Unidas para la Educación Mundial. © Project Syndicate.

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