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Dúrika o los soñadores de la montaña

Actualizado el 10 de abril de 2013 a las 12:00 am

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Dúrika o los soñadores de la montaña - 1
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Cuando conocí a quien hoy es mi esposa, Isabel, allá por el año 88 u 89, creí que el soñador era yo; a ella le atribuí otras características, que acaso también posee y que yo suponía complementaban las mías. Estaba parcialmente equivocado. Isabel, de carácter fuerte como un general –suelo decírselo en broma– o simplemente como una científica (es médica de profesión, específicamente citogenetista), ha vivido de utopía en utopía.

Esta mujer desde el mes de noviembre (todo lo planificó con tiempo), me sumergió nuevamente en una aventura, en las montañas del sur de Costa Rica, en Dúrika, que forma parte de la cordillera de Talamanca, pero en el sector del pacífico.

La “quijotada” fue una armazón, un invento de otro soñador, Ronald Rodríguez, quien junto a su equipo de trabajo ha constituido una empresa “Mundo Expediciones”, por medio de la cual se dedica –como dicen ellos mismos– “a promover la cultura de expedicionistas responsables, promotores de sociedades más justas y equitativas para todos”.

El cerro Dúrika posee una altura impresionante de 3280 msnm. La comunidad del mismo nombre (Fundación Dúrika o Reserva Biológica Dúrika), se localiza a 1650 msnm. Allí fuimos a dar en cuanto despuntó el año nuevo, junto a otros 20 expedicionarios, incluido el mismo Ronald Rodríguez y su esposa.

La subida (cerca de 4 km) que debíamos hacer a pie por calle de lastre, pero en extremo empinada, fue aparatosa; al menos para Isabel y para mí, porque aparte de nuestras edades que rondan los 60 años, ella está afectada por una dolencia que dificulta que uno de sus pulmones trabaje bien, y en cuanto a mí, porque una osteoartrosis me obstaculiza la marcha. Pero subimos... o mejor dicho, nos subieron; a medio camino hubo de remolcarnos un vehículo a todo meter.

Desde 1989, un grupo de costarricenses, profesionales casi todos, decidieron emprender un viaje sin retorno a estas serranías. Cuando no había camino, debieron entonces hombres y mujeres subir con todos sus aperos indispensables y con sus pertenencias, a pie; así como también con sus sueños a la espalda.

Todo pesaba, hasta los sueños pesaban. Pero, pudo más el deseo inconmensurable de realizar una utopía. Simplemente, decidieron renunciar a la vida urbana, con el propósito de desarrollar una comunidad autosuficiente, que adoptara un estilo de vida sencillo y pacífico, basado –para decirlo con sus propias palabras– en el respeto mutuo y el amor por la naturaleza. Los propósitos eran loables, sin duda, pero las condiciones para lograrlos eran dificilísimas.

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Las vencieron todas.

Allí se fueron, como quien dice a refundirse y mimetizarse con la naturaleza pero, a diferencia de la mayoría de los colonizadores de nuestro terruño no voltearon la montaña a diestro y siniestro sino que, por el contrario, la rescataron de la deforestación. Ese ha sido y es uno de sus primordiales ideales: vivir en armonía con la naturaleza, no someterla, ni degradarla.

Los primeros años, para poder ser, por decisión propia, los dúrikos vivieron aislados del mundo, sin salir a ningún lado; esa fue parte de la filosofía al inicio, aislarse para poder renunciar plenamente al consumismo voraz que con tanta frecuencia carcome a la sociedad contemporánea, con el fin de edificar algo diferente. Se la jugaron completa.

Esta comunidad logró forjar la Reserva Biológica de Dúrika, rescatando más de 8500 hectáreas para la vida, protegiendo así especies de flora y fauna endémicas de la zona, incluso algunas que estaban en peligro de extinción. Los legionarios han logrado extender la Reserva Biológica Dúrika hasta los linderos del Parque Internacional de la Amistad, que posee más de 1.000.000 de hectáreas, desde Costa Rica hasta Panamá.

En Dúrika se cultiva la tierra mediante agricultura orgánica, han construido su propia planta hidroeléctrica, brindan servicios de atención médica, odontológica, dan masajes terapéuticos y promueven, ahora como principal actividad, el ecoturismo. Ellos mismos educan a sus hijos en una escuela construida al efecto, la cual está reconocida por el MEP; las y los jóvenes estudian a distancia en la secundaria y acuden a la formación universitaria, la mayoría de ellos en la UNED.

Los miembros de la comunidad se ven felices, realizados, cada uno cumpliendo una tarea que complementa las de los demás. El sol parece más fulgurante en Dúrika. Una mañana lo vi salir; el astro apareció como si solo le interesara anunciarse detrás de un frondoso árbol, como si dormido, hubiese sido su huésped durante toda la noche; Eugenio García (nuestro guía) nos lo hizo ver y nos estremecimos de placer cuando comenzó a irradiar, iluminando poco a poco la montaña.

Dúrika, ese experimento social, hoy interactúa con la sociedad costarricense, como de igual a igual; es decir, sin dejarse devorar por el mercado, sin ceder ante la pobreza, ni ante la desigualdad; quizás por eso conserva su vocación pacífica y también su vida austera, y su lucha por la máxima igualdad social.

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