Opinión

Duelo en la Iglesia

Actualizado el 25 de enero de 2014 a las 12:00 am

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Duelo en la Iglesia

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Conocí al padre Armando Alfaro cuando ambos estábamos en la escuela primaria. En aquel entonces nadie se hubiera imaginado que aquel jovencito fogoso y deportista llegaría con el tiempo a vestir una sotana.

El padre Arguedas, que ejercía su apostolado en Heredia, le encontró condiciones para futbolista y lo alineó en un equipo juvenil que él apoyaba. Después le propuso que fuera monaguillo, pero él no aceptó, prefería los deportes al catecismo.

Un día se le ocurrió que iba a estudiar biología y, para eso, necesitaba una beca. Cuando logró las conexiones para la beca, le dijeron que tenía que saber latín. Esa fue la razón de que decidiera matricularse en el seminario, donde enseñaban latín para quienes pretendían llegar a ser sacerdotes.

En el seminario fue muy apreciado por el padre Kullman, quien lo enviaba a hacer mandados y él aprovechaba la oportunidad para salir a dar una vuelta. Un día, Kullman le preguntó si quería ser sacerdote y él le dijo que no. Esa respuesta tan franca le hizo ganar la confianza del padre, quien lo defendió en el consejo de profesores, una vez que lo iban a expulsar por haberse escapado de noche.

Armando y su hermano Paco vivían en Heredia, y cuenta Armando que una madrugada se despertó sobresaltado y le dijo a su hermano: “Me voy a meter al seminario, quiero saber cómo es eso de ser sacerdote”. “¡Estás loco!”, fue la respuesta de su hermano; sin embargo, siguieron hablando y al final Paco le dijo: “Ser sacerdote es entregarse a los demás, es ser alguien que no se puede equivocar”.

Esas palabras de su hermano fueron el pase final para que Armando decidiera ir a estudiar en el seminario. Ahí logró establecer contacto con las más altas autoridades de la Iglesia y le tocó compartir las aulas con Román Arrieta, Julio Pipo Fonseca, Roberto Evans, Eduardo Meléndez y muchos otros que después lograron gran estimación de la feligresía.

Después de la Segunda Guerra Mundial, llegó a Costa Rica monseñor O´Hara, un obispo americano que mandaba el Gobierno de los Estados Unidos con la misión de fortalecer las relaciones con la Iglesia. Al día siguiente de su llegada, el obispo visitante ofreció dar una misa en la Catedral y, como necesitaba un ayudante, monseñor Sanabria decidió mandarle al estudiante seminarista Armando Alfaro, que sabía hablar latín.

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Algún tiempo después, monseñor O´Hara mandó unas becas para estudiantes del seminario, con la recomendación de que le dieran una de ellas al muchacho que le había ayudado a dar la misa.

Desde luego que Armando Alfaro fue a parar a los Estados Unidos y allí anduvo por la Universidad de Loyola y algunas otras de igual prestigio. Recibió cursos de teología con grandes maestros y estuvo en La Ciudad de los Niños, que fue fundada en Nebraska por el padre Flanagan para educar a niños callejeros, desvalidos o sin padres. La vida de este sacerdote se filmó en Hollywood en 1938 con una actuación maravillosa de Spencer Tracy, junto a Mickey Rooney.

Armando Alfaro regresó a Costa Rica en 1948 con la preparación filosófica necesaria para ser un buen sacerdote y, el 18 de diciembre de ese mismo año, monseñor Sanabria le dio la bendición para el ejercicio de su apostolado.

La trayectoria del padre Alfaro fue ejemplar desde el principio: su bautizo de fuego fue acompañar a las tropas de Figueres en la contrarrevolución del 48 para atender a los soldados que necesitaran su ayuda espiritual. En esta jornada lo acompañaba el padre Fonseca (Pipo) y los dos tuvieron el coraje de cruzar la frontera de Nicaragua para ir a atender también a los moribundos del ejército invasor.

Después de la contrarrevolución, su vida la dedicó a servir a Dios y al prójimo: en Heredia fundó una escuela para limpiabotas, que después, con la ayuda de don Lalo Gámez, ministro de Educación, se convirtió en la primera escuela primaria nocturna que hubo en el país. Luego participó en la lucha por poner un colegio vocacional en Heredia y una escuela de artes y oficios en Desamparados.

Otra de las grandes obras del padre Alfaro, en compañía del padre Troyo, fue la creación de Radio Fides, la cual comenzaron –sin un cinco–, según decía Alfaro. Se fueron los dos a buscar ayuda y encontraron bastante apoyo. Roy Jiménez, que en esa época era uno de los mejores técnicos en radio, les diseñó la antena y las plantas y hasta les consiguió financiación. El padre Alfaro se convirtió en el primer director de Radio Fides.

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El Eco Católico ha sido la voz oficial de la Iglesia católica durante muchos años. Ahí nos volvemos a encontrar con el padre Alfaro, que también se convirtió en periodista y en el director de dicho semanario.

Lo último que quiero decir es que el padre Alfaro fue el que nos puso el anillo matrimonial. Un día que me lo encontré, le dije que por culpa suya yo tenía más de cincuenta años de vivir con la misma mujer, a lo cual me contestó: “Bueno, la soga se la pusieron ustedes, yo me limité a bendecirlos y a desearles muchos años de felicidad y buenos hijos”, lo cual se ha cumplido al pie de la letra.

Adiós, Armando, y que Dios te tenga a su lado por toda la eternidad para que nos ayudes a seguir portándonos bien en esta tierra hasta el último día.

(Información complementaria del libro Garra de león , de Camilo Rodríguez).

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