Opinión

Duele

Actualizado el 30 de junio de 2014 a las 12:00 am

Opinión

Duele

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Dolor es lo que siento por la partida de Alberto Cañas, y cada artículo y declaración de quienes lo conocieron me lo reaviva y le da forma. Tardías, mis palabras de hoy, solo aspiran a sumarse al coro de reconocimientos que una vida ejemplar aportó a su país-país y a la experiencia cotidiana, de la que observó y expresó como nadie esa gota esencial que duerme en la jornada y que a veces dice todo con lo mínimo. Al punto de que don Beto se convirtió en una conciencia, mitad radiográfica y mitad luminosa, que irradiaba desde su casa de La Granja, para cuidar la patria, porque él era una reserva moral en la crisis, y también para servir de faro en los nublados del día.

Yo tuve la suerte de tratar a don Alberto, a los pocos días de llegar a Costa Rica, y de gozar de su charla ingeniosa, ocurrente y cargada de pensamiento.

Fue, para mí, algo así como el último Borges, quien hizo del reportaje y la conferencia un arte diferente, y el Miguel de Unamuno que se levantaba todos los días con una idea nueva.

Ahora que habla el silencio, no habrá que olvidar su obra, que sigue aquí y crece fértil porque ya es parte del paisaje.

  • Comparta este artículo
Opinión

Duele

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Ver comentarios
Regresar a la nota