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Actualizado el 13 de julio de 2014 a las 12:00 am

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Desde octubre hasta la fecha, 52.000 menores han sido detenidos por cruzar ilegalmente la frontera de los Estados Unidos. Igual suerte han corrido 39.000 madres con menores de edad. Se trata de un drama humano, cuyo origen nos toca muy de cerca, pues mayoritariamente son de origen centroamericano.

Este tsunami migratorio se originó en la confluencia de una gama de factores cuyas víctimas son pequeños inocentes en busca de paz y mejores oportunidades. Huyen de las difíciles condiciones de violencia en sus familias y en sus barrios. Recordemos que los países del triángulo norte –Guatemala, El Salvador y Honduras– constituyen una de las zonas más violentas del mundo, con niveles de homicidios, por cada 100.000 habitantes, superiores a los de países en condiciones de guerra.

Huyen también por la difícil situación económica en la región, que les niega oportunidades y les roba la esperanza. A esto se unen las mejores perspectivas de la economía estadounidense, cada vez más viva y cercana para muchos jóvenes a través de las redes sociales y los medios de comunicación, y que alimenta y aviva en ellos el llamado “sueño americano”. Otros simplemente quieren reunirse con sus amados familiares.

Sea por un error de interpretación de la orden de suspender la deportación de quienes ingresaron como menores, tomada en el 2012 –medida que solo se aplica para antes del 2007–, pues la deportación de menores toma varios años y a algunos de ellos se les permite vivir en tanto con familiares; sea porque la reforma migratoria no pasó ante la negativa republicana; sea por intereses de quienes lucran con este nuevo flujo de menores, o bien por todas las razones anteriores, lo cierto es que el milenario flujo de menores constituye un drama humano que demanda acciones tanto de la Administración Obama como de la región.

Esta semana, la Casa Blanca ha solicitado al Congreso un presupuesto adicional de $3.700 millones, el cual, además de reforzar a las autoridades fronterizas y de Inmigración, se destinará a aumentar y mejorar las condiciones de los centros de atención, hoy saturados ante la imprevista oleada migratoria.

Pese a lo apremiante de la situación, el tema amenaza con ser uno de los campos de batalla electoral de las elecciones de medio período, por cuanto la inmigración ha sido un tema de enfrentamiento y diferenciación entre demócratas y republicanos. De no prevalecer la cordura, estos menores podrían convertirse en las nuevas víctimas de la peor cara de la política estadounidense y de las malas condiciones de la región.

Este tema debe estar en la agenda de la diplomacia centroamericana.

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