Opinión

Don Pepe (en la conmemoración de su natalicio)

Actualizado el 25 de septiembre de 2013 a las 12:00 am

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Don Pepe (en la conmemoración de su natalicio)

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Hace 107 años, el 25 de setiembre de 1906, nació en San Ramón de Alajuela, José Figueres Ferrer. Dejó de existir, físicamente, el 6 de junio de 1990. Como toda leyenda, a partir de su muerte sus acciones y trayectoria vital pasaron a ser parte del acervo histórico de la patria, convertido en punto de referencia de épocas y hechos, exaltado como figura señera del patrimonio nacional.

La vida de Don Pepe –así lo llamábamos todos– fue un continuo batallar por alcanzar metas muy altas en el entorno en que nació y se desarrolló.

Sus objetivos a veces fueron inalcanzables, pero muchos otros, conquistados. No le temió al tanteo y al error. Gozó de sus aciertos porque sabía que eran ampliamente compartidos por sus conciudadanos.

Rumió, contrito, las equivocaciones, aunque no permitió que ellas detuvieran su marcha forzada por lo que creía era su destino: alcanzar el ideal del bien común, aquel “con todos y para el bien de todos” que encontró en el apóstol José Martí.

Compasivo y fuerte. Fue un ser humano compasivo y generoso, altivo y fuerte ante los retos, pero capaz de una ternura franciscana. “Perdonador soy, pero mala memoria no tengo”, solía decir. Y resumía en la frase la integridad de su carácter.

Su curiosidad intelectual lo llevó por distintos caminos, con una sed nunca apagada de sabiduría. Fue un creador ilusionado y, a la vez, un pragmático, con los pies en la tierra firme de sus análisis frente a cada problema. Dejó su impronta hondamente grabada en la historia nacional, y sus obras y concepciones políticas, económicas y sociales siguen vigentes. Su aporte a la sociedad costarricense fue decisivo y mucho de lo que esta nación ha logrado tiene altas dosis de su influencia.

Bandera de combate. La lucha agotadora contra la pobreza y la miseria extrema fue su permanente bandera de combate. En medio de la azarosa vida de revolucionario, político forzado –según decía–, empresario y gobernante de mucho ejercicio, buscó tiempo para dejar en letra impresa sus desvelos filosóficos y querencias literarias.

Los avatares de su larga actividad gubernativa y las trampas de la Administración Pública lo llevaron a situaciones conflictivas. Pero, por encima de ellas, se alzó siempre su anhelo de crear una sociedad más justa y solidaria: ese es su legado material y espiritual, y la base de su grandeza.

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Ahora que emprendemos de nuevo la marcha accidentada hacia la justa electoral que nos dará un nuevo gobierno, al hacer estas reflexiones con motivo del aniversario del nacimiento de Don Pepe, ¡cuán beneficioso sería revisar sus consejos para una sociedad más culta, justa, igualitaria y fraterna, en la que alumbre, sin sombras, el ideal del bien común, y el fragor de los tractores comparta tiempo con la sublimación de los violines!

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