Dolor por la educación pública

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Como educador y padre de familia siento pesar por el estado de la educación nacional. Me refiero a la educación pública que cubre a más del noventa por ciento del estudiantado costarricense. La educación pública en Costa Rica, sea a nivel de primaria o de secundaria, anda mal. Ha venido en retroceso paulatino en las últimas décadas y su deterioro y estancamiento es evidente e innegable. Esta situación presenta tintes de tragedia si consideramos que la educación es fundamental para el anhelo de un pueblo por salir del subdesarrollo. Cuánto más si se considera que la educación pública está llamada a satisfacer las necesidades de las clases más desposeídas y necesitadas del país.

Deficiencias. No da este espacio para un análisis exhaustivo del estado de la educación pública. Nos limitamos a señalar algunas deficiencias que nuestras autoridades educativas deberían solventar:

1. Pérdida constante de horas lectivas debido a congresos y fiestas gremiales, reuniones de docentes, actos cívicos por cualquier cosa, ausencia de docentes por incapacidades de todo tipo y suspensión de clases hasta por un partido de futbol o la llegada de algún visitante extranjero.

2. Docentes mal formados, sin vocación y con espíritu de burócratas, que se incapacitan por cualquier cosa, lo cual se traduce en poco trabajo y escaso compromiso ético. Son los menos, pero ¡cuánto daño le hacen a nuestros educandos!

3. Interminables “capacitaciones” de docentes que rinden muy poco fruto y, a menudo, sólo se traducen en una infeliz pérdida de lecciones.

4. Infraestructura deficiente, en muchos casos en ruinas, que no garantiza las condiciones mínimas para un adecuado proceso de enseñanza-aprendizaje.

5. Carencia de recursos didácticos de todo tipo, tales como mapas, libros, láminas educativas, juegos didácticos y, ni se diga, tecnología de punta o laboratorios de idiomas que son como una utopía en nuestro sistema educativo público, excepto en unas pocas instituciones privilegiadas.

6. Serias limitaciones en la enseñanza de un segundo idioma. Es increíble que un estudiante reciba cinco años de una lengua extranjera y al cabo de ese tiempo no posea ni siquiera un conocimiento mínimo, aunque es entendible si se considera que muchos docentes de idiomas están muy mal preparados y ni siquiera entienden bien lo que están tratando de enseñar.

7. Alcahuetería en las normas disciplinarias que se centran en los “derechos” y olvidan los “deberes”, hasta el punto que ya muchos docentes y directores han optado por no imponer la disciplina para evitar problemas, denuncias y hasta amenazas. Lo más triste es que cuando en un centro educativo no hay disciplina, no hay formación de calidad ni preparación adecuada para la vida. Sin disciplina no hay educación, así de sencillo.

8. Educadores abrumados por el interminable papeleo, una burocracia asfixiante y una gran cantidad de actividades extra curriculares que roban tiempo útil y precioso al proceso educativo

9. Un sistema de adelanto y arrastre de materias que en la práctica ha resultado un rotundo fracaso administrativo y académico. Hemos llegado al absurdo de que hay estudiantes cursando, a la vez, materias de sétimo, octavo y noveno. Por supuesto, van mal.

Como docente de secundaria me preocupa hondamente esta crisis de nuestro sistema educativo, sobre todo porque la base del desarrollo de los pueblos es la educación, y porque la educación pública es lo más democrático y justo que se pueda concebir en una nación. Es un sistema pedagógico orientado no sólo a instruir, sino a formar a todos y todas, especialmente los grupos menos favorecidos de la sociedad.

Si el sistema educativo público no cumple su función esencial de ser promotor del desarrollo y gestor de la movilidad social, un triste panorama se plantea a corto plazo para nuestra niñez y juventud.

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