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Docentes con lapicero rojo

Actualizado el 11 de abril de 2013 a las 12:00 am

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La educación abraza a la tecnología. Tabletas, pizarras inteligentes, tareas por correo electrónico; es el año 2013, no puede quedarse estancada.

Cambios de forma, pero... ¿qué hay del fondo? Tengo un hijo en sus primeros años de educación primaria; muy de mañana, en su aula, cada niño lee por diez minutos el libro de su elección.

Para muchos niños, esa es toda la lectura libre que tendrán en el día. Tengo mucha curiosidad y estoy a la espera de ver qué viene conforme avance en sus años escolares. Mis expectativas, debo advertir, son altas: hace 30 años estudié en esa misma escuela. Hace 30 años teníamos, en primaria, clase de redacción, leíamos un libro tras otro, y la cereza del pastel, ¡escribíamos poesía!

Fuimos muy estimulados, algunos dirán que hasta “forzados”, a ser creativos.

Haga rimas, redacte un cuentito... recuerdo que para un Día del Padre cada uno tuvo que preparar en la escuela un libro de poemas propios para regalar a su papá. Y, por cierto, cada uno debía decorar la portada a mano, durante las lecciones de arte.

Creatividad a más no poder para niños de primaria.

No quiero decir con esto que de esa generación salieran múltiples pintores o escritores. Uno que otro sí. Pero resultamos adultos con herramientas muy valiosas para poder desempeñarnos en diversos ambientes, en forma oral o en forma escrita, con seguridad y confianza.

Adultos que gozamos, en su mayoría, de la buena lectura.

Ahora es todo tan diferente: corrector automático de ortografía, abreviaturas en los mensajes de texto, ortografía horrorosa en las redes sociales.

Me preocupa porque ya lo viví. Fui docente universitaria varios años y corregir exámenes era una titánica tarea. Primero había que descifrar jeroglíficos (ante las tabletas, ¿qué va a pasar con la caligrafía?) y había, claro, que corregir ortografía calamitosa.

Lapicero rojo en mano, creo que me tardaba más cambiando “s” por “c” y agregando “h” por aquí y por allá, que corrigiendo propiamente la respuesta a la pregunta científica que estaba evaluando en mi curso. Más de uno se llevó un “cero puntos”, acompañado de la leyenda “esta respuesta no se puede evaluar porque no se puede leer”.

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Me preocupa escuchar que para los exámenes ya no se leen el libro, sino el resumen del libro que consiguieron por ahí, o los que ya ni eso, el resumen del resumen. Me preocupa. Porque en mi trabajo me ha tocado recibir reportes de asesorías profesionales supuestamente serias, con redacción y ortografía tan tristemente pobre...

No soy educadora; soy una profesional que tuvo la oportunidad de vivir por un tiempo la experiencia de ser educadora en mi área de formación; deliciosa experiencia, por cierto, pero que me dejó ver una realidad alarmante.

Y soy una madre también preocupada por la educación de mis hijos. Quisiera que puedan, mucho más allá de solo saber leer y escribir, leer y comprender, leer y disfrutar, escribir correctamente, limpiamente... Que no tengan que limitarse a una comunicación de mensajes de texto abreviados y correos electrónicos autocorregidos.

Cada hogar estimula a sus hijos como cree, o a como puede. Pero la educación formal, la estandarizada, está fuera del hogar.

Docentes: los padres contamos con ustedes, con sus lapiceros rojos listos en mano; por favor, no se cansen de corregir...

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